Asturias y democracia okupadas cada 8 de septiembre en Covadonga

septiembre 10, 2022

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Adrián Barbón y Jesús Sanz este 8 de septiembre en Covadonga / Eloy Alonso – EFE

Enrique del Teso, La Voz de Asturias, 10 de septiembre de 2022

La RTPA debería emitir la misa de Covadonga del 8 de septiembre en blanco y negro. Hace años visité la Alcazaba de Almería y los que tenían a cargo guiar la visita iban vestidos de época, hablaban un castellano con acentos antiguos y diluían las explicaciones en una actuación teatral, entre didáctica e informal. Podríamos añadir el detalle a la misa del día 8. Sería pedagógico que se retransmitiera en blanco y negro y con los políticos y autoridades vestidos en trajes de otras épocas (con el arzobispo no haría falta cambiar nada, su traje y todo él ya es de otras épocas), para recordar a la población cómo eran las sociedades hace mucho mucho tiempo; porque estos Días de Asturias remejidos con Santina y arzobispo ultra forman un engrudo de tiempos antañones de los que dan acidez.

La tradición es la razón por la que la Iglesia reclama actos cíclicos en que el poder político figura subordinado a la jerarquía eclesial en rituales de mucha atención colectiva. Quién puede oponerse a la tradición. Las tradiciones son inofensivas porque, por definición, no tienen finalidad práctica. Son fósiles de actos colectivos cuya función ya nadie recuerda. Son identitarias, están en núcleo del complejo simbólico que nos hace sentir parte de algo mayor que nosotros mismos y que retiene esos vínculos intergeneracionales por los que percibimos nuestra comunidad como algo que pervive en el tiempo. Quién puede enfrentarse a las tradiciones, si son inofensivas y expresión de lo que somos. Desde estas verdades a medias, el arzobispo se cuela a empellones cada 8 de septiembre en nuestra vida pública y hace su numerito carcamal, con asentimiento del poder político, la afluencia gratis que da la tradición y el despliegue habitual de medios. Un chollo.

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Valores de democracia en la escuela, por Enrique del Teso

agosto 14, 2021

Aula vacía / Pepa Losada

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Enrique del Teso, La Voz de Asturias, 14 de agosto de 2021

«El que no se movió fui yo», dijo en 1982 Francisco Fernández Ordóñez. Había estado en el ala socialdemócrata de la UCD. El PSOE de aquella levantaba el puño en los mítines y en la izquierda no estaba bien visto que te viesen con socialdemócratas. Pero la UCD implosionó, el PSOE se fue moviendo a la derecha y así en el 82 Fernández Ordóñez se encontró con que sin moverse del sitio ahora estaba dentro del PSOE. En el lenguaje ordinario decimos que algo es ideológico si es discutible. Por eso la forma ordinaria de negar los hechos es considerar ideológica su enunciación. Los alérgicos al conocimiento, por ejemplo, llaman ideología a la teoría de la evolución. Llamamos ideología a todo lo que se puede discutir en democracia, no a la democracia en sí. Decimos que hay políticos que suben o bajan los impuestos por su ideología. Pero no llamamos ideología a que haya elecciones, aunque lo sea, para que no parezca algo opinable. Tratamos a la democracia como no discutible. Y a la democracia le pasa como al conocimiento. La forma ordinaria en que atacan a la democracia los que le tienen alergia es llamar ideológicos a sus principios definitorios. Y a la democracia también le pasa como a Fernández Ordóñez. La democracia, sin moverse de su sitio, quedó en la izquierda. La derecha se derechizó y se va de ella.

La educación es un ámbito en el que hay que trenzar con finura la complicidad de los poderes públicos con las familias, un ámbito con una fuerte capacidad de agitación social y a la vez con poca incidencia electoral. Es un ámbito donde los intereses económicos e ideológicos son intensos y que está dominado por compulsiones emocionales (miedos, aspiraciones, ansiedades por el futuro), porque la relación con los hijos bloquea como ninguna la racionalidad y la visión de conjunto. No hay acuerdos de Estado ni los habrá. En la educación, la democracia es atacada por sus alérgicos como en ningún otro ámbito.

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El PSOE rebaja su eterna promesa de derogar el Concordato mientras el Gobierno se limita a cambios simbólicos

julio 24, 2021

Por el momento, los únicos cambios en materia de laicismo han sido simbólicos: juras sin biblia ni crucifijo y organización del primer homenaje de Estado aconfesional a las víctimas de una tragedia

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su reunión con el papa Francisco el pasado mes de octubre / Europa Press

Álvaro Sánchez Castillo, InfoLibre, 24 de julio de 2021

La relación Estado-Iglesia volverá a abordarse en el seno socialista el próximo mes de octubre. Así se recoge en la ponencia del 40º Congreso del PSOE, un documento que deberá someterse ahora a un proceso de enmiendas y que incluye la propuesta de abordar de una vez por todas los acuerdos con el Vaticano. No es, ni mucho menos, algo nuevo. De hecho, es un asunto que lleva latente desde hace más de una década. Sin embargo, nunca ha terminado traduciéndose en hechos concretos. Los textos siguen ahí, en vigor, a pesar de que la Iglesia, en cuestiones económicas, ha incumplido su parte del trato. Y sus privilegios se mantienen inalterables. A pesar de los anuncios, el Gobierno no se ha atrevido a reformar cuestiones con impacto fiscal, mientras que en relación con las inmatriculaciones no ha ido más allá de la elaboración de un listado de propiedades. Por el momento, el Ejecutivo ha preferido no moverse más allá del terreno de lo simbólico.

La ruptura con los privilegios de la Iglesia es la eterna promesa del PSOE. Esa que viene y va y que siempre consigue poner en pie a sus bases. «Ahora que estamos en la oposición vamos a denunciar el Concordato con la Santa Sede; cuando estemos en el Gobierno lo derogaremos«, decía en 2013 con una ovación de fondo el entonces líder de los socialistas, Alfredo Pérez Rubalcaba, durante la Conferencia Política del partido. Tres años después, en las elecciones generales de 2016, el PSOE incluyó en su programa electoral la intención de tumbar los acuerdos entre España y el Vaticano, aquellos textos suscritos entre 1976 y 1979 que abarcan cuestiones jurídicas, educativas y culturales o económicas, entre otras. Es exactamente lo mismo que se recogía en el documento de la candidatura de Sánchez en las primarias de 2017, el que llevaba por nombre «Por una nueva socialdemocracia».

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