Las celebraciones no solo estaban destinadas a producir una interpretación alterada del pasado sino a establecer para el futuro una memoria colectiva única sobre la propia historia de la comunidad nacional

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Lucio Martínez Pereda, Nueva Revolución, 8 de septiembre de 2024
Desde el comienzo del Alzamiento el discurso religioso funcionó como recurso propagandístico para movilizar a la población y sumarla al empeño colectivo de la victoria. En la retaguardia las pautas de conducta frente al hecho bélico fueron establecidas mediante un conjunto de ceremonias político-religiosas de adhesión a la causa franquista. Los actos de desagravio y reposición de crucifijos , las celebraciones de Vírgenes y Cristos, los funerales de mártires y héroes, las reposiciones de Sagrados Corazones, y las “manifestaciones patrióticas” por las tomas de ciudades extendieron un patriotismo religioso de marcados componentes belicistas.
Estos actos sirvieron para construir un modelo de propagada en el ámbito del espacio público, modelo que, inicialmente ensayado en las localidades de la retaguardia, a medida que se fue desarrollando la guerra fue implantando en toda la España Nacional. El conflicto bélico le permitió a Franco comprobar la capacidad movilizadora de los actos político-religiosos. El gobierno franquista, fortalecido por la eficacia de la dictadura militar, pudo poner en práctica una eficaz política propagandística de masas en la retaguardia. Esa política obedeció a los principios doctrinales del nacionalcatolicismo pero también fue fruto del empirismo desideologizado de un gobierno militar que supo ver el potencial movilizador y creador de consenso social de este conjunto ceremonial.
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