Meter las procesiones con calzador en ciudades donde no tenían tradición las convierte en espectáculos vacíos de su sentido original, poco más que cabalgatas orientadas al turismo
Uno de los pasos de la procesión del Santo Entierroa la salida de la iglesiade San Pedro, Gijón 2026 | Fuente foto ___________________
Me gustan mucho más las vacaciones de Navidad que las de Semana Santa. Y tengo razones más que convincentes para defender las primeras frente a las segundas. En primer lugar porque las vacaciones de Navidad son más largas y en segundo lugar, pero no menos importante, porque me gusta tanto dar como recibir regalos. Y además, cuando terminan, comienzan las rebajas. Son todo ventajas. Sin embargo las de Semana Santa se me hacen cortas, mi madrina y mi padrino hace ya muchos años que nos dejaron –demasiado pronto– y mi ahijado –mi hermanín pequeño– es ya un señor con barba, así que cero regalos para dar y recibir. Como punto a su favor, eso sí, hay que reconocer que es bastante probable que durante la Semana Santa tengamos buen tiempo, o algo parecido.
Y como a mí lo de ser creyente me duró de los nueve a los once años, estas fechas son simplemente días de asueto adornados con una serie de rituales vaciados de su sentido original, por lo que prefiero mil veces las Saturnales que los cristianos robaron a los romanos que esta apología del luto, la peineta, el himno nacional y la Legión y su uniforme XXXS de botones reventones y pecho depilado que acabamos de pasar.
Doce chavales posan a las puertas de una iglesia en Sagunto (Valencia). Son noticia y no por ir a misa –todas las modas acaban volviendo–, sino por haber protagonizado una de las imágenes del fin de semana. Periodistas de toda España se han desplazado hasta este pueblo valenciano expectantes por una votación que debía acabar con una anomalía histórica: las mujeres del pueblo tienen prohibido salir en procesión durante la Semana Santa en la Cofradía de la Purísima Sangre. Para arreglarlo solo había que cambiar en los estatutos una palabra. “Personas” en lugar de “varones”.
Pero los votantes, varones todos, decidieron no caer en la trampa woke de ser considerados personas. La respuesta, chicas, es que no. Con 267 votos en contra de la igualdad y 114 a favor, los vencedores de la votación posan eufóricos en las escalinatas de la iglesia apoyando su decisión en argumentos sólidos. “La tradición es la tradición”. “Las tradiciones hay que respetarlas”. “No se pueden romper las tradiciones”. “El fútbol son once contra once”. Somos los guardianes de una herencia que se remonta al 1496, explican estos chicos uniformados con pantalón chino beige y chaqueta azul marino del Zara, telas típicas de aquella época.
La Iglesia es una institución profundamente misógina y homófoba que ha marcado de forma grosera los modos de vida. El auge del imaginario católico no es inocente ni decorativo: es política cultural. Mística, cine y pop como blanqueamiento de una institución misógina y homófoba.
Imagen promocional de la película Los domingos (Ruiz de Azúa, 2025) | David Herranz _____________________
En el último curso de la licenciatura, especialmente en los meses finales, tuve la sensación de haber aprendido a estudiar de veras, aunque para entonces parecía un superpoder un poco inútil. Era gratificante salir de algunas de las clases tan fascinada por lo que se había contado que, con un esquema y sin mayor esfuerzo, seguiría mantener aquello en mi memoria no solo para los exámenes, también mirar incluso para tratar de y pensar mejor a partir de ese momento.
Me ocurría sobre todo con una asignatura en la que el profesor hablaba sobre la estética de ciertas creaciones literarias y cinematográficas, también de lo social. Entre las cosas más impactantes –por darnos cuenta de cómo habían sido normalizadas hasta la indiferencia– analizamos, por ejemplo, por qué por aquel entonces un porcentaje nada desdeñable de gente se manifestaba contra la guerra ataviada con prendas de mimético militar.
Identificamos el casi risible retrofuturo en los libros de William Gibson y vimos, por supuesto, El triunfo de la voluntad , de Leni Riefenstahl, la potencia y armonía de aquellos cuerpos sobre el fondo de esvásticas y demás parafernalia nazi. La frase que resume todo aquello es lapidaria: “Las palabras se discuten, los símbolos se siguen”.
Charlie Kirk era un agitador de esos que convierten el odio en espectáculo. Un cóctel de racismo envuelto en bandera, machismo apoyado en la Biblia y clasismo con sonrisa de teletienda. Su talento fue hacer del insulto un negocio y del desprecio una ideología rentable. En la internacional del odio ya tenían líderes, gurús y teólogos de la intolerancia, pero les faltaba un mártir. Hasta que a Kirk lo mataron. Desde entonces, el fundamentalismo tiene un santo patrón por quien guerrear. La religión, una vez más, convertida en ariete y en herramienta de agresión.
Sí, la religión ha vuelto al centro del tablero y no precisamente por intervención divina. En España el fervor crece como una burbuja inmobiliaria. Hakuna llena estadios con su fe de festival, las cofradías del sur engordan a ritmo de tambor, las procesiones duran más que un viaje en Rodalies y en Madrid se abre una iglesia evangélica cada cuatro días. Aunque me da que esta cifra es un poco exagerada, parece que el cielo no para de abrir sucursales. Igual que se multiplicaban los videoclubes en los ochenta, ahora se abren templos con micrófono inalámbrico, luces LED y un pastor motivacional que mezcla a Jesús con coaching y criptomonedas. Hakuna concentra a jóvenes pijos, mientras que estas iglesias, ligadas al fundamentalismo latinoamericano, han encontrado un filón entre comunidades precarizadas.
Ni olvido ni perdón. Las voces de las víctimas del siniestro Patronato para la Mujer que secuestró a niñas y jóvenes desde el final de la Guerra civil hasta el año 1985 resuenan todavía en ese “NO” tras el “acto público de perdón” de las asociaciones religiosas. Muy compasivas, se perdonaron a sí mismas no los pecados cometidos sino también el rosario de delitos por los que nadie les ha pedido cuentas. “Pedimos perdón por aquello que en el pasado no hicimos bien. Expresamos nuestro profundo dolor a todas aquellas mujeres que en un tiempo de severas restricciones educativas, sociales, políticas y religiosas fueron sometidas a unas condiciones de vida injustas y dolorosas”.
La indecencia de la declaración clama al cielo, pero no pasa nada en un país en el que nunca se hace justicia a las víctimas, ya sean ancianos de residencias sin seguro privado, damnificados en una riada, asesinados en fosas o en el 11-M, torturados en la DGS o niñas encarceladas, vejadas, explotadas por la Iglesia católica en connivencia con una dictadura fascista y una democracia endeble.
España reconoce el derecho a la eutanasia en casos de sufrimiento irreversible. Sin embargo, grupos reaccionarios han encontrado subterfugios para impugnar este derecho personalísimo por vía judicial
Fotograma de la película «Mar adentro» (Amenábar, 2004) __________________________
La defensa de los derechos debe ser constante. No basta conseguirlos ni plasmarlos en leyes, sino que siempre es necesario velar por su efectividad y cumplimiento. No es tarea fácil ni cómoda. Los que han sido y son contrarios a las conquistas de la humanidad actúan con insistencia para promover su vueltas atrás y poner palos en las ruedas de los avances en derechos. Trabajan arduamente para imponer su concepción ideológica o moral de retroceso, cuando no negacionista, en derechos humanos. Subyace en ellos una concepción totalitaria para impedir que otros ejerzan derechos y libertades, incluso aunque estén reconocidas en las normas jurídicas.
Así sucede en muchos lugares desde hace al menos dos décadas y, aunque muchos desoyeron los signos de alarma, el retroceso es ya muy evidente en todo el mundo occidental. También en España, donde las ideas reaccionarias, movilizadas con notable activismo, tienen hoy reflejo en instancias que, desgraciadamente, son permeables a esas concepciones. Me refiero a sectores de la Administración de Justicia, y lo hago respecto a un derecho concreto: el de una vida y muerte dignas cuando la persona que sufre un padecimiento grave, crónico e imposibilitante, sin esperanza ni posibilidad de alivio, quiere acabar con ese sufrimiento irreversible.
-EL NUEVO. El vicepresidente de EEUU, J.D. Vance, fue el último líder internacional en reunirse con el papa Francisco. El encuentro fue breve. En total, entre pitos y flautas –gregorianas–, Vance estuvo solo 17 minutos en el Estado Vaticano. Hay calippos que han durado más. En el encuentro, el Papa hizo entrega a Vance de tres huevos Kinder, una corbata y un rosario reglamentario homologado. Es decir, lo que uno pilla en un kiosko –vaticano– cuando se le olvida un cumple. Lo que es un indicio de que el encuentro fue puro trámite papal. Un trámite tranquilo y desapasionado. Lo contrario que el anterior encuentro –bueno, no fue un encuentro, fue un encontronazo– entre el Papa y Vance, el pasado febrero, cuando Francisco calificó como “atentado contra la dignidad humana” los planes del Gobierno Trump para la deportación masiva de inmigrantes y Vance le contestó con una feroz crítica, a través de una carta a los obispos USA. Unos días después, Vance reculaba, no en sus opiniones, pero sí en su tratamiento al Papa. Para ello se definió como “un católico en formación”, por lo que “hay muchas cosas de la fe que no conozco”.
Y, en efecto, Vance es nuevo en el catolicismo. Se convirtió en agosto de 2019. Su conversión no es, por cierto, un exotismo. Se engloba dentro de una tendencia conservadora al respecto en EEUU, llamativa. La razón: esta mañana a primera hora existe un proyecto católico en EEUU –“iliberal”, “postliberal”, lo llaman sus ideólogos; en breve se los presento–, alentado por una gran oleada de conversiones al catolicismo de élites conservadoras y adineradas.
El testimonio en piedra del sadismo y la crueldad del régimen franquista lo es también de la desvergonzada impunidad de la que siguen gozando sus herederos y apologetas, y de la cobardía de la clase política
Valle de Cuelgamuros. / Jorge Díaz Bes _________________________
Cerca de mi casa hay una pequeña placa de bronce en el suelo, justo al lado del semáforo que consigue cada día que mi hija y yo perdamos la paciencia a pesar de que nos protege de los coches que se dirigen hacia o desde la autopista saltándose todos los límites de velocidad y respeto. No hay día que no pase junto a esa plaquita: al ir al súper, de camino a mis clases de yoga, paseando con Perro Bonito o cuando me equivoco de ruta al bajar al centro y en vez de coger la calle correcta me tiro diez minutos caminando por donde no es. La mayoría de las veces no me fijo en la placa expresamente, pero siempre tengo cuidado de no pisarla, y no soy la única, pues he observado que muchas personas también evitan instintivamente pasar por encima de ella, como si una mano invisible los apartara para que no la manchen ni la estropeen.
En esa pequeña y dorada placa que ya forma parte del paisaje de mi barrio y de mi cotidianeidad está grabado el nombre de José Antonio Pérez Álvarez, nacido en 1910 en una casita humilde que una vez se alzó justo donde ahora hay una acera grande y un semáforo que tarda demasiado en ponerse en verde, un republicano que se tuvo que exiliar a Francia en 1941 y que acabó, un año después, en el campo de concentración de Gusen I, uno de los tres campos de la muerte que dependían del famoso Campo de Concentración de Mauthausen, donde fue asesinado al poco tiempo de llegar, un injusto destino que compartió con otros cinco mil republicanos españoles.
Esta serie de Nuria Alabao, en CTX, propone una investigación sobre los agentes transnacionales que se articulan a partir de las cuestiones de género y sus formas de funcionamiento
José Antonio Kast junto algunos miembros de Hazte Oír, en mayo de 2022. / HazteOír.org _____________________
Se trata de una serie de la que se han publicado dos partes centrada en esta nueva ola de activismo ultraconservador global ha establecido el “género” como un frente de batalla definitivo:
La internacional antigénero: soberanistas en un mundo global
Las guerras de género se han globalizado y son impulsadas por un poderoso movimiento social, político y religioso de carácter transnacional. Con “guerras de género” hacemos referencia aquí a los conflictos políticos y culturales que están centrados en cuestiones de género y sexualidad –temas como los derechos sexuales y reproductivos, los derechos de las disidencias sexuales, la educación sexual o la violencia de género, entre otros–. Por supuesto, estas batallas no son meras cortinas de humo, sino que son inherentes a la lucha por el poder y a los intereses de los proyectos políticos que los impulsan que, en definitiva, son funcionales a una relegitimación de las jerarquías de clase, género y raza.
Cuando el Banco Popular se desmoronó repentinamente en las primeras horas del 7 de junio de 2017, la atención se centró, como es natural, en los afectados por la que sería una de las mayores quiebras bancarias jamás vistas en Europa. La televisión española retransmitió escenas de clientes enfurecidos frente a sucursales cerradas de todo el país, blandiendo pancartas y exigiendo respuestas y prisión para los responsables. Los reporteros entrevistaron a pensionistas llorosos que lo habían perdido todo en la quiebra: hombres y mujeres mayores que habían confiado los ahorros de toda su vida a un banco en su día considerado uno de los más sólidos y rentables del mundo. La prensa financiera buscó otro ángulo, centrándose en inversores supuestamente expertos como Pimco y Anchorage Capital, que habían perdido cientos de millones de euros de la noche a la mañana. Todo el mundo se hacía la misma pregunta: ¿Cómo pudo desaparecer de un día para otro un conocido prestamista español, una institución con noventa años de imponente historia, propietaria de otro banco en Estados Unidos y con oficinas en lugares tan lejanos como Shanghái, Dubái y Río de Janeiro?