Las administraciones públicas tienen la obligación de atender a todas las víctimas, acompañar a sus familias y garantizarles asistencia psicológica y social. Sin embargo, cuando llega el momento de los homenajes, la Iglesia católica vuelve a ocupar un protagonismo ceremonial que nadie le ha encomendado. España es un Estado aconfesional, aunque algunas viejas costumbres del nacionalcatolicismo sigan disfrutando de una salud envidiable.

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Pedro María Fernández Sandino, Euskadi Laikoa, 6 de noviembre de 2026
Cuando un tren descarrila y deja tras de sí muertos, heridos y familias destrozadas, las primeras personas que aparecen no llevan sotanas ni preparan responsos. Llegan sanitarios, bomberos, policías, equipos de rescate y profesionales de emergencias. Pero también aparecen los vecinos. Personas que salen de sus casas, que ofrecen mantas, agua, refugio o simplemente una mano. Gente que ayuda sin preguntar quién eres, de dónde vienes o en qué crees. Ahí está la solidaridad de verdad. Sin discursos, sin cámaras y sin necesidad de que nadie la bendiga. Durante esas horas hay quienes se juegan la vida para salvar otras. Después quedan las familias, las llamadas, las identificaciones, los trámites, las indemnizaciones y una ausencia que no se resuelve cuando se marchan los equipos de emergencia. El accidente desaparece de los titulares, pero el dolor continúa. A veces, precisamente entonces, comienza la parte más difícil. Y es aquí donde conviene hacerse algunas preguntas.
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Posted by asturiaslaica 

















