La derecha instrumentaliza el miedo, la lengua, la cultura e incluso el Evangelio para dividir a los migrantes

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Paco Cano, CTXT, 29 de octubre de 2025
Charlie Kirk era un agitador de esos que convierten el odio en espectáculo. Un cóctel de racismo envuelto en bandera, machismo apoyado en la Biblia y clasismo con sonrisa de teletienda. Su talento fue hacer del insulto un negocio y del desprecio una ideología rentable. En la internacional del odio ya tenían líderes, gurús y teólogos de la intolerancia, pero les faltaba un mártir. Hasta que a Kirk lo mataron. Desde entonces, el fundamentalismo tiene un santo patrón por quien guerrear. La religión, una vez más, convertida en ariete y en herramienta de agresión.
Sí, la religión ha vuelto al centro del tablero y no precisamente por intervención divina. En España el fervor crece como una burbuja inmobiliaria. Hakuna llena estadios con su fe de festival, las cofradías del sur engordan a ritmo de tambor, las procesiones duran más que un viaje en Rodalies y en Madrid se abre una iglesia evangélica cada cuatro días. Aunque me da que esta cifra es un poco exagerada, parece que el cielo no para de abrir sucursales. Igual que se multiplicaban los videoclubes en los ochenta, ahora se abren templos con micrófono inalámbrico, luces LED y un pastor motivacional que mezcla a Jesús con coaching y criptomonedas. Hakuna concentra a jóvenes pijos, mientras que estas iglesias, ligadas al fundamentalismo latinoamericano, han encontrado un filón entre comunidades precarizadas.
En cualquier caso, todos ofrecen lo mismo; refugio, sentido de pertenencia y un paquete ideológico ultraconservador. “Dios te ama, pero aborrece el aborto”. “Cristo perdona, pero detesta la ideología de género”. “El Señor proveerá, siempre que trabajes semiexplotado y votes bien”. El teólogo Juan José Tamayo lleva años advirtiéndolo: “El fundamentalismo religioso es el complemento espiritual del neoliberalismo”.
Vox y el PP lo saben. Así, la presidenta madrileña –Díaz Ayuso, siempre un paso por delante– ya ha declarado que en España hay una inmigración que no es inmigración. La que “habla español, reza al mismo Dios y comparte nuestras costumbres”. En la teoría, esa proclama convierte a millones de latinoamericanos en españoles adoptivos y, de paso, delimita un afuera. Cuando se maquilla a un grupo migrante por su afinidad cultural, lo que se hace es levantar un muro para los demás. Sobre todo, para aquellos que rezan a otro dios y que no compran propiedades en el barrio de Salamanca.
Ayuso ha logrado algo que no conseguía ni el PP más rancio ni el Vox más meapilas: desparramar la islamofobia dentro del propio campo migrante. Divide y vencerás. En los barrios o ciudades donde conviven comunidades latinoamericanas y magrebíes, el discurso de la “cultura compartida” funciona como brecha simbólica. Los que hablan español de serie y creen en el dios cristiano, sí; los otros no. El latino, elevado a ejemplo de integración; el musulmán, convertido en problema a combatir. Una jugada de manual, blanquear el discurso excluyente poniéndole acento colombiano y sonrisa dominicana. Spoiler: querido hermano latinoamericano, recuerda que cuando las barbas de tu vecino musulmán veas cortar, pon las tuyas a remojar, que al final te toca.
El cristofascismo ha descubierto que la Biblia da más votos si se lee al revés: donde dice “amarás al prójimo” ha de entenderse “odiarás al moro”. Bajo la bandera de la defensa de Occidente, se reescribe el Evangelio convirtiendo al buen samaritano en policía de frontera y transformando los panes y los peces en concertinas. Ayuso y Vox hablan de raíces cristianas mientras arrancan de cuajo las del cristianismo primitivo, como la compasión, la justicia social o la acogida al extranjero. Y todo ello en nombre de un Cristo al que jamás dejarían empadronarse en Lavapiés.
La ultraderecha santifica el odio y ya no tiene sentido asaltar los cielos porque la Nueva Cruzada la abanderan hoy diablos –con micrófono de youtuber o corbata de cargo institucional– que no quieren salvar almas sino disciplinar cuerpos y delimitar territorios. ¿Qué nos quedará? Pues conquistar el infierno y redimir a los condenados. Dicen que el infierno está lleno de incrédulos. Mentira. El infierno está lleno de gente que no votó. Quizás porque confiaban en Dios.


















