Para los fascismos europeos del siglo XX la mujer fue vista como la matriz física de la nación y soporte de su continuidad. El útero femenino se convirtió en territorio político, espacio de intervención estatal donde se decidía el futuro de la comunidad nacional. La biopolítica fascista operó como una tecnología de poder para regular la vida desde su origen mismo. No se trataba únicamente de aumentar la natalidad. La mujer se la pensó no solo como madre en sentido biológico, sino como pieza de una ingeniería social que pretendía asegurar la continuidad no solo de la nación, sino de la raza o la comunidad moral imaginada. La biopolítica convirtió la natalidad, la familia y la sexualidad en materias de Estado.
La comparación entre el fascismo italiano, el nazismo y el franquismo permite ver con claridad que la obsesión demográfica no fue un rasgo accidental, sino un núcleo doctrinal de los fascismos. La maternidad dejaba de ser una experiencia privada para convertirse en un deber cívico.
Los viajes papales no son únicamente instrumentos pastorales o rituales de devoción: han funcionado históricamente como recursos de acción geopolítica. Desde la Edad Media hasta la actualidad, los viajes del pontífice han servido para reconfigurar relaciones de fuerza, afirmar soberanías y establecer alianzas que trascienden lo religioso. Los viajes papales son instrumentos de diplomacia pública . Allí donde viaja el Papa, no solo se despliega una liturgia: se activa una forma de diplomacia pública, dotada de una capacidad de penetración mediática y simbólica que ningún otro actor -ni político ni religioso- puede igualar.
El viaje a España del Pontífice no puede entenderse únicamente como una visita pastoral ni como un gesto de diplomacia espiritual. Se inscribe en una tradición de complicidades entre el Estado español y el papado que hunde sus raíces en uno de los artefactos jurídicos más decisivos del siglo XX español.
Innerarity concluye que la religión contemporánea, al estar más alejada de la pretensión de controlar la totalidad de la vida , podría incluso ser más coherente con la naturaleza democrática y la experiencia espiritual libre
El artículo de Daniel Innerarity titulado ¿Vuelve la religión? fue publicado el 20 de febrero de este año en El País. Para el filósofo la “vuelta de la religión” no implica un retorno a las instituciones religiosas tradicionales ni una recuperación de su antigua capacidad para estructurar la sociedad. Según él lo que observamos hoy es un fenómeno distinto: una circulación ecléctica y descontextualizada de elementos religiosos que las personas utilizan de manera personal y selectiva. Desde esta perspectiva, Innerarity concluye que la religión contemporánea, al estar más alejada de la pretensión de controlar la totalidad de la vida, podría incluso ser más coherente con la naturaleza democrática y la experiencia espiritual libre.
Pero la interpretacion de Innerarity parece dejar de lado que el supuesto “ retorno de lo sagrado” no es una deriva espontánea hacia una espiritualidad íntima, sino una arquitectura deliberada. No, la religión no vuelve porque hayamos alcanzado un clímax de libertad secular o porque el individuo esté componiendo libremente su puzle existencial. No hay un puzzle de libre elección donde cada uno pueda quedarse con lo que más le gusta : vuelve porque ha sido reconvertida en un instrumento de la ultraderecha.
Desde 1939, las procesiones convivieron con liturgias militaristas, fascistas falangistas y nacionalcatólicas. Muchas cofradías fueron fundadas o reactivadas por excombatientes y la Semana Santa sirvió para reproducir el imaginario “cruzadista” con apoyo de la Iglesia
El dictador Francisco Franco durante la Semana Santa ____________________
La Semana Santa española, lejos de constituir únicamente una manifestación religiosa o una expresión estética del barroco popular, ha desempeñado históricamente un papel político e ideológico de primer orden. Desde la consolidación del catolicismo como religión de Estado en la monarquía confesional de los Austrias, las procesiones y los rituales penitenciales fueron concebidos como pedagogías públicas de la fe y del orden social. A través de ellas se escenificaba la jerarquía, la obediencia y el ciclo del sufrimiento redentor como fundamentos simbólicos del cuerpo político.
Esta dimensión política del ritual adquirió una nueva intensidad durante el franquismo. El régimen entendió la Semana Santa como una de las matrices simbólicas de la “nacionalcatolicidad”: una síntesis entre religión y patria destinada a legitimar el nuevo Estado surgido de la guerra civil. A partir de 1939, numerosos organismos oficiales -desde las diputaciones provinciales hasta la Delegación Nacional de Propaganda- impulsaron la reorganización de hermandades y cofradías, integrándolas en el aparato ideológico del régimen. La religión popular, especialmente en Andalucía y Castilla, se revalorizó como expresión del alma nacional, mientras que los pasos procesionales se convirtieron en alegorías vivas del sacrificio, el heroísmo y la sumisión a la autoridad.
Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como ‘cruzada’ por Dios y España
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Lucio Martínez Pereda, Nueva revolución, 28 de diciembre de 2025
El Pasado
La Cruz de Caravaca no es únicamente una inocente cruz patriarcal de doble travesaño, venerada en Caravaca de la Cruz (Murcia) desde el siglo XIII. Su aparición milagrosa se vincula a la conversión de un noble musulmán: el milagro sirvió como símbolo para estimular el ánimo guerrero de la reconquista cristiana en la frontera con Granada. La Iglesia le concedió al símbolo culto de latría relativa en 1736.
Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como “cruzada” por Dios y España. En la extensa liturgia patriótico religiosa del franquismo, la Cruz de Caravaca ocupa un lugar singular, a medio camino entre la devoción popular y la manipulación política. Si el nacionalcatolicismo fue el cemento espiritual del régimen, la cruz- no cualquier cruz, sino aquella que la tradición presentaba aparecida milagrosamente en la frontera de la cristiandad- se convirtió en emblema de una España que el fascismo pretendía redimir a través de la fe.
El reconocimiento tardío de las víctimas del Patronato de Protección a la Mujer -al menos 25 años de retraso- evidencia un profundo déficit de cultura política democrática en España
Muy a principios de los años 70 algunas voces dentro de la dictadura, incluso dentro del propio Patronato, empezaron a reconocer que la institución estaba un “poco desfasada”, decían. La idea de que el “negocio” empezaba a estar en peligro lógicamente llegó rápidamente a conocimiento de las órdenes religiosas. Terminada la dictadura y comenzada la transición resultaba inevitable reconocer que el Patronato era un vestigio del régimen franquista que deslucía la nueva realidad democrática.
Todo el mundo sabe que en la democracia el Patronato tendrá que desaparecer, pero antes de que eso sucediera en 1977 las órdenes religiosas quieren y consiguen, que el propio Patronato les pague la transformación de sus centros de reclusión para seguir funcionando en la nueva etapa como residencias femeninas, ya absolutamente desligadas de su sombrío pasado. Para esta nueva fase había que borrar la apariencia de lúgubres espacio de pseudo reclusión, una apariencia ligada a las prácticas totalitarias de la peor etapa de la dictadura.
La gestión que el Patronato de Protección a la Mujer delegó en las órdenes religiosas femeninas creo durante cerca de medio siglo un extenso ámbito de beneficios económicos directos para esas órdenes religiosas
Las órdenes religiosas que gestionaron el Patronato de Protección a la Mujer han anunciado que pedirán perdón públicamente a las supervivientes de los centros donde, entre 1941 y 1985, miles de jóvenes fueron internadas sin juicio ni condena, muchas veces por desafiar el modelo de mujer impuesto por el franquismo o por proceder de familias desfavorecidas.
La gestión que el Patronato de Protección a la Mujer delegó en las órdenes religiosas femeninas creo durante cerca de medio siglo un extenso ámbito de beneficios económicos directos para esas órdenes religiosas.
Estas instituciones explotaban laboralmente a las internas, obligándolas a realizar trabajos no remunerados como costura, labores domésticas y tareas en talleres cuyos productos eran comercializados por las propias órdenes. Además, muchas jóvenes eran enviadas a servir en casas de familias o a trabajar en fábricas, y las órdenes religiosas se quedaban con una parte significativa de sus salarios, justificándolo como parte de la disciplina interna.
No existe una cifra exacta y oficial del número exacto de mujeres víctimas del Patronato: los registros documentales están muy incompletos y la institución operó con gran opacidad
Captura de pantalla: El Patronato (Crónicas TVE) _____________________
El PSOE[1]ha presentado en el Congreso una iniciativa para que se reconozca como víctimas del franquismo a las miles de mujeres que fueron recluidas por el Patronato de Protección a la Mujer, una institución represiva para controlar socialmente, modificar la conducta y explotar laboralmente a mujeres jóvenes. Estas mujeres sufrieron internamientos, vejaciones, trabajos forzosos y privaciones de libertad.
No existe una cifra exacta y oficial del número exacto de mujeres víctimas del Patronato: los registros documentales están muy incompletos y la institución operó con gran opacidad. La destrucción de parte de los archivos dificulta una cuantificación precisa, pero el impacto fue masivo, afectando a miles de mujeres durante décadas. En 1996- de las 3000 cajas de documentación relativas al Patronato que estaban en el ministerio de Empleo- solamente quedaron 1500 tras producirse una sospechosa “ inundación por agua”. En ese momento el ministerio estaba dirigido por el Partido Popular, a cargo de Javier Arenas.
Las órdenes religiosas que gestionaron el Patronato de Protección a la Mujer han anunciado que pedirán perdón públicamente a las supervivientes de los centros donde, entre 1941 y 1985, miles de jóvenes fueron internadas sin juicio ni condena, muchas veces por desafiar el modelo de mujer impuesto por el franquismo o por proceder de familias desfavorecidas.
Sin embargo, para muchas víctimas este perdón será percibido como insuficiente o insincero si no va acompañado de una verdadera transparencia: la apertura de los archivos de las congregaciones religiosases fundamental para documentar los beneficios económicos que obtuvieron a través de la explotación laboral de las internas.
Muchas fueron obligadas a realizar trabajos no remunerados, como labores domésticas, costura o tareas en talleres, cuyos productos eran comercializados por las órdenes religiosas. Los beneficios económicos generados por esta explotación, así como su destino, siguen siendo en gran medida un misterio, ya que los archivos de estas instituciones permanecen cerrados o son de difícil acceso.
Los Centros de Observación y Clasificación (COC) del Patronato de Protección a la Mujer fueron instituciones franquistas destinadas a la vigilancia, clasificación y control moral de mujeres consideradas “caídas” o en riesgo de desviarse de la moral nacionalcatólica.
Centro de Observación y Clasificación en Ciudad Real / Foto publicada en las memorias del Patronato de Protección a la Mujer – Fuente _______________________
Áun queda mucho por conocer sobre el funcionamiento Patronato de Protección a la Mujer . El último aparato de represión franquista en ser históricamente investigado. La periodista Andrea Momoitio* ha escrito para Público el primer artículo publicado en la prensa generalista española sobre la institución que proporcionaba la legitimación científico – psiquiátrica a las funciones represivas llevadas a cabo por el Patronato : los Centros de Observación y Clasificación, los COC.
Las mujeres jóvenes (16- 25 años) que fueron puestas forzadamente bajo la tutela del Patronato no sólo sufrieron su condición de víctimas en los centros religiosos de órdenes femeninas que trabajaban para esta institución “externalizadamente” a cambio de gran beneficios económicos. Los Centros de Observación y Clasificación (COC) del Patronato de Protección a la Mujer fueron instituciones franquistas destinadas a la vigilancia, clasificación y control moral de mujeres consideradas “caídas” o en riesgo de desviarse de la moral nacionalcatólica. En estos centros, las jóvenes eran sometidas a exámenes médicos, ginecológicos, psicológicos y de conducta, y según los resultados de la clasificación , se decidía su destino en los centros de ‘prevención” o “rehabilitación”.