La pastora evangélica Yadira Maestre junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante un acto del PP. / Facebook IGLESIA ‘CRISTO VIENE’ __________________
Ana Pardo de Vera, Público, 8 de noviembre de 2024
El aumento del voto latino a Donald Trump -el candidato que no quiere más latinos que crucen su frontera y anda dando vueltas al muro y más medidas xenófobas al sur de EE.UU.-, ha sido una de las claves de la rotunda victoria del líder de MAGA –dicen los que saben que lo del Partido Republicano ya no existe… – y del fracaso de los demócratas de Kamala Harris. ¿Cómo es posible que quienes vinieron a cumplir el sueño americano y, en buena parte, las pasaron canutas para llegar, en las peores condiciones, sin papeles… voten a un xenófobo declarado? ¿Y las mujeres latinas, con su doble discriminación por parte de un misógino explícito?
Se están desgranando multitud de análisis sobre la victoria de Trump y, particularmente, el aumento del voto latino a su candidatura, que alcanzó un histórico 45%, y como no puede ser de otra forma, se señala la cesta de la compra: los altísimos precios alcanzados durante el Gobierno de Joe Biden penalizan particularmente a la cada vez más numerosa comunidad latina, de rentas bajas o muy bajas. Sin duda, la economía es un factor decisivo, pero hablemos de dios también y el voto de la iglesia evangélica, ultraconservadora, antiprogresista y profamilia tradicional. La frase más contundente de Trump celebrando su victoria, de hecho, mencionaba a dios y una especie de reencarnación de éste en el presidente electo: «Dios me salvó la vida para que yo salve mi país». No se hable más.
Decía Schopenhauer que «las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar». Aun lejos del pesimismo del filósofo alemán, profundamente ateo y particularmente contrario al dios cristiano, creo que hay que estar de acuerdo con su visión de la religión en estos días de resistencia airada de la Conferencia Episcopal Española (CEE) a los planes acordados con el Gobierno para las víctimas de pederastia en templos, seminarios y otras instancias católicas.
Los obispos españoles han decidido, tras una Asamblea Plenaria Extraordinaria que celebraron este martes consigo mismos (las víctimas no acudieron), hacer una cuestión de fe de la reparación de las víctimas de abusos sexuales y violaciones cuando eran niños/as. Es decir, que las 400 congregaciones religiosas que han de indemnizar a 440.000 víctimas de pederastia, tal y como se acordó con el Gobierno, no están mandadas por ley a hacerlo: se trata de «una obligación moral», argumentan los obispos, como si el No violarás no lo fuera y no hubiéramos llegado hasta aquí después de décadas -seguramente, siglos- de sufrimiento en recintos sagrados; en el nombre de dios.
«Seguir dando a la jerarquía eclesiástica el tratamiento de institución en España, con sus leyes propias, sus ídem protocolos y su fe ciega, es, como mínimo, cómplice. Y no de crímenes menores, sino de crímenes con menores, los más aberrantes»
Francisco con los obispos españoles en el Vaticano/ EFE ____________________
Ana Pardo de Vera, Público, 29 de noviembre de 2023
«La pedofilia no tiene nada que ver con la homosexualidad, sino con la represión de la homosexualidad». Krzysztof Olaf Charamsa, teólogo y sacerdote, alto cargo para la Doctrina de la Fe, profesor en las universidades pontificias Gregoriana y Regina Apostolorum, en Roma, fue expulsado inmediatamente del Vaticano tras hacer pública su homosexualidad y la de una buena parte de los integrantes de la Santa Sede, sin dar sus nombres pero para denunciar su hipocresía.
Llevo 25 años en este oficio, siguiendo la actualidad política, sus lentos avances y sus rápidos intentos de retroceso (algunos conseguidos), pero todavía sigue habiendo días que la actualidad desborda mi capacidad de asombro; y no porque no esté hecha a las contradicciones de un país que maravilla y espanta a la vez, según los lugares, según las políticas, según los votos, según las costumbres, según las ideas… sino porque hay momentos en que coinciden dos hechos en pocas horas, de golpe y porrazo, y te preguntas cuál de sus bases tractoras son mayoritarias. Todo ello, claro, encuadrándolo en el ámbito casi histérico de medios de comunicación desbordados y política -en toda la amplitud de la palabra- en un año profundamente electoral, con una crisis pospandémica y de guerra en suelo europeo.
Este jueves, un juzgado de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) abrió diligencias tras admitir a trámite la denuncia de Abogados Cristianos por la caricatura que TV3 hizo en Semana Santa de la Virgen del Rocío y que esta asociación ultracatólica considera delito de escarnio contra los sentimientos religiosos. Analicen bien el término «escarnio», porque aunque suene rancio (y peligroso), está recogido en el art. 525 de nuestro Código Penal.
Lo he dicho aquí varias veces: no creo en las casualidades en política; mucho menos, en tiempo electoral. El Gobierno anunció este miércoles que los responsables de la Iglesia católica en España comenzarían a pagar al Estado dos impuestos de los que, hasta ahora, estaba exenta por obra y gracia de los acuerdos económicos con la Santa Sede, firmados en enero de 1979. Se trata de los impuestos de Contribuciones Especiales y el Impuesto sobre Construcciones, Instalaciones y Obras (ICIO). El Ministerio de la Presidencia, dirigido por Félix Bolaños, responsable de la negociación con la Conferencia Episcopal, ha estimado en unos 16 millones de euros anuales los que recibirá el erario de estos dos tributos.
La valoración de este paso dado por el Gobierno-PSOE es relativa: por un lado, resulta positiva si se tiene en cuenta que inicia la ruptura de la tradicional resistencia de los socialistas a acabar con los privilegios de la Iglesia católica en España y avanzar hacia un Estado laico e, incluso, realmente «aconfesional», que es lo que recoge la manoseada Constitución de 1978 y que no se ha cumplido jamás en este sentido (ni en otros varios).
Por otro lado, causa sonrojo sacar pecho desde todo un Ejecutivo socialdemócrata por haber logrado recuperar para la caja pública dos impuestos menores y se siga permitiendo a la Iglesia escaquearse de pagar el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) sobre sus 34.961 ídem, de los que admitió, a mayores, que cerca de un millar no le correspondían y que los había podido matricular por obra y gracia de una ley del PP de José María Aznar.
Hay gente que se ofende si, cuando tratas de explicar por qué existe la violencia contra las mujeres solo por el hecho de ser mujeres (violencia machista), apelas a la importancia decisiva de la educación desde infantil de 0 a 3 años. «Ya están las feministas con el mantra de la educación, como si hombres educados en igualdad no fueran machistas o asesinaran a mujeres». Lo que nunca se preguntan estas lúcidas mentes es por qué las mujeres no asesinan en masa a hombres por el solo hecho de ser hombres; tampoco se responden que tal vez sea porque nadie nos ha educado como ciudadanas de primera frente a ciudadanos de segunda, con roles muy estrictos y sumisos a un primer nivel de ser humano frente a otro segundo.
El año ha acabado muy mal, con un mes de diciembre trágico en violencia machista del peor final: los crímenes consumados; y eso, sin tener en cuenta una contabilidad inexistente de todas las demás violencias machistas (abusos sexuales, violaciones, acoso, intimidación…), unas denunciadas y otras no. Se han escrito textos y más textos estos días sobre las razones de la violencia machista y su crueldad insoportable, el Gobierno ha mostrado una preocupación sincera, pero también de riesgo, por cuanto apunta a medidas que podrían poner en jaque derechos fundamentales, como el derecho a la reinserción en que se basa nuestro sistema penitenciario. Cierto es que los hechos no acompañan y la inmensa mayoría de maltratadores de mujeres reinciden una y otra vez.
Este jueves fueron noticia las declaraciones de un cura de San Pedro, en la provincia de Albacete, que vino a decir lo que todos y todas sabemos que piensan ellos, según la doctrina católica, pero que sorprendió mucho a los fieles congregados en la misa donde el párroco Óscar Díaz cargó contra los homosexuales. Nada nuevo en la Casa del Señor: «Estamos siendo adoctrinados. Hay muchas cosas que sabemos que, desde la ética cristiana, no pueden ser aceptadas. Y nosotros poco a poco las vamos asumiendo como algo normal, como algo querido por Dios. Por ejemplo, la situación de parejas del mismo seso [sic] Hoy por hoy, se ha vuelto común, pero una cosa es que sea común, otra que sea normal y otra cosa es que sea querido por Dios«.
¿Alguna novedad en las declaraciones del cura Díaz? ¿Acaso el Papa Francisco ha anunciado ya que hombres y hombres, mujeres y mujeres, pueden recibir el sacramento católico del matrimonio? ¿Entonces, a qué tanta escandalera? Si no quieres escuchar lo que un cura católico piensa del matrimonio entre personas del mismo sexo, no vayas a misa. Es terrible, efectivamente, escuchar que hay seres humanos de primera y seres humanos de segunda en función de su sexo; incluso, de tercera o cuarta si nos atenemos al papel de las religiosas en la jerarquía católica, pero también en la concepción machista de sociedad ideal que tiene el Vaticano y lo que de él emana.
Manifestantes durante la concentración convocada por diferentes asociaciones LGTBI+ para denunciar la pasividad de las instituciones madrileñas ante la ola de agresiones que sufren, este sábado en la Puerta del Sol de Madrid / EFE – Víctor Lerena
Cuando los nazis, los fascistas, los franquistas o la Inquisición la tomaban, por ejemplo, contra los judíos, los comunistas o socialistas, los homosexuales o las ‘brujas’2356 (mujeres fuera de la norma católica), respectivamente, no era porque esa realidad fuera anormal o excepcionalmente maligna, sino porque su totalitarismo e intolerancia les hacía temer una realidad diversa que ellos no pudieran controlar. El miedo a lo desconocido, y por ello incontrolable, muchas veces es la antesala del odio.
La semana pasada conocíamos con lógica sorpresa (al menos algunas) que el juzgado de lo contencioso número 1 de Castellón retiraba de los institutos «32 libros sobre temática LGTBQIA+, géneros y orientaciones disidentes, relaciones sexo y/o afectivas fuera de la norma atendiendo a la solicitud de Fundación de Abogados Cristianos«.
La negación violenta de la diversidad que atraviesa al mundo es un síntoma de la enfermedad de la intolerancia, agravada en este siglo por el surgimiento de grupos y políticos de ultraderecha amparados y financiados (siempre) por movimientos ultrarreligiosos, que aspiran al poder absoluto. Vean la serie El Reino (Netflix) y me cuentan.
No sé si nuestros gobernantes y políticos son tan ingenuos como parecen a veces o simplemente, se lo hacen. Tampoco sé qué es peor de las dos cosas, porque si hablamos de ingenuidad, entramos en la incapacidad de ser conscientes de las cuestiones de fondo de los problemas que atañen al país, y si nos referimos a hacer la vista gorda, el cinismo rayano con la crueldad resulta insoportable hasta para quienes estamos curados de espanto.
Todos estos derechos básicos se recogen en leyes meridianamente claras, aprobadas por mayoría de la voluntad popular representada en las Cortes e, incluso, en muchos casos, plasmados en la Constitución Española de 1978, manoseada para las cosas de hiperventilados (banderas, unidad territorial, himnos y monarcas) e ignorada para estas otras del vivir que cito.
La «cultura de la muerte» es, según la presidenta de la Comunidad de Madrid, la herramienta favorita de la izquierda española. En su discurso de investidura de la semana pasada, Isabel Díaz Ayuso, con la brutalidad habitual de muchas de sus declaraciones-a veces tengo la impresión de que no es realmente consciente de lo que dice, pero sé que lo es, y mucho más ahora que se trata de asegurarse a la ultraderecha como aliada-, achacó a la izquierda auténticas barbaridades, más propias de los antepasados de Vox que de cualquier democracia: «¿Que molesta? Eutanasia. ¿Que me molesta el bebé? Aborto«.
Los datos de la Comunidad de Madrid, y a tenor de la contundente mayoría de Ayuso en la elecciones del 4 de mayo, desmienten categóricamente esta afirmación: la Comunidad de Madrid es la tercera región, solo por detrás de Catalunya e Illes Balears, en mayor número de abortos, así que teniendo en cuenta estas proporciones, en Madrid hay muchas mujeres que han votado a Ayuso y que han abortado haciendo uso de un derecho de todas las mujeres perfectamente asumido por la sociedad española y que pertenece al ámbito de decisión sobre nuestro cuerpo, solo nuestro. Es seguro, además, que haya padres, hermanos, familia o amigos de mujeres que han abortado y que han votado a Ayuso. Sí, el comentario de la presidenta es tan desmedido como hipócrita e injusto.
Hasta el Gobierno de Mariano Rajoy desistió de endurecer la ley socialista, abrumado por las presiones de los lobbies ultracatólicos y la propia Conferencia Episcopal. La presión social metió en el cajón la conservadora pretensión del ministro de Justicia y le costó el puesto a éste, Alberto Ruiz-Gallardón, que pasó de ser el falso progre del PP a mostrar su cara más reaccionaria y machista («La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres«, dijo el progre en el Congreso sin que sus diputadas se sonrojaran siquiera un poco).