Los pactos autonómicos y la ley de derechos del “no nacido” delimitan la nueva estrategia derechista. Frente a las críticas feministas a la equiparación del feto con un miembro de la familia, los grupos “provida” aplauden y ya piden más
Los líderes del PP y VOX, Alberto Núñez Feijóo, y Santiago Abascal, respectivamente, saludan al papa León XIV | EFE/Ballesteros-Fuente __________________
Enero de 2023. El vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, de Vox, anuncia que el Gobierno autonómico obligará a los sanitarios a ofrecer a las mujeres que pretendan abortar que escuchen el latido fetal para que se lo piensen. ¿En qué queda tan mediático anuncio? En un problema para el PP y para Vox. Primero, el presidente, Alfonso Fernández Mañueco (PP), desautoriza a Gallardo. La medida nunca llega a aplicarse. Por el camino, afloran tensiones en el seno del PP y de Vox y entre ambos partidos. Finalmente, el movimiento autodenominado “provida” se declara decepcionado, lo cual no evita que la izquierda disponga de material para acusar a las derechas de querer restringir el aborto.
El episodio queda lejos. Y no solo en el tiempo. También en las actitudes del PP y Vox, que han reducido sus choques por el aborto, un tema sobre el que la formación de Santiago Abascal parte de una postura más dura que la de Alberto Núñez Feijóo. A pesar de este diferente punto de partida, ambas formaciones han encontrado una forma común de aproximarse a un asunto incómodo, en el que se enfrentan al desafío de cortejar al votante más conservador minimizando costes en los sectores más liberales del electorado derechista, sobre todo entre las mujeres.
Pese al acuerdo entre el Estado y la Santa Sede hace 47 años que preveía su autonomía económica, la institución católica continúa dependiendo del Estado
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, en abril en la Asamblea Plenaria de la institución en Madrid | Sergio Pérez (EFE _____________
En contraste con un sinfín de datos que ilustran la pérdida de peso de la Iglesia católica, hay una estadística que año tras año da a los obispos españoles un motivo para la alegría. ¿Cuál? La que muestra el dinero que sale del Estado rumbo a las diócesis. En 2025, la institución católica tenía previsto ingresar casi 430 millones de euros de lo recaudado por Hacienda del IRPF en la campaña del año anterior, su cuarto récord seguido, según las memorias de la Conferencia Episcopal Española (CEE). Es uno de los números que evidencian que León XIV se ha encontrado durante su visita una Iglesia que está lejos de cumplir el propósito de autofinanciación recogido en el acuerdo económico entre España y el Vaticano de 1979.
Esté en Roma Juan Pablo II o Benedicto XVI, esté Francisco o León XVI, la dependencia del Estado se mantiene como una constante inmutable de la Iglesia española. Su autonomía no solo es una idea que “duerme el sueño de los justos”, sino que “nada apunta a que sea un objetivo que de verdad se vaya a perseguir”, afirma Alejandro Torres, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pública de Navarra y experto en derecho eclesiástico y relaciones Iglesia-Estado. “Ni la Iglesia avanza, ni el Gobierno se lo exige”, remata José Antonio Naz, presidente de la asociacion Europa Laica.
El balance de la relación con la Iglesia de los Ejecutivos de Sánchez muestra avances en neutralidad religiosa y cesiones del episcopado, pero también compromisos abandonados
León XIV saluda al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y al resto de autoridades en el aeropuerto de Barajas, este sábado |Álvaro García __________________
El martes hizo ocho años de una escena hasta entonces inédita. El 2 de junio de 2018, un presidente del Gobierno tomaba posesión del cargo sobre una mesa en la que por primera vez no había ni un solo símbolo religioso. Ni crucifijo, ni Biblia. Los obispos tenían motivos para la inquietud. Y no solo por aquel gesto de modernidad aconfesional. Nadie había llegado a La Moncloa con un catálogo tan grueso de objetivos laicistas. En los dos años anteriores, Pedro Sánchez se había comprometido a trabajar para hacer a la Iglesia pagar el IBI y autofinanciarse, sacar la Religión del horario escolar, suprimir la referencia a la institución católica de la Constitución y denunciar los acuerdos con el Vaticano.
Es decir, a atacar la posición de fuerza de la Iglesia en la sociedad española.
El trumpismo agita el espantajo del demonio para estigmatizar a sus oponentes. En España, Vox juega a vincular a Sánchez con el diablo. Los discursos apocalípticos ganan fuerza en el debate público
Una mujer, en una manifestación a favor de Donald Trump en Washington en 2020 |Caroline Brehman ( CQ-Roll Call, Inc / Getty Images) _______________
Mi oponente no solo está equivocado, ni es solo un enemigo. Ni siquiera es únicamente malo. Es algo más, algo peor. ¿Un traidor? Peor. Es un siervo del Anticristo, que lo guía desde las tinieblas. Lo anterior no es palabrería esotérica. Ni fanatismo religioso. Es la síntesis de una narración política en auge dentro del sector más exaltado del republicanismo trumpista que domina Estados Unidos y extiende su influencia por todo el mundo. También por España, donde el líder de Vox, Santiago Abascal, afirma que tendrá que hacer un “exorcismo” en La Moncloa.
Son ecos locales —aún lejanos— de una retórica del cristianismo ultraconservador norteamericano que vislumbra la presencia de Satanás en cada adversario. Y no de un Satán simbólico, sino de un Satán de carne roja y ardiente. “En EE UU, para millones de cristianos, el diablo no es una abstracción. Es un ser con rabo y cuernos, una amenaza real. Su uso para infundir miedo por parte del trumpismo, mezclado con teorías de la conspiración y alimentado por la polarización, está en auge”, señala Javier Cavanilles, autor de Satanismo. Historia del culto al mal (Almuzara, 2024).
El catolicismo “identitario” de Abascal dispara el protagonismo de la religión en la pugna derechista. Feijóo lidera las encuestas en un electorado que destaca por su alejamiento de la izquierda
Isabel Díaz Ayuso, el pasado jueves en Málaga.Daniel Pérez García-Santos / Diputación de Málaga (EFE) _________________
Cuatro movimientos políticos conectados con la religión. Uno: el PP y Vox comparten una iniciativa en defensa de los cristianos perseguidos en países como Nigeria. Dos: Isabel Díaz Ayuso proclama su fe, que antes decía no tener. Tres: Vox “es un partido anticatólico”, declara el diputado del PP Miguel Ángel Quintanilla. Cuatro: Pepa Millán, portavoz de Vox, lanza una proclama antiabortista en el Día de la Encarnación, que es el día —dice— “de la vida”.
Todo lo anterior ocurre en marzo. Y todo ilustra el recrudecimiento de la pugna entre los partidos de Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal por el voto católico, que se ha prolongado durante la Semana Santa con ambas formaciones compitiendo por mostrarse como las más defensoras de una celebración de la que subrayan no solo su dimensión cultural y tradicional, sino también religiosa. Pero, ¿por qué tanto interés en este electorado? ¿Es que el avance de la secularización no ha mermado la importancia política de la religión? Las cosas no son tan simples.
Vox y grupos en su órbita, recogiendo un discurso de larga tradición en EE UU, alientan sin base la idea de que el sistema educativo deprava a los menores
El diputado de Vox Javier Jové, en un pleno de la Junta General del Principado | Pablo Lorenzana ________________
“¡Basta de hipersexualizar y pervertir a nuestros hijos!”, proclama la Asociación de Abogados Cristianos, que comparte en X una doble página de un libro infantil en catalán que trata de explicar el coito. Es, para la organización especializada en denuncias por ofensa a los sentimientos religiosos, un “kamasutra para niños”.
“Van a hablar de homosexualidad y transexualidad a niños de cero a tres años. Van a hablar de sexo a bebés”, se escandaliza Carla Toscano, concejal de Vox en Madrid, tras enterarse de que en una escuela infantil se practica una educación que sensibiliza sobre “diversidad” tanto “corporal” como “familiar”. “Les meten la aberración de la ideología queer. Es repugnante. No es solo adoctrinamiento, es corrupción de menores”, protesta Toscano en el Ayuntamiento.
En Asturias, su compañero de partido Javier Jové[1] defiende una iniciativa contra la “hipersexualización” de un sistema en el que chavales de secundaria hablan de “masturbación”. “El ser humano lleva 200.000 años sobre la Tierra y nunca necesitó ir al colegio para aprender dónde tenía que tocarse para sentir gustirrinín”, publica el diputado regional.
Una encuesta oficial muestra que solo un 47% de los que profesan la religión están de acuerdo con este sistema, clave para la financiación de la institución
Un sacerdote da misa en 2020, durante la pandemia de covid, ante las fotografías que le mandaron sus feligreses, que no podían asistir | Biel Aliño (EFE) ____________________
Pocas cosas hay más difíciles de medir que la religiosidad, la fe, las creencias, la espiritualidad y todo lo que las rodea. Pero ese es el empeño de la Fundación Pluralismo y Convivencia, dependiente del Ministerio de Presidencia, con su Barómetro sobre Religión y Creencias en España, elaborado a partir de 4.742 entrevistas online realizadas en marzo y publicado ahora. Como adelantó EL PAÍS el sábado, el estudio muestra una sociedad profundamente secularizada, sobre todo entre los jóvenes. Menos de la mitad de la población se considera católica, mientras avanzan nuevas formas de espiritualidad. Pero el barómetro permite algo más que una primera toma de la —baja— temperatura religiosa en España. A lo largo de sus 152 páginas, que constituyen la primera entrega de una serie que Pluralismo y Convivencia quiere ampliar cada dos años, las respuestas dibujan una actitud hacia lo religioso llena de claroscuros.
Los jóvenes son los más descarriados: solo un 29% se declara católico, según los datos de una encuesta oficial todavía inédita que evidencian que no es real el supuesto retorno de la fe
Si en la Conferencia Episcopal ha cundido el optimismo por el aluvión de especulaciones sobre el rebrote católico que estaría evidenciando el interés de la cultura popular por la religión, bien harían los obispos en contener su entusiasmo. Más allá de los hábitos de monja de Rosalía y de los nuevos influencers que predican la castidad, la imagen que devuelve el espejo a España es la de un país que sigue alejándose de Dios.
El catolicismo no solo mengua su dimensión, sino que la que todavía conserva se entremezcla con un espiritualismo rampante, el horror para cualquier guardián del dogma. “Siempre hemos pensado que la secularización disminuiría los católicos y aumentaría los ateos, pero es más complejo. Está todo lleno de grises”, afirma Mar Griera, catedrática de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, en una llamada a la cautela en el análisis que no altera la premisa: “No podemos hablar de un rebrote católico. La tendencia a la secularización sigue”.
Vox y otras fuerzas extremistas refuerzan su ofensiva contra “el ‘lobby’ gay” y la “ideología de género” con una obsesiva alerta de pedofilia
Un manifestantes portando la Biblia protesta en contra de la marcha del Orgullo de Budapest, el sábado 28 de junio / ZUMA vía Europa Press ___________________
¡Los niños están en peligro! ¡Les roban su inocencia! El grito se repite en la extrema derecha española. Es el grito de Vox, cuya portavoz adjunta en el Ayuntamiento de Madrid, Carla Toscano, proclamaba la semana pasada: “El adoctrinamiento LGBTI de los niños es corrupción de menores y lleva a la pederastia”. También es la alarma que pulsa la presidenta de Abogados Cristianos, Polonia Castellanos, que aseguraba en una reciente entrevista en OKdiario que en Castellón han enseñado a críos de 11 años a “cocinar con semen”. “Absolutas barbaridades”, se escandalizaba.
Este discurso no es nuevo, pero este año viene con fuerza porque la Hungría de Viktor Orbán, inspiración de Santiago Abascal, prohibió la marcha del Orgullo invocando la protección de los menores, una medida que agitó el debate en España y lo llevó al Congreso. Allí Vox respaldó el mes pasado el veto a la manifestación. Orbán, solemnizó la diputada Rocío de Meer, cumple con su “deber” de “proteger a los niños”.
El ascenso en el círculo del presidente de la telepredicadora Paula White encumbra una corriente religiosa que vincula la fe con el éxito económico
La pastora Paula White es desde febrero directora de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca. La foto es durante un acto, Evangélicos por Trump, en Raleigh, Carolina del Norte, en octubre de 2020 / Bob Karp (ZUMA Wire / Alamy / Cordon Press) ____________________
La escena fue estrafalaria incluso para los estándares del excéntrico universo trumpista. Acababan de celebrarse las presidenciales de 2020. El recuento ya apuntaba al triunfo de Joe Biden y Donald Trump empezaba a denunciar fraude. En Florida, un grupo de fieles republicanos se reunieron para rezar por su líder. Por el ambiente, más parecía que lo hacían por su mesías. Tomó la palabra una mujer de cabello rubio y gafas caídas casi hasta la punta de la nariz. Mejillas arreboladas, al borde del trance, se enzarzó en unas letanías sobre “el Señor”, “los rincones del cielo” y la “confederación demoniaca” que quería robar las elecciones. Luego empezó a hablar en un idioma ignoto, como si la divinidad la hubiese dotado de don de lenguas. Parecía poseída. Lanzó una advertencia: una legión de “ángeles” viene de camino para ofrecer refuerzo celestial a Trump.
El vídeo se viralizó, claro. Y a los pocos días se olvidó. Así es el trumpismo: un histrión pronto es eclipsado por el siguiente. ¿Quién podía pensar que aquella exaltada merecía mayor atención? Pero la merecía.