Levanten las sotanas de una vez

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El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Juan José Omella (i), en una imagen de archivo / Eduardo Parra – Eurooa Press
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Ana Pardo de Vera, Público, 2 de enero de 2023

Hay gente que se ofende si, cuando tratas de explicar por qué existe la violencia contra las mujeres solo por el hecho de ser mujeres (violencia machista), apelas a la importancia decisiva de la educación desde infantil de 0 a 3 años. «Ya están las feministas con el mantra de la educación, como si hombres educados en igualdad no fueran machistas o asesinaran a mujeres». Lo que nunca se preguntan estas lúcidas mentes es por qué las mujeres no asesinan en masa a hombres por el solo hecho de ser hombres; tampoco se responden que tal vez sea porque nadie nos ha educado como ciudadanas de primera frente a ciudadanos de segunda, con roles muy estrictos y sumisos a un primer nivel de ser humano frente a otro segundo.

El año ha acabado muy mal, con un mes de diciembre trágico en violencia machista del peor final: los crímenes consumados; y eso, sin tener en cuenta una contabilidad inexistente de todas las demás violencias machistas (abusos sexuales, violaciones, acoso, intimidación…), unas denunciadas y otras no. Se han escrito textos y más textos estos días sobre las razones de la violencia machista y su crueldad insoportable, el Gobierno ha mostrado una preocupación sincera, pero también de riesgo, por cuanto apunta a medidas que podrían poner en jaque derechos fundamentales, como el derecho a la reinserción en que se basa nuestro sistema penitenciario. Cierto es que los hechos no acompañan y la inmensa mayoría de maltratadores de mujeres reinciden una y otra vez.

Los machistas llevan en su cabeza que el mundo es como se lo enseñaron en casa, en el colegio, en los bares, plazas del pueblo, en los institutos o universidades; que el mundo está formado por hombres y mujeres y éstas tienen un papel diferente basado en el sometimiento desde el momento en que son madres, hermanas, primas… o esposas, amantes, compañeras de trabajo. Es decir, desde el momento en que forman parte de la vida de un hombre -aunque sea por un encuentro casual en la calle-, las mujeres son posesión de él, que ejerce su rol de poseedor con violencias machistas de muchísimos tipos e infinitos grados. En una sociedad tan patriarcal todavía como la española, ¡ay de la mujer libre!

De todas las soluciones que se intentan poner sobre la mesa desde las instituciones, ninguna que yo haya escuchado ha abordado con contundencia uno de los pilares más férreos del machismo en España: el de la religión, sobre todo, el de la mayoritaria religión católica, que tanto y tan dramáticamente hemos mamado en este país. Niños y niñas que serán los hombres y las mujeres que conformen nuestro tejido social adulto están siendo educadas y educados (sí, e-du-ca-dos) ahora mismo por machistas muy bien construidos gracias, a su vez, a su educación en una fe que empieza por situar a los religiosos en sus puestos de poder y a las religiosas en los del cuidado y la sumisión a los hombres.

La educación pública está plagada de catolicismo gracias a ese invento que es la escuela concertada (gestión privada con fondos públicos), que cada vez se parece más a la privada por lo que cobra a padres y madres a la vez que lo hace de las administraciones, dicen que de forma insuficiente. El debate sobre la educación concertada, no obstante, es otro y muy amplio. La cuestión sobre por qué narices tenemos que financiar colegios religiosos con nuestros impuestos para que eduquen a niños y niñas en el machismo violento (valga la redundancia) más recalcitrante es, sin embargo, muy clara y obedece a la cobardía de un Estado que sigue sometido al yugo católico más rancio y heredado del franquismo.

Irene Montero, esos católicos y católicas que abundan en las instituciones la quisieron llevar a la cárcel por corrupción de menores y pederastia. La ministra de Igualdad pidió en el Congreso algo tan básico y de sentido común como la educación sexual para los menores en las escuelas, de forma que puedan disponer de su libertad sexual con el mayor número de herramientas de la mejor calidad posibles. Aparte del cinismo («sepulcros blanqueados») de denunciar a Montero y no hacerlo con los cientos -quién sabe si miles- de religiosos violadores de niños en España, estos indignados/as de pacotilla y mala fe, se han ido a su casa con una patada en el culo del Tribunal Supremo por hacerle perder el tiempo con sus conspiraciones de capilla. Y hay que celebrarlo, pero sin perder la perspectiva: eso mismo que denunció la ultraderecha contra Montero es lo que predican los colegios católicos que subvencionamos todos/as a través de la concertada y que educan en el machismo más recalcitrante a una inmensa mayoría de quienes después serán maltratadores y criminales por derecho y fe, aunque también a quienes serán víctimas sin saberlo o sabiéndolo demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde asumir que eres una mujer maltratada, aunque escapes de la muerte.

La educación es, en definitiva, el camino, sí, y el Gobierno puede empezar por anular todas las subvenciones públicas o presupuestos ídem destinados a entidades religiosas. A todas, incluidos colegios e institutos. La religión es una cuestión privada, pero recuerden, además, que por encima de las creencias religiosas de padres y/o madres, están los derechos humanos, también los de niños y niñas que deben ser protegidos del machismo que tantos y tantas todavía tratan de inculcarles. Basta de rasgados de vestiduras y empiecen la casa por los cimientos, o creeremos que las muertes y maltratos les importan nada.

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