Dos podcast centran su atención en el Patronato de Protección a la Mujer, esa institución franquista que se ocupaba de las “descarriadas” mujeres que no se ajustaban a la norma nacional católica: El Diario -Un tema al día- publica «El Patronato y las mujeres descarriadas» y el podcast («De eso no se habla»), Perdidas-Cara A: Consuelo/ Cara B: Lola
Ambos, además, guardan relación no sólo por el tema sino también por el protagonismo de una de esas «descarriadas» que acabaron en esa institución, creado en 1941 (y que duró hasta 1984), dependiente del Ministerio de Justicia, con una influencia inicial de la Sección Femenina de Falange, dirigida por Pilar Primo de Rivera, para ir lentamente dejando paso a las congregaciones religiosas en su control.
El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución franquista que tenía como misión fundacional dirigir la vida de mujeres “descarriadas” hacia lo que se consideraba que debía ser una mujer en el franquismo. Para ello, encerraba a mujeres en centros en los que vivían en una situación de esclavitud.
Durante 36 años, la propaganda franquista entró a través de las ondas en todos los hogares del país de la forma más inocua: un supuesto consultorio de belleza radiofónico. Marga Durá, acaba de publicar ‘Una pregunta para Elena’ (Editorial Destino)
Una carta para Elena Francis / Editorial Destino _____________
Durante más de treinta años, la ingenua sociedad española sinceramente creyó que Elena Francis era Elena Francis y que presentaba un consultorio sentimental radiofónico bienintencionado, además de tener tiempo para responder de su puño y letra decenas de miles de cartas enviadas por las oyentes con todo tipo de consultas. Sin embargo, detrás de Elena Francis estaba el Instituto de Belleza Francis, que había creado el personaje para publicitar sus productos en Radio Barcelona. Doña Elena era un ser ficticio y las cartas las contestaba un equipo de asesores, entre los que se encontraban un cura y un psicólogo.
El consultorio empezó a emitirse en 1947 y su influencia trascendió hasta convertirse en un fenómeno de masas que apuntalaba con concienzuda convicción y fervor la ideología nacionalcatólica. Durante sus lustros de mayor popularidad, durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, la propaganda franquista entraba a través de las ondas en todos los hogares del país de la forma más inocua: un supuesto consultorio de belleza radiofónico creado, en realidad y únicamente, para domesticar a las mujeres españolas, que eran sistemáticamente instruidas para perdonar golpes, humillaciones o infidelidades, pero nunca a sí mismas.
Apenas hay rastro oficial ni se ha hecho memoria del Patronato de Protección a la Mujer, una institución que entre 1941 y 1985 encerró en centros regentados por órdenes religiosas a jóvenes que transgredían las normas morales de la dictadura y las sometió a duras condiciones de vida
Expediente de una de las internas del Patronato de Protección a la Mujer de Sevilla en el que constan los resultados del «reloj moral», una de las pruebas que les realizaban / Archivo Histórico Provincial de Sevilla ______________
“Motivos por los que se ha solicitado que sea acogida: niña rebelde”. Rocío Paso Jardiel todavía se estremece al recordar las palabras que el régimen franquista dejó escritas en su expediente antes de ser internada con 14 años en un reformatorio. Esa tarde sus padres le habían pedido que se arreglara para salir con ellos y un amigo de la familia, pero nadie le explicó a dónde iba ni cuánto tiempo iba a estar allí. “Al llegar me metieron a una sala, me miraron de arriba a abajo, me quitaron toda la ropa y me pusieron una bata gris y unas alpargatas. Yo pensaba que estaba en otro colegio de monjas normal, pero empecé a ver rejas y rejas y rejas…”, recuerda.
Rocío, que ahora tiene 69 años, no estaba en un colegio de monjas como otro cualquiera. Había sido ingresada en el antiguo Palacio de los Condes de Montijo, en Carabanchel (Madrid), uno de los centros que el Patronato de Protección a la Mujer tenía entonces por toda España. Como ella, miles de niñas y adolescentes fueron encerradas en estos lugares entre 1941 y 1985, privadas de su libertad sin juicio ni garantías y sometidas a duras condiciones de vida. No habían cometido un delito, pero sí un pecado a ojos de la Iglesia y de Franco: el de transgredir las férreas normas morales que la dictadura había impuesto a la población femenina.
Fuente: Domingos Laicos (Paradigma Radio), 22 de mayo de 2023
En esta ocasión, el programa que realizan José Antonio Naz y Ana Baragaña nos acerca a la represión franquista ejercida contra las mujeres, en este caso y, a partir de la obra de Pura Sánchez Sánchez Individuas de dudosa moral, en la ejercida en Andalucía entre 1936 y 1958.
Pura Sánchez explica en su libro cómo en los años de la guerra civil y del franquismo las mujeres andaluzas sufrieron la dureza de la represión de un modo peculiar, no sólo como consecuencia de los abusos a que eran sometidas –Queipo de Llano ya había avisado que «dar patadas y berrear» no las iba a salvar de la violación– sino porque se las quería castigar por haber pretendido emanciparse de la función subordinada a que las condenaba su condición; algo que resultaba aun más grave cuando se trataba de mujeres del pueblo, de individuas de dudosa moral. Pura Sánchez ha reconstruido este clima de acoso y estas prácticas represivas a través de los expedientes de los tribunales militares, completados con otros documentos y con testimonios vividos. De su trabajo surge una multitud de historias individuales de humillación y sufrimiento, a la vez que el panorama de una sociedad en que las mujeres habían de acomodarse a la subordinación y la dependencia.
Entre 1941 y 1895, el Patronato de Protección a la Mujer gestionó centenares de centros donde recluía a jóvenes para conseguir su «dignificación moral» y «apartarlas del vicio»
Un grupo de niñas del centro provincial de Sevilla perteneciente al Patronato de Protección a la Mujer / Junta de Andalucía ___________
«Velar por la moralidad pública, muy especialmente la de la mujer». Esa era, ni más ni menos, la labor que perseguía la institución franquista que, durante más de cuatro décadas, acechaba a las mujeres menores de edad «caídas o apunto de caer» para atraparlas entre sus rígidos brazos y conseguir su «dignificación moral», «apartarlas del vicio» y «educarlas con arreglo a las enseñanzas de la religión católica». La institución en cuestión fue el llamado Patronato de Protección a la Mujer, un organismo a cargo de Carmen Polo y dependiente del Ministerio de Justicia que dirigió cientos de centros por todo el mapa y cuyas entrañas permanecieron con vida hasta una década después de la muerte del dictador.
¿En qué consistía exactamente el Patronato? «Era una institución de encierro» gestionada por órdenes religiosas donde iban a parar chicas «entregadas por sus propias familias, por la policía o por una figura conocida como las celadoras». Habla la periodista Andrea Momoitio, quien llegó al Patronato en el proceso de investigación para la confección de su libro Lunática(Libros del K.O., 2022). La de la celadora fue la figura más emblemática de la institución y se encargaba fundamentalmente de «vigilar la moral pública», lo que se traducía en tres labores: informar sobre chicas «potencialmente necesitadas de protección»; controlar a las mujeres en régimen de libertad vigilada y el traslado de las internas a los centros una vez se producía la detención. Las celadoras fueron sustituidas por las llamadas visitadoras, a partir de la década de los sesenta, mujeres mayoritariamente religiosas que «simpatizaban más con el personal que dirigía los centros», describe Carmen Guillén en su tesis doctoral El Patronato de Protección a la Mujer: prostitución, moralidad e intervención estatal durante el franquismo [disponible aquí].
«Elena Francis, la primera influencer» es un programa documental que analiza el rol de la mujer en la sociedad española a lo largo de más de 30 años de historia tomando ‘El consultorio de Elena Francis’ como vehículo narrativo. El programa radiofónico (de 1950 A 1984) permite analizar el recorrido vital de muchas mujeres anónimas que recurrieron al consultorio ávidas de respuestas a sus inquietudes, miedos y dudas. Mujeres que lo único que encontraron en Elena Francis fue el discurso de un aparato más del régimen franquista con el que trataban tanto cuestiones del día a día como temas tabúes en una sociedad rígidamente estructurada en los pilares ideológicos de la dictadura: la Iglesia, la Falange y una concepción ultraconservadora de la existencia femenina. Ahora, un grupo de profesionales de muy diversas áreas analiza la génesis, desarrollo y declive del consultorio que durante décadas marcó a muchas mujeres cómo debían pensar, actuar y ordenar hasta las más insignificantes parcelas de su vida.
Por atrevido que pueda sonar, el símil con los creadores de contenido actuales no es ni mucho menos excesivo para profesionales como Santiago Hernández, responsable de Puromarketing, que argumenta en tres aspectos sus similitudes: “Un influencer tiene que tener una audiencia de cierto tamaño, y en este caso la había, por ser el medio rey de la época. El segundo aspecto crítico es el poder de prescripción, y ella tenía una horda de personas dispuestas a hacerle caso, tenía relevancia sobre esa audiencia. Y, por último, una buena relación con las marcas, y ella, que pertenecía directamente a los laboratorios Elena Francis, tenía mejor relación que nadie”.
El reportaje La moral del convento analiza la represión franquista en el ámbito de la vida privada de los españoles y como la Iglesia Católica se convierte en el garante de la moral hispánica.
Acabada la Guerra Civil, el régimen franquista no sólo se instaló en todas las instituciones políticas del país, también invadió los espacios más íntimos de la vida privada de los españoles. La Iglesia Católica dictó su moral, sus normas de conducta y asumió como propia la defensa de la pureza de la mujer española. Las mujeres tenían que llegar vírgenes al matrimonio, las redadas policiales en los típicos lugares donde acuden las parejas a mantener relaciones eran habituales, y el castigo a los detenidos además de la multa económica, la de ver sus nombres publicados en los diarios.
La represión franquista se hizo patente en barrios obreros de Palma, donde había listas de mujeres “rojas” a las que les rapaban la cabeza, las sacaban a “pasear” por el barrio y les hacían beber aceite de ricino en la antigua Casa del Pueblo de Palma, reconvertida posteriormente en un local de la Falange.
Grupo de presas en la prisión de mujeres de Palma (septiembre, 1941). Matilde Landa está situada en la fila superior -es la cuarta por la derecha, debajo de la columna / Libro ‘Matilde Landa. De la Institución Libre de Enseñanza a las prisiones franquistas’ _______________
Esther Ballesteros-Nicolás Ribas, El Diario, 10 de diciembre de 2022
En la España del siglo XX (con la excepción del periodo que empieza con la transición española y épocas más luminosas como la II República) las mujeres fueron sujetos sin derechos políticos. Su papel en lo social estuvo relegado al ámbito familiar: ser buenas hijas primero y buenas madres y esposas después, de acuerdo con los cánones morales del catolicismo sostenidos por la institución que más peso tenía en la vida social: la Iglesia Católica.
“La situación política que se generó en la posguerra (…) se puede considerar el colofón trágico y, a la vez, la prueba irrefutable de la aceleración del tiempo histórico que había causado la propia contienda respecto de las relaciones de género”, describe el doctor en Historia David Ginard en Dona, Guerra Civil i franquisme, un libro en el que, junto a cinco autoras –Anna Aguado, Ángela Cenarro, Carme Molinero, Mary Nash i Susanna Tavera–, analiza el papel de las mujeres durante el periodo republicano desde una perspectiva de género, así como los roles que ejercieron las mujeres antifascistas en la España en guerra y los modelos socioculturales que impuso la Iglesia Católica y la Sección femenina de la Falange con el triunfo de los sublevados y el inicio del régimen franquista.
En la década de los 60, mujeres españolas muy jóvenes, solteras, marcharon a Australia para trabajar en el servicio doméstico. Se le denominó «Plan Marta», y se trataba de un acuerdo entre el Gobierno australiano y la dictadura franquista española, amparado como no, por la Iglesia Católica.
A las jóvenes les ofrecieron una vida mejor, con un buen sueldo y perspectivas de progreso, pero ignoraban que la verdadera intención era «casarlas» con sus compatriotas que habían migrado a Oceanía años antes.
«Las Martas» viajaron con billete de ida y al llegar allí se encontraron sin posibilidad de aperturas excepto ir a misa y unas pocas horas de ocio dominicales en algún local social.
Sus labores se organizaban dentro del «Manual de la servidora doméstica», donde se especificaba las órdenes de trabajo, el trato a sus mandatarios y sus estrictas obligaciones.
La migración en aquel momento era vital para Australia, grandes extensiones por explotar y zonas despobladas; el ascenso de la natalidad suponía una esperanza para el lugar y gran crecimiento demográfico.
La doctora en Filología Inglesa, Pilar Iglesias Aparicio, analiza las similitudes entre Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y del Patronato de Protección de la Mujer con un objetivo claro: promover en España un proceso de reparación similar al que se ha dado en Irlanda.
Pilar Iglesias Aparicio (Madrid, 1949) es una militante feminista convencida y vehemente. Sabe tanto de las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y del Patronato de Protección a la Mujer del régimen franquista que casi no le hace falta escuchar ninguna pregunta para ofrecer todas las respuestas. Su libro,Políticas de represión y punición de las mujeres: Las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y el Patronato de Protección a la Mujer de España, surge de una convicción. En España es urgente poner en marcha todos los mecanismos políticos que se precisen para que las mujeres víctimas del Patronato tengan la posibilidad de ser reconocidas y sanadas.
El esquema es el de siempre: Memoria, justicia y reparación.
Iglesias pretende sentar las bases necesarias para llevar a cabo en el Estado español un proceso de incidencia política que permita reparar a las mujeres que pasaron por los centros del Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que estuvo en funcionamiento entre 1941 y 1983. En esa búsqueda, analiza en detalle el proceso que se ha llevado a cabo en Irlanda para reparar a las miles de mujeres víctimas de las Lavanderías de la Magdalena.