Semana Santa y Televisión: emociones cuidadas e historia borrada

marzo 31, 2026

Desde 1939, las procesiones convivieron con liturgias militaristas, fascistas falangistas y nacionalcatólicas. Muchas cofradías fueron fundadas o reactivadas por excombatientes y la Semana Santa sirvió para reproducir el imaginario “cruzadista” con apoyo de la Iglesia

El dictador Francisco Franco durante la Semana Santa
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Lucio Martínez Pereda, Nueva Revolución, 31 de marzo de 2026

La Semana Santa española, lejos de constituir únicamente una manifestación religiosa o una expresión estética del barroco popular, ha desempeñado históricamente un papel político e ideológico de primer orden. Desde la consolidación del catolicismo como religión de Estado en la monarquía confesional de los Austrias, las procesiones y los rituales penitenciales fueron concebidos como pedagogías públicas de la fe y del orden social. A través de ellas se escenificaba la jerarquía, la obediencia y el ciclo del sufrimiento redentor como fundamentos simbólicos del cuerpo político.

Esta dimensión política del ritual adquirió una nueva intensidad durante el franquismo. El régimen entendió la Semana Santa como una de las matrices simbólicas de la “nacionalcatolicidad”: una síntesis entre religión y patria destinada a legitimar el nuevo Estado surgido de la guerra civil. A partir de 1939, numerosos organismos oficiales -desde las diputaciones provinciales hasta la Delegación Nacional de Propaganda- impulsaron la reorganización de hermandades y cofradías, integrándolas en el aparato ideológico del régimen. La religión popular, especialmente en Andalucía y Castilla, se revalorizó como expresión del alma nacional, mientras que los pasos procesionales se convirtieron en alegorías vivas del sacrificio, el heroísmo y la sumisión a la autoridad.

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