Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) es una periodista, traductora y crítica literaria española especializada en la literatura europea. Este año ha publicado el ensayo Algo quedará de mí (Galaxia Gutenberg, 2026), en el que cuenta las vivencias de algunas de las mujeres que fueron deportadas al campo de concentración nazi de Ravensbrück. Entrevista sobre el heroísmo, valentía y sacrificio de todas las internas.
Tu nuevo libro habla sobre el complejo de Ravensbrück, el único que los nazis construyeron para recluir a mujeres a gran escala. ¿Qué horroroso propósito se escondía detrás de su edificación?
Los primeros campos alemanes se establecieron poco después del nombramiento de Hitler como canciller, en enero de 1933. Eran los lugares perfectos para encarcelar, amedrentar, torturar y asesinar a todos los que los nazis consideraban como elementos subversivos de la sociedad.
Como bien dices, Ravensbrück, que fue creado en 1939, solo albergó a mujeres. El 80% de las confinadas fueron resistentes políticas, aunque también hubo perseguidas raciales en él. Y el objetivo principal de los que lo idearon era sembrar el terror. Quebrantar y someter a sus víctimas hasta la completa «autonegación del propio cuerpo», como decía el escritor austriaco Jean Améry.
El pasado fin de semana, el Estadio Metropolitano de Madrid se llenó de decenas de miles de personas convocadas por un macroevento evangelista. No fue un concierto ni un partido de fútbol: fue una concentración religiosa que transformó el templo del Atlético en un altar colectivo. Imágenes de fieles alzando las manos, coros de alabanza y predicadores prometiendo salvación resonaron en las gradas. Lo que a primera vista podría parecer un acto de fe inofensivo es, en realidad, una señal de alarma roja para la sociedad española. Este tipo de eventos masivos no son anécdotas; son el síntoma visible de una deriva reaccionaria que avanza a pasos agigantados en nuestro país y de un crecimiento alarmante de la influencia religiosa en la esfera pública.
Con la caída del campo socialista en Europa, hemos presenciado durante las últimas décadas una desaparición casi total de fuerzas transformadoras. Los partidos socialdemócratas y de izquierda han perdido peso y han abrazado el liberalismo o han sido desplazados por opciones populistas. En ese vacío ideológico, la religión —en todas sus formas— ha avanzado de manera notable. La ciudadanía, desorientada ante las crisis económicas del capitalismo, la precariedad laboral y la gradual desaparición del tejido asociativo, se ha refugiado en ella buscando una brújula ideológica y moral que la política secular ya no le ofrece.
Innerarity concluye que la religión contemporánea, al estar más alejada de la pretensión de controlar la totalidad de la vida , podría incluso ser más coherente con la naturaleza democrática y la experiencia espiritual libre
El artículo de Daniel Innerarity titulado ¿Vuelve la religión? fue publicado el 20 de febrero de este año en El País. Para el filósofo la “vuelta de la religión” no implica un retorno a las instituciones religiosas tradicionales ni una recuperación de su antigua capacidad para estructurar la sociedad. Según él lo que observamos hoy es un fenómeno distinto: una circulación ecléctica y descontextualizada de elementos religiosos que las personas utilizan de manera personal y selectiva. Desde esta perspectiva, Innerarity concluye que la religión contemporánea, al estar más alejada de la pretensión de controlar la totalidad de la vida, podría incluso ser más coherente con la naturaleza democrática y la experiencia espiritual libre.
Pero la interpretacion de Innerarity parece dejar de lado que el supuesto “ retorno de lo sagrado” no es una deriva espontánea hacia una espiritualidad íntima, sino una arquitectura deliberada. No, la religión no vuelve porque hayamos alcanzado un clímax de libertad secular o porque el individuo esté componiendo libremente su puzle existencial. No hay un puzzle de libre elección donde cada uno pueda quedarse con lo que más le gusta : vuelve porque ha sido reconvertida en un instrumento de la ultraderecha.
La izquierda española, al aceptar que la tribuna parlamentaria se convierta en un púlpito, ha abandonado definitivamente el laicismo como principio esencial de cualquier democracia
La anunciada visita del Papa a España no es un simple acto religioso. Es, sobre todo, una visita deseada por el Gobierno de España y, en parte, impulsada por el influyente lobby católico que existe dentro del PSOE bajo las siglas de “Cristianos Socialistas”. Este grupo está encabezado por la veterana política Rosa Aguilar, quien, desde sus distintas responsabilidades de gobierno -tanto en la alcaldía de Córdoba como en la Consejería de Cultura de Andalucía-, ha favorecido siempre los intereses de la Iglesia católica. Otro político alineado con estos intereses es el vicepresidente del Gobierno, Bolaños, que desde hace tiempo viene preparando este golpe de efecto: la visita del Papa, que ahora pretende presentar como un éxito político tanto ante su partido como ante el propio Gobierno.
En realidad, se trata de una operación de marketing político-electoral y de una clara traición al laicismo. El objetivo es proyectar la imagen de un gobierno moderado y centrado, ahora legitimado por la púrpura vaticana.
Desde 1939, las procesiones convivieron con liturgias militaristas, fascistas falangistas y nacionalcatólicas. Muchas cofradías fueron fundadas o reactivadas por excombatientes y la Semana Santa sirvió para reproducir el imaginario “cruzadista” con apoyo de la Iglesia
El dictador Francisco Franco durante la Semana Santa ____________________
La Semana Santa española, lejos de constituir únicamente una manifestación religiosa o una expresión estética del barroco popular, ha desempeñado históricamente un papel político e ideológico de primer orden. Desde la consolidación del catolicismo como religión de Estado en la monarquía confesional de los Austrias, las procesiones y los rituales penitenciales fueron concebidos como pedagogías públicas de la fe y del orden social. A través de ellas se escenificaba la jerarquía, la obediencia y el ciclo del sufrimiento redentor como fundamentos simbólicos del cuerpo político.
Esta dimensión política del ritual adquirió una nueva intensidad durante el franquismo. El régimen entendió la Semana Santa como una de las matrices simbólicas de la “nacionalcatolicidad”: una síntesis entre religión y patria destinada a legitimar el nuevo Estado surgido de la guerra civil. A partir de 1939, numerosos organismos oficiales -desde las diputaciones provinciales hasta la Delegación Nacional de Propaganda- impulsaron la reorganización de hermandades y cofradías, integrándolas en el aparato ideológico del régimen. La religión popular, especialmente en Andalucía y Castilla, se revalorizó como expresión del alma nacional, mientras que los pasos procesionales se convirtieron en alegorías vivas del sacrificio, el heroísmo y la sumisión a la autoridad.
Nueva Revolución publica hoy la entrevista realizada a Carmen Valiño sobre su libro As tolas que non o eran, (Las locas que no lo eran) una obra que rescata las voces silenciadas de las mujeres internas del manicomio de Conxo (Santiago de Compostela) entre 1885 y 1936.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los psiquiátricos no eran lugares para cuidar la salud mental, sino espacios de reclusión y control social. Sobre todo, si eras una mujer. Madres solteras, alcohólicas o jóvenes que mantenían relaciones sexuales fuera del matrimonio eran candidatas idóneas para terminar recluidas entre sus muros, a menudo conducidas por sus maridos, padres o hermanos.
El manicomio de Conxo, situado en Santiago de Compostela (Galicia), fue una institución psiquiátrica fundamental en el siglo XIX y gran parte del XX. Inaugurado el 1 de julio de 1885 en el antiguo Monasterio de Santa María de Conxo, impulsado por el Arzobispo Miguel Payá y Rico y el Cabildo Catedralicio, con el objetivo de dar servicio de psiquiatría en Galicia. el hospital fue adquirido por la Diputación Provincial de A Coruña en 1969. Posteriormente, en 1993, fue transferido al Servicio Gallego de Salud (SERGAS).
La Iglesia suele patinar bastante en todo lo relacionado con la memoria democrática. Son las resacas que le ha dejado el bendecir el golpe de estado fascio-militar del 36
El obispo de Vitoria, monseñor Juan Carlos Elizalde |Fuente foto _______________
En una entrevista radiofónica hecha a Juan Carlos Elizalde, obispo de Gasteiz, éste se despachó a gusto. Un pelín vengativo se le vio, algo impropio de un pastor de almas de su rango. Se ve que lo venía rumiando desde tiempo atrás. “Esta es la mía”, debió pensar.
El tema a tratar era el de la conversión de la actual iglesia de San Francisco, en el barrio de Zaramaga, en Gasteiz, en avanzado estado de deterioro, en Centro Memorial de las Víctimas del 3 de Marzo de 1978. Como se sabe, en aquella masacre policial resultaron muertos cinco trabajadores, decenas de personas heridas de bala y varios cientos más atendidos en centros sanitarios. La inauguración del Memorial estaba prevista hacerse para este 3 de marzo en el que se cumple el 50 aniversario de aquellos sucesos, pero ha tenido que atrasarse porque no ha habido tiempo de trasladar unos belenes gigantes que se guardaban en la iglesia. ¡Menudo belén debía de ser!
Sobre las mujeres republicanas, las rojas, recayó una doble persecución por considerarlas culpables de una doble transgresión: la política, al igual que los hombres, y la de género, por desviarse del modelo de mujer sometida, religiosa y limitada al ámbito doméstico
Cuando pensamos en la represión especifica de las mujeres en la dictadura franquista, evocamos la “represión sexuada”[1]: la brutalidad de las violaciones y torturas sexuales documentada por forenses a partir del análisis de restos de mujeres asesinadas hallados en exhumaciones de fosas comunes; la humillación pública de las mujeres rapadas y sometidas al paseíllo tras la ingesta obligada de aceite de ricino; el sufrimiento de las madres en la primera gran masacre del siglo XX cometida sobre población civil durante la huida de Málaga a Almería en los primeros días de febrero de 1937; y el de tantas mujeres que encontraron dificultades adicionales por ser mujeres durante el exilio.
También evocamos a las mujeres encarceladas, cuya voz fue pionera en rescatar Tomasa Cuevas, los juicios militares y los fusilamientos, aunque mucho menos numerosos que los de los hombres, cuyo símbolo podrían ser las jóvenes conocidas como las Trece Rosas. Evocamos a las mujeres tiradas a las fosas en posiciones que pretendían añadir a la muerte la denigración sexual; o actos de crueldad similar como la exhibición del cadáver desnudo de Isabel Atencia Lucio, de 72 años, madre del líder comunista Saturnino Barneto, tras ser ocupada Sevilla por las fuerzas de Queipo de Llano. Evocamos a las represaliadas por su relación de parentesco con hombres perseguidos por el franquismo, que constituyeron más del ochenta por ciento de las personas represaliadas por este motivo; y a aquellas que sorteaban la precariedad, la vigilancia, el juicio social, y apoyaban a sus compañeros encarcelados, constituyendo la categoría de profundo significado político de mujer de preso.
Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como ‘cruzada’ por Dios y España
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Lucio Martínez Pereda, Nueva revolución, 28 de diciembre de 2025
El Pasado
La Cruz de Caravaca no es únicamente una inocente cruz patriarcal de doble travesaño, venerada en Caravaca de la Cruz (Murcia) desde el siglo XIII. Su aparición milagrosa se vincula a la conversión de un noble musulmán: el milagro sirvió como símbolo para estimular el ánimo guerrero de la reconquista cristiana en la frontera con Granada. La Iglesia le concedió al símbolo culto de latría relativa en 1736.
Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como “cruzada” por Dios y España. En la extensa liturgia patriótico religiosa del franquismo, la Cruz de Caravaca ocupa un lugar singular, a medio camino entre la devoción popular y la manipulación política. Si el nacionalcatolicismo fue el cemento espiritual del régimen, la cruz- no cualquier cruz, sino aquella que la tradición presentaba aparecida milagrosamente en la frontera de la cristiandad- se convirtió en emblema de una España que el fascismo pretendía redimir a través de la fe.
Desde que se despenalizó el aborto en España, diferentes grupos protagonizan concentraciones en las puertas de las clínicas con el fin de acosar, hostigar, insultar, desinformar y coaccionar a las mujeres que acuden a ellas
Con apenas quince días de diferencia se han dictado dos sentencias relativas a unos hechos que, a juicio de los denunciantes, eran constitutivos de un delito de acoso a las mujeres que acuden a las clínicas para la interrupción voluntaria del embarazo. Criterio que, aunque fue secundado por el Ministerio Fiscal, no han compartido las juezas quienes no han considerado estas actuaciones merecedoras de reproche penal, lo que ha supuesto la absolución de todos/as los/as acusados/as.
Ambas sentencias resultan transcendentes, ya que son el resultado de las dos únicas ocasiones en que, hasta la fecha, se ha juzgado un delito introducido en el Código Penal en abril de 2022 mediante una modificación [1] que incorporó un nuevo artículo, el 172 quater. Un nuevo tipo penal que buscaba frenar el hostigamiento a mujeres y a profesionales en las inmediaciones de los centros acreditados para la interrupción voluntaria del embarazo.