El catolicismo, y no el protestantismo, es la esencia de un nuevo proyecto republicano que ya no es libertario, sino explícitamente conservador

___________________
Guillem Martínez, CTXT, 3 de mayo de 2025
-EL NUEVO. El vicepresidente de EEUU, J.D. Vance, fue el último líder internacional en reunirse con el papa Francisco. El encuentro fue breve. En total, entre pitos y flautas –gregorianas–, Vance estuvo solo 17 minutos en el Estado Vaticano. Hay calippos que han durado más. En el encuentro, el Papa hizo entrega a Vance de tres huevos Kinder, una corbata y un rosario reglamentario homologado. Es decir, lo que uno pilla en un kiosko –vaticano– cuando se le olvida un cumple. Lo que es un indicio de que el encuentro fue puro trámite papal. Un trámite tranquilo y desapasionado. Lo contrario que el anterior encuentro –bueno, no fue un encuentro, fue un encontronazo– entre el Papa y Vance, el pasado febrero, cuando Francisco calificó como “atentado contra la dignidad humana” los planes del Gobierno Trump para la deportación masiva de inmigrantes y Vance le contestó con una feroz crítica, a través de una carta a los obispos USA. Unos días después, Vance reculaba, no en sus opiniones, pero sí en su tratamiento al Papa. Para ello se definió como “un católico en formación”, por lo que “hay muchas cosas de la fe que no conozco”.
Y, en efecto, Vance es nuevo en el catolicismo. Se convirtió en agosto de 2019. Su conversión no es, por cierto, un exotismo. Se engloba dentro de una tendencia conservadora al respecto en EEUU, llamativa. La razón: esta mañana a primera hora existe un proyecto católico en EEUU –“iliberal”, “postliberal”, lo llaman sus ideólogos; en breve se los presento–, alentado por una gran oleada de conversiones al catolicismo de élites conservadoras y adineradas.
El catolicismo, y no el protestantismo –tal vez agotado de su politización intensa, desde Reagan, en los setenta–, es la esencia de un nuevo proyecto republicano que ya no es libertario –sea lo que sea eso–, sino explícitamente conservador. Se trata de un conservadurismo nuevo en su senilidad: ya no pide tradición, orden, religión, recortes, desregulación y reducción del Estado, sino un Gran Gobierno, no sustentado en valores liberales y democráticos, sino en valores cristianos y en la mismísima confesionalidad del Estado.
El presente artículo intentará explicar lo que ya se podría llamar el proyecto Vance. Su dinámica, su extensión, su programa, a partir de esa otra dinámica complicada, difícil, desordenada en su orden, que es una biografía. La biografía de Vance, el nuevo. Un converso que, a diferencia de San Pablo, no cayó una sola vez de la mula, sino dos, lo que le supuso, a su vez, dos conversiones. Al catolicismo primero y al trumpismo después. No se lo pierdan.
-LO HILLBILLY. Una biografía es el residuo seco de lo vivido. Un poso que Vance –Middletown, Ohio, 1984–, empezó a solidificar a través de la reivindicación del concepto hillbilly. Lo que es una palabra de difícil traducción. Quizás la mejor sea montañés. En sentido estricto, un hillbilly es un habitante de los Apalaches, la cordillera que atraviesa la costa Este de EEUU, desde Canadá hasta el Gran Estado de Alabama, en el que la vida es como una caja de bombones. Pero hillbilly también es un tipo de música, un tipo de señor más bien agrario que se casa con su prima embarazada, un tipo de persona de futuro precario, pero también la fuerza motora del sistema industrial más vigoroso del mundo, que bajó de las montañas a las acerías buscando trabajo y que desapareció –del trabajo, de la estabilidad, del sueño americano; zas– en 1973, dando lugar a una sociedad destrozada, mantenida en su sitio –ese sitio llamado ningún sitio– por la policía y, por todo ello, familiarizada con diversas emisiones de opiáceos hasta llegar al fentanilo, esa metáfora del todo: un invento americano, hoy deslocalizado en China, de donde se importa a precio de risa.
-LA HILLBILLYDAD DE LAS COSAS. Hillbilly no es un término neutro. Suele ser peyorativo, despectivo. Una suerte de cateto, de basura blanca. Es, además, una palabra fundamental del título del libro autobiográfico de Vance, publicado en 2016: Hillbilly Elegy: a memoir of a family and culture in crisis. Un pelotazo. Se trata del libro que dio a conocer a su autor en EEUU, que le convirtió en una persona pública, con acceso a la prensa, a la televisión, a la opinión, a la fama. Que aún fue mayor cuando se adaptó el libro al cine –Hillbilly Elegy, 2020; en castellano: Una elegía rural–. El libro se ha explicado como una suerte de “piedra Rosetta” del trumpismo. Una explicación que permite entender a su votante, escrita por un hillbilly que, gracias a su esfuerzo, accedió a Yale. Por lo mismo, es un canto a la voluntad personal como único mecanismo para el triunfo del ‘si-quieres-puedes’. Al triunfo de la voluntad, ese ingrediente eterno de las descripciones básicas de los fenómenos y, por ello, una autoformulación tradicional de la extrema derecha. Contraseña y símbolo de la nueva extrema derecha, existe una edición en castellano –Hillbilly, una elegía rural: memorias de una familia y de una cultura en crisis, Ed. Deusto, 2017–. Y otra en catalán –Una familia americana, Ara Llibres, 2020; con prólogo de Jordi Graupera, líder de Primàries, un partido que aboga por la segregación cultural de la sociedad catalana, apoyado por profes que tuve en la uni; la extrema derecha es eso; ver a tus profes cambiando de patrón cívico, 180 grados y en tiempo real–. El libro es importante. O, al menos, Vance ordena, depura en él su biografía hasta llegar a Yale.

-“VINE A CARTAGO”. Vance es así una persona que conoce las drogas a nivel usuario: su madre era drogodependiente, lo que le supuso una infancia pobre y desestructurada. Por ausencia de destinatario, Vance fue criado por su abuela –la llama “Mamaw”–, una mujer de carácter, castiza, con genio del lenguaje, republicana pero admiradora de Roosevelt, protestante pero no practicante y desconfiada de los predicadores, y defensora del uso de las armas –mujer humilde, pobre, poseía 19 armas de fuego; ¿a quién no le ha pasado?––. Gracias a ella, a su disciplina, a sus gritos –“si no fueras tonto no tendría que gritarte”, era uno de sus hits–, Vance fue uno de los dos chicos de su instituto que finalizaron la high school. En ausencia de trabajo estable, ambos se alistaron seguidamente, en modo plis-plas, a los marines. Lo que fue celebrado por sus familias como un signo de superación y ambición. Vance fue a Irak –2005–. No disparó un tiro sino que –ojo, importante– hizo funciones internas de comunicación, algo parecido al periodismo, si bien sin información alguna. Es decir, glups, algo muy parecido al periodismo. Condecorado, gracias a la ley GI Bill –creada por Roosevelt; cubre los gastos de educación y formación para veteranos que así lo deseen–, estudia Ciencias Políticas y filosofía en la Ohio State University –2007-09; su equipo de football es legendario, por cierto; The Shoe, su estadio de hormigón para más de 100.000 personas, construido en los años veinte del XX, es, sencillamente, hermoso; EEUU, cuando existía, era, en fin, fabuloso–. Vance saca unas notas altísimas, lo que le anima a seguir estudiando. No sabe que existen las becas y, cuando se entera, pide una para Yale.
En lo que es otra sorpresa, aquel exmarine –en aquel momento, ateo– consigue una beca completa –de más 90.000$ por año; se dice rápido–. En EEUU la enseñanza media es sumamente mediocre, pero no es así la universitaria. Las universidades de la Ivy League–ocho universidades privadas y de élite del Este; y, por cierto, con unos deportistas tan chungos que, por eso mismo, disponen de una liga propia; para cerebritos– son particularmente intensas. Suponen un periodo de estudio estresante, profundo, absorbente. Pasear por una de esas universidades permite ver que en ellas no hay espacio para nada más que para ellas mismas. En Yale, Vance estudia Derecho en 2010-13. Una profesora le anima a escribir sobre su vida y sus orígenes. Lo hace. De ahí sale su libro. Y la aludida fama. Pero en Yale también se empieza a gestar otro nuevo capítulo de su biografía. La génesis de su catolicismo.
-“J.D., ¿POR QUÉ ME PERSIGUES?”. En Yale conoce a dos personas y media básicas en su vida. Una es Usha Bala Chilukuri –San Diego, 1986–, californiana de padres universitarios y académicos, provenientes de la India. Chilukuri estudió Historia en Yale y Cambridge –allí se relacionó con el pack izquierda; posteriormente llegó a inscribirse en el censo como demócrata–. Volvió a Yale para estudiar Derecho, donde fue la editora de Yale Law Journal –si eres del staff de esa revista, se te rifan–.

Crack del Derecho, trabajó en el Tribunal Supremo y, más tarde, en un bufete king-size. Se trata de la actual señora Vance –2014– y la madre de sus tres hijos –tantos como huevos Kinder regaló el Vaticano a Vance–. Hindú practicante –en EEUU suele ser más importante practicar una religión que no la religión en sí; no practicar ninguna crea desconfianza, por cierto–, desde la conversión de su esposo –que ella misma parece haber alentado–, se ha tragado misas sin rechistar, según señala el propio Vance. El segundo encuentro determinante para Vance en Yale se produce con una persona más conocida. Se trata de Peter Thiel –Frankfurt, 1967–.
______________________
-POST-BABILONIA. Peter Thiel. Abogado por el rito Stanford, ejerció hasta fundar un fondo de inversiones tecnológicas. Y, con otros socios, como Elon Musk, la reconocida firma Pay-Pal. También ha fundado cacharros como Palantir –una empresa de big data e IA determinante globalmente; distribuye, crea en los gobiernos la ideología de los hechos–. Las empresas e inversiones de Thiel son determinantes en Silicon Valley. Es decir, en el mundo. Homosexual, está casado desde 2017 con Matt Danzeisen, otro millonetis. Tienen un nene y una nena. Próximo al catolicismo, se autodefine como cristiano, si bien no católico. En 2023 explicó en una entrevista que no era católico sólo por dos palabras: “Papa Francisco”. En 2011 asistió como conferenciante a una charla en la Facultad de Derecho de Yale.

Allí es donde se produjo el encuentro con el joven Vance, en proceso de posthillbillycización. No fue un encuentro anecdótico, sino que fue, según Vance, “el momento más significativo de mi tiempo en (…) Yale”. De hecho, desde aquel momento, Thiel se convirtió en mentor y patrocinador de Vance y, en breve, en su jefe –Vance trabajó como abogado para las empresas de Thiel hasta éxito editorial–. Además,Thiel le ofreció a Vance dos autores católicos, dos itinerarios de lectura, que resultaron determinantes en su conversión. A saber: René Girard –1914-2003– y San Agustín –354-430–. Debidamente, glups, reconfigurados.
____________________
-POR SUS OBRAS LE CONOCERÉIS. Girard está editado en castellano en Anagrama. Son importantes dos conceptos suyos, que Thiel y, con él, Vance, hacen propios. Uno es el de a) deseo mimético. A saber: los humanos no tienen deseos autónomos, sino que deseamos lo que otros desean. Este proceso de imitación es la fuente del éxito, pero también del conflicto. Para evitar esa violencia social potencial está el concepto b): el chivo expiatorio. Consiste en culpar a una persona o grupo de un mal, para así ser sacrificado –simbólicamente, dice Girard; Thiel y Vance son menos líricos, parece–, para restaurar la paz social. Thiel utiliza esos dos conceptos –a lo bruto, diría– en el ámbito empresarial. Me temo que Vance, en el ámbito político. Es, de hecho, autor del hit político, utilizado en la campaña de Trump por el propio Trump, consistente en afirmar que los-inmigrantes-se-comen-a-las-mascotas. Es decir, crea un chivo expiatorio –la inmigración– y, con ello, una actitud racista, sensible de ser mimetizada, imitada. Elabora, vamos, guerra cultural a partir del material del pobre Girard. Sobre San Agustín, los dos libros de cabecera son Las Confesiones y La Ciudad de Dios.
–LA BICHA. Las Confesiones es un libraco. El primer libro de memorias –íntimas, incluso– de la historia. Potente, fascinante, fue imitado por Rousseau, Franklin y Torres Villarroel, los reintroductores del género, en el siglo XVIII. Rousseau copia a San Agustín situaciones enteras, por cierto, simplemente por el placer de reescribirlas, parece. La Ciudad de Dios / De Civitate Dei es su obra más influyente. A Kant le encantaba ese libro, que no deja de ser un libro de filosofía de la Historia, pero también un tratado de política cristiana. Es decir, de la deseable y satisfactoria confesionalidad del Estado. Que es, me temo, el punto de interés al respecto de Thiel y Vance. Del iliberalismo de ambos. San Agustín, a través de los franciscanos, que llevaron a América a Francesc de Eiximenis gran lector e intérprete del San Agustín político, fue la primera idea de política pública que llegó a América. Ahora, socorro, puede ser la última. No se lo pierdan.

-EL TERCER HOMBRE. La tercera persona –esa aludida persona y media, en tanto no le conoció propiamente en Yale– aprehendida en Yale, fue un cura y exalumno de Yale. Se trata de Dominic Legge, sacerdote dominico, una orden tradicionalmente preocupada por la ortodoxia, al punto de que, hace siglos, sus ordenados solían ejercer en la Inquisición. Vance le conoció cuando vivía en Washington DF. Es la primera persona con quien plantea la conversión. Que culmina otro dominico, Henry Stephan, que le bautiza y es su guía espiritual, al menos en aquel momento.
________________________
-FIN DE LA PRIMERA CONVERSIÓN, INICIO DE LA SEGUNDA. Hay un largo artículo, casi un ensayo, de Vance –2021–, explicando su conversión. Se trata de una conversión poco pasional, más bien intelectual. Alude a Thiel, Girard y a San Agustín, a dos reparos superados –uno muy protestantes: el culto a la Virgen; otro más mundano: el temor a la pedofilia–, y a dos factores que le resultan muy atractivos en el catolicismo: su verticalismo, que interpreta como sabiduría –es decir, que no hay pitote interpretativo constante; es más, la tradición hasta el Vaticano II, continuada después, es que nadie lee la Biblia en el catolicismo–, y su continuidad histórica con los Padres de la Iglesia. Es decir, su glamour, su prestigio, su brilli-brilli respecto a otros cristianismos. También le tira que en el catolicismo, al contrario que en el calvinismo “no existe la gracia, es necesario trabajar en nosotros mismos”. Culmina su conversión en tres años. Muy rápidamente. En el periplo que describe no transmite, para ese periodo, ninguna gran vivencia intelectual explosiva. Pero los nacionalismos, y las religiones, no precisan grandes conocimientos ni experiencias. Tan solo la firme voluntad de dejarse fluir en esos ámbitos. Una voluntad que, en lo que se refiere a la política, para entonces estaba cambiando respecto de sus posicionamientos en 2016.
-TRUMP ES EL OPIO DE LA CLASE HILLBILLY. En ese año, cuando ya es un autor famoso, escribe para The Atlantic –una revista liberal fundada en 1857– sobre el trumpismo, que califica como “heroína cultural”. Aquel escritor conservador, si bien liberal, defendía en 2016 que Trump –a quien llama “el Hitler de América”– “no puede solucionar la creciente crisis social y cultural de EEUU”. No obstante, ese punto de vista cambia en 2020. La razón: Vance quiere presentarse a senador. Por Ohio y por el partido republicano. Es decir, precisa la autorización de Trump, a quien ha despreciado. ¿Cómo consigue ser amnistiado? Por dos vías. Una es Thiel, que le apoya –y, en breve, le pagará la campaña–. La otra es Donald Trump Jr., admirador del libro de Vance, que media con su padre. Vance pide disculpas en público, en 2021, por su pasado antitrumpista.
-LA VICEPRESIDENCIA ES DE QUIEN LA TRABAJA. Apoyado en campaña por el propio Trump en actos públicos, Vance es senador –2023-25–. En julio de 2024 es seleccionado por Trump para su tándem electoral, en enero de 2024. Hasta ese momento, y desde su conversión católico-trumpista, se ha postulado como vicepresidente a través de los hechos. Es decir, ha usado su talento y sus dotes para superar por la derecha al presidente, algo deseable históricamente en todo candidato a la Vicepresidencia, ya sea demócrata o republicano. Más concretame, ha elaborado Guerra Cultural de manera llamativa –exemplum: “Biden deja entrar fentanilo a EEUU para matar a votantes de Trump”–. Es el segundo católico en ocupar ese cargo, tras Biden. Y respecto de Biden –de Kennedy incluso– supone otro catolicismo. Muy exteriorizado y con un programa político, netamente religioso, destilado por el entorno intelectual y afectivo de Vance. ¿Quienes son?
-LOS AMIGOS DE JD. No todos los católicos republicanos de extrema derecha –por ejemplo, Steve Bannon– son del pack Biden, pero todo el entorno político e intelectual de Biden lo es. Como Rod Dreher –1967–. Periodista y escritor converso, estuvo presente en el bautismo de Vance. Actualmente vive en Hungría, donde emite desde Substack y donde trabaja en un momio de Orbán. Es autor de The Benedicta Option –2017–, donde expone el programa del iliberalismo católico: una suerte de carlismo, de comuniones económicas nacionales y religiosas. Con genio del lenguaje, emite conceptos como “totalitarismo blando en Occidente” –alejado del totalitarismo del Este, el más deseable–. Patrick Deneen –1964– es católico de nacimiento y politólogo –académico en Princeton, Georgetown y, ahora, en Notre Dame–. Su último libro es el influyente Regimen Change: toward a postliberal future –2023–, en el que propone la confesionalidad, el cambio de régimen y una nueva constitución, iliberal, en EEUU. Intelectualiza a Trump como un mero síntoma del derrumbe del liberalismo, una etapa necesaria. Tiene contacto fluido con Orbán –Vance supone, frente a Trump, ese hecho: la hungarización–. Adrian Vermeule –1968– es profesor en Harvard. Converso. Es un gran teórico de la desaparición de la separación de poderes –“quien salva a su país no infringe ley alguna”–, muy citado por Vance, así como el más influyente teórico –con o tras Deneen– de este pack. Ve el liberalismo como algo agotado, por lo que las leyes no deben sustentarse en una idea muerta de democracia y de derechos, sino en el bien común, que es como llama a la confesionalidad de Estado, que debería guiar a la ciudadanía a la virtud, incluso de manera obligatoria. Su último libro: Common Good Constitutionalism –2022–. Gladden Pappin –1982– politóloga y caballero de la Orden de Malta. Es el actual presidente del Instituto Húngaro de Asuntos Internacionales –otra vez Orbán–. Es cofundador –junto a Deneen y Vermeule– de Postliberal Order. Postliberalismo húngaro en EEUU.
-SI LE GUSTÓ TRUMP LE GUSTARÁ VANCE. Se trata de un intento de reconfiguración de la derecha post-trumpista. La nueva derecha de la nueva derecha. La radicalización del ya radical trumpismo. Su búsqueda del Este europeo, algo que puede ser importante en Europa Occidental. En palabras de Vance, lo suyo es “un proyecto (…), un cambio de régimen”. Lo que precisa décadas, no ciclos electorales para acceder a una mezcla de aislacionismo, reindustrialización, antiinmigración, antiaborto, totalitarismo, Guerra Cultural, una revolución en la educación, una cruzada por la familia tradicional. Y el finiquito de la democracia. Vance, al menos, propone que los padres voten por sus hijos menores de edad, tantas veces como hijos tengan. En su caso, tantos hijos como huevos Kinder recibió en el Vaticano. La pega: si bien el 57% de los católicos votó por Trump, para este otro proyecto, y como suele suceder en los totalitarismos iliberales, sería necesario eliminar, de alguna forma, una parte de la sociedad no dispuesta a la aventura teocrática, en este caso.
______________________
Nota A.L.
Las imágenes incluidas en la entrada, salvo la inicial, no estaban en el texto original

















