La Iglesia mantiene intacto el estigma sobre el “pecado” homosexual pese a los gestos de aparente aperturismo del papa

noviembre 1, 2020

Gays y lesbianas están “llamados a la castidad” y los actos homosexuales “no pueden recibir aprobación en ningún caso”, establece el catecismo

El papa Francisco se coloca una mascarilla durante un acto de oración enmarcado dentro de un encuentro organizado por la Comunidad Sant'Egidio bajo el lema 'Nadie se salva por sí solo'.

El papa Francisco se coloca una mascarilla durante un acto de oración enmarcado dentro de un encuentro organizado por la Comunidad Sant’Egidio bajo el lema ‘Nadie se salva por sí solo’ / EFE

Ángel Munárriz, InfoLibre, 1 de noviembre de 2020

Había aparecido en la portada de la revista Zero vestido de sacerdote y dando un titular por el que mataría casi cualquier periodista, sobre todo en boca de un señor con alzacuellos: “Gracias a Dios, soy gay”. Su gesto, tan exquisitamente mediático, remedo de aquel “gracias a Dios, soy ateo” que se atribuye a Luis Buñuel, había envuelto la figura del sacerdote José Mantero en un irresistible aire de escándalo. Expulsado del púlpito en 2002, aquel cura que decidió salir del armario pudo haber sido un icono pop. Era un caramelo para las televisiones. Pero no entró por ese aro. Hubo quien no lo entendió. ¿Qué buscaba con un gesto así, si no era ruido? Buscaba que una idea se abriera paso, tan sencillo como eso. Una idea obvia para aquel católico: los homosexuales también lo son por la gracia de Dios y no merecen la postergación de su Iglesia. Una idea que aún no se ha abierto paso en la institución católica, cuyo primer jerarca, el papa Francisco, acaba de realizar un comentario de aspecto rupturista al mismo tiempo que mantiene indiscutidos los textos oficiales que estigmatizan al homosexual.

Este periodista visitó a Mantero en su casa en 2008 para un reportaje en Público. Sorprendía la hondura reflexiva e intelectual del hombre, el contenido crucial que daba a su salida del armario, equívocamente interpretado como postureo. Bajo una repisa donde convivían el Antiguo Testamento y el Tratado de ateología, de Michel Onfray, el Nuevo Testamento y El Inquisidor, de Patricio Sturlese, Montero acreditaba en la conversación profundo conocimiento del catecismo y la historia de la Iglesia, así como originalidad y empatía en sus planteamientos, laxos incluso con quienes lo habían marginado.

“La homofobia de la Iglesia es el exorcismo de un diablo interior”, dejaba caer Mantero.

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