Pilar Iglesias Aparicio: “Algunas órdenes religiosas teorizaron sobre las políticas de represión que había que aplicar a las mujeres”

La doctora en Filología Inglesa, Pilar Iglesias Aparicio, analiza las similitudes entre Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y del Patronato de Protección de la Mujer con un objetivo claro: promover en España un proceso de reparación similar al que se ha dado en Irlanda.

Pilar Iglesias / Foto Isabel Permuy

Andrea Momoito, Pikara Magazine, 22 de agosto de 2022

Pilar Iglesias Aparicio (Madrid, 1949) es una militante feminista convencida y vehemente. Sabe tanto de las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y del Patronato de Protección a la Mujer del régimen franquista que casi no le hace falta escuchar ninguna pregunta para ofrecer todas las respuestas. Su libro, Políticas de represión y punición de las mujeres: Las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda y el Patronato de Protección a la Mujer de España, surge de una convicción. En España es urgente poner en marcha todos los mecanismos políticos que se precisen para que las mujeres víctimas del Patronato tengan la posibilidad de ser reconocidas y sanadas.

El esquema es el de siempre: Memoria, justicia y reparación.

Iglesias pretende sentar las bases necesarias para llevar a cabo en el Estado español un proceso de incidencia política que permita reparar a las mujeres que pasaron por los centros del Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que estuvo en funcionamiento entre 1941 y 1983. En esa búsqueda, analiza en detalle el proceso que se ha llevado a cabo en Irlanda para reparar a las miles de mujeres víctimas de las Lavanderías de la Magdalena.

¿Qué son las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda?

Las lavanderías a las que yo me refiero en mi trabajo son las lavanderías del Estado Libre de Irlanda. Lo que hoy conocemos como la República independiente de Irlanda, un Estado democrático creado tras todo un proceso de lucha contra el Reino Unido, un dominador de siglos. Eran conventos lavanderías, pero son conocidas como Lavanderías de la Magdalena de Irlanda. Eran lavanderías profesionales donde las mujeres trabajaban recluidas en un régimen de trabajo esclavo, sin cumplir ninguna de las normas laborales que estaban reconocidas por ley para otros establecimientos similares, ni estaban sometidas a las inspecciones que sí existían para otros centros. Vivían en unas condiciones habitacionales, de tratamiento de la salud, alimenticias… de absoluta violación de Derechos Humanos. Eran sometidas a humillaciones constantes e, incluso, a castigos físicos. Vivían en aislamiento. Aislamiento de sus propias familias porque, con frecuencia, las trasladaban a centros que no estaban en su lugar de residencia. La posibilidad de tener visitas dependía de lo que juzgasen conveniente las religiosas que las tenían a su cargo. Las victimarias directas son las religiosas que están al cargo de estos centros y, en ocasiones, también ponían a vigilar a otras mujeres institucionalizadas.

¿Por qué de la Magdalena? Desde el siglo XII, cuando se supone que aparecen en Francia restos de María Magdalena, la Iglesia católica empieza a tomarla como referencia. Después, hay un Papa que decide que era prostituta, tampoco se sabe con base en qué. Entonces se aplica este término, las Magdalenas, a las mujeres que consideran que no están cumpliendo con la moral sexual atribuida a las mujeres. ¿Qué sucede? En principio, este término se aplicaba a mujeres que estaban en situación o en riesgo de prostitución, pero realmente se va a aplicar a chicas que se supone que han tenido, o están en riesgo de tener, ciertos comportamientos relacionados con la sexualidad. Incluido, haber sido víctimas de una violación por parte de su propio padre, de un sacerdote o de un señor en cuya casa trabajaban. Lo que se va juzgar siempre es un comportamiento sexual de la mujer y no la violencia ejercida por un varón.

¿Conoces otras experiencias similares en otros territorios?

Sí, concretamente con este esquema de convento lavandería existieron en Canadá, en Reino Unido, en Irlanda del Norte, en Australia y en Nueva Zelanda. Incluso algunas órdenes religiosas implicadas, las Hermanas del Buen Pastor, de origen francés, teorizaron sobre las políticas de represión que había que aplicar a las mujeres. En España, nos tenemos que remontar a principios del XVII y tenemos a Sor Magdalena de San Jerónimo, que fundó una Casa de Recogidas, que era el nombre con el que este tipo de instituciones funcionaron entre el siglo XVI y el XX. La de Valladolid sirvió de modelo a otras. Es la creadora intelectual de Las Galeras, las cárceles de mujeres. Ella diseña teóricamente el tipo de represión: cómo las mujeres tienen que estar con cepos agarrados a las manos, a los pies, al cuello.

¿Cómo llegan las mujeres a las Lavanderías? En el caso del Estado español podías caer bajo la tutela del Patronato por muchas razones.

A veces las llevaba la propia familia. Es muy frecuente y es comprensible. En muchos casos, la propia madre. Esto se explica por algo que para mí es una clave importante de libro: los sistemas de poder subyacentes a la existencia de estos centros. La madre es la primera que tiene el mandato de hacer cumplir la moral sexual patriarcal. Muchas veces, las familias eran aconsejadas por los sacerdotes y, en Irlanda, encontramos también la intervención policial, pero hay una diferencia muy grande. Los conventos lavanderías no dependían del Estado. El Estado siempre dijo que habían sido independientes hasta que se pudo probar su implicación. Eran centros religiosos y teóricamente las chicas habían accedido a la protección de esos centros voluntariamente, pero si una se fugaba, la buscaba la policía, las escoltaban y acompañaban a las salidas. Cuando entraban, a las que estaban embarazadas se las sometía a muchísima presión psicológica para que firmaran la adopción de las criaturas y, otras muchas veces, simplemente, se las robaban diciendo que habían muerto al nacer. Ahí también vemos un paralelismo con España. Las únicas formas de salir era que la familia insistiera mucho; o el matrimonio. Las propias monjas hacían exhibiciones de jóvenes tras la misa del domingo y había señores, también esto sucedía en España, que las observaban como ganado y se las llevaban para casarse con ellas.

¿Y qué diferencias encuentras con el Patronato?

En España tenemos unos centros con unas políticas de represión muy similares, pero el Patronato se crea por un Decreto del Gobierno franquista en 1941. Además, desde que se crea, es explícito que en su dirección hay presencia de la Iglesia, de la Falange y del Ejército. Además se publican unas memorias anuales donde se explica lo que hacen y esa es una diferencia interesante entre un país y otro. Mientras, al mismo tiempo, la ideología y la pedagogía de control y de represión que hay detrás son similares.

Las Lavanderías de la Magdalena están muy estudiadas allí y ha habido un proceso de incidencia política al respecto, que ha tenido como consecuencia la petición pública de perdón por parte del Estado y la aplicación de un esquema de reparación. Eso no ha pasado en absoluto en España.

¿Y similitudes?

No se diferencia entre delito y pecado. Hay siempre una frontera invisible que se borra una y otra vez. Las mujeres son condenadas y detenidas, también en el marco franquista por los mismos delitos que los hombres; a veces simplemente por ser familiares de represaliados, pero, además, por todo lo relacionado con la sexualidad. El tratamiento va a ir acompañado de un aislamiento social brutal y de castigo. Porque se supone que hay que redimirlas moralmente y, para ello, hay que sufrir. Las prácticas de sufrimiento físico no son un mero castigo por haber transgredido una norma sino que son parte de esa reeducación. Es normal que se las someta a situaciones de sufrimiento, por ejemplo, en el momento del parto. En ese proceso de redención es habitual también que se les imponga la práctica religiosa y el trabajo. Son penitentes, son pecadoras, tienen que sufrir, tienen que rezar y tienen que trabajar exhaustivamente. Además, hay un aprovechamiento económico en un país y en otro, en unos centros y otros.

Tanto en las Lavanderías como en los centros del Patronato se las sometía a un examen al llegar. En España estaban los Centros de Observación y Clasificación, el COC, donde se les hacía el primer análisis. Observaban su comportamiento durante unos días y les hacían un examen ginecológico para analizar su virginidad. Si habían tenido relaciones sexuales, aunque fueran fruto de una violación, iban a tener un tratamiento más duro, necesitaban un proceso de reconversión más duro. Esta es otra constante, desde las Casas de Recogidas en siglos anteriores, dividían a las mujeres entre buenas y malas también en estas instituciones.

Una figura importante en el Patronato eran las visitadoras sociales, algo así como una policía femenina encargada de velar por la moralidad. ¿Tenían en Irlanda alguna figura parecida?

No. Es un país con poquísima población y nos tenemos que ir a un hecho que es fundamental para entender por qué el Estado Libre se alía con la Iglesia Católica. Aquí, la alianza entre el franquismo y la Iglesia Católica la tenemos muy conocida. Pero, ¿por qué en Irlanda? En una situación de país dependiente, dominado y explotado por el Reino Unido, la mayoría de la población era pobre y vivía fundamentalmente de comer patatas y únicamente patatas. Hay una peste de la patata y mueren un millón de personas; otro millón se marcha, emigra. Eso explica la gigantesca diáspora. El Gobierno inglés tiene un comportamiento bochornoso. Manda al Ejército para sacar al grano y no para asistir a la población, da un plato de sopa al día a las personas que ponía a trabajar para construir muros de piedra completamente inútiles. La única institución que da un mínimo de apoyo al pueblo es la Iglesia. La población queda muy reducida, las localidades son muy pequeñas, todo el mundo se conoce. El control que podía tener el sacerdote era extremo. Si eso pasaba también en los pueblos españoles, estamos hablando de poblaciones mucho más pequeñas, de gente mucho más pobre. La iglesia tenía un significado en Irlanda porque también estaba perseguida por el dominador. No pudieron construir catedrales hasta el XIX y allí la Iglesia estaba aliada con el pueblo contra el opresor.

Las memorias del Patronato son una fuente de información importante. ¿Hay algo parecido en Irlanda?

No, porque se suponía que eran independientes. Lo que sí tenía el Estado a su cargo eran los orfelinatos, las casas de madres y bebés; y otro tipo de instituciones que se llamaban Escuelas Industriales. Eran escuelas para niñas y niños huérfanos o de familias en situaciones de mucha vulnerabilidad. Algunas eran las criaturas de las mujeres que daban a luz en las Lavanderías o en las Casas de madres y bebés. Muchas criaturas eran dadas en adopción, sí, pero otras iban a parar a estos orfelinatos y, después, a las Escuelas Industriales. Muchas de estas niñas, cuando eran adolescentes, iban a las Lavanderías y se creaba así un círculo de institucionalidad.

Las órdenes religiosas, en un país y en otro, han destruido o se han negado a entregar información y han hecho unas narrativas que tienen poco que ver con la realidad. Las Terciarias Capuchinas tienen publicada una memoria, que es de acceso público, en la que cuenta esa memoria de los años en que regentan el centro Nuestra Señora del Alcázar, en Baeza, Jaén. Tiene bastante poco que ver con lo que cuentan las internas que estuvieron allí.

Pilar Iglesias / Foto Isabel Permuy

¿Qué has pretendido con la publicación de tu libro?

Mi libro no intenta ser en absoluto un relato histórico. Yo no he hecho investigación directa y he bebido de otras. A mí no me interesaba quedarme en una aportación más a las pocas que hay en España sobre el Patronato y sobre estas políticas de represión. Mi texto tiene una mirada de sensibilidad social y es un intento de contribuir a la puesta en marcha en España de un proceso de incidencia política. Está escrito desde ahí. En Irlanda lo han hecho muy bien. El grupo de Justicia para las Magdalenas lo iniciaron en los años 90 tres mujeres y el grupo motor siguen siendo cinco personas. En la misma época, Mary Raftery pone en marcha reportajes e investigaciones; se producen series, documentales, obras de teatro. La película Las hermanas de la Magdalena es muy importante. Lo cito todo en el libro. Hay acciones de calle, todos los años llevan flores al cementerio de Dublín. En 1993, en una de las Lavanderías aparecieron restos de mujeres sin identificar, sin corresponder los cuerpos con los nombres. Todas esas acciones se unieron con una reivindicación: la apertura de una comisión de investigación. Ya se habian puesto en marcha a raíz del escándalo de violencia sexual contra niños por parte de sacerdotes. Este es otro tema que se repite en España. Este grupo de Justicia para las Magdalenas hace una petición de investigación al Estado irlandés, no reciben respuesta positiva, acuden a la comisión de Derechos Humanos y esta exige su puesta en marcha. Paralelamente se dirigen a los organismos de Derechos Humanos de Naciones Unidas y al Gobierno no le queda más remedio. No pueden seguir diciendo que no tenían nada que ver. Se sabía, por ejemplo, que el Estado llevaba la ropa del ejército y de los orfelinatos a lavar ahí y en parte financiaban las lavanderías.

¿Crees que es posible algo parecido en el Estado español?

Todos los procesos son largos, pero tengo esperanza. En Irlanda empiezan en 1993. En España estamos en un momento en el que deberían darse, pese a muchas resistencias y barreras, las circunstancias que puedan generar sinergias a favor de esto. La investigación sobre el Patronato ha sido muy tardía, lo sabemos. Primero, el trabajo de Assumpta Roura y luego el de Consuelo García Cid; el libro de Lucía Prieto; la tesis de Carmen Guillén. Hay también alguna otra investigación sobre el manicomio de Málaga, que era el último eslabón en esta red de los centros del Patronato donde iban a parar las mujeres lesbianas, consideradas lesbianas o más rebeldes. Podían quedar institucionalizadas de por vida. Son trabajos escasos. Las propias organizaciones de memoria histórica parece que se han centrado fundamentalmente en los hombres. En el libro he tratado de recoger qué instrumentos legales tenemos ya para plantear y exigir al Estado alguna mirada dentro de la memoria histórica sobre estas miles de victimas del Patronato. La represión en las cárceles se ha investigado algo más. Incluso en la ley de memoria histórica actual hay algún artículo que podría servirnos de paraguas y podría servir también la Causa Argentina. Insisto en el número reducido de personas que pusieron en marcha el proceso en Irlanda.

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En el Aula María Zambrano de Estudios Transatlánticos de la Universidad de Málaga se organizó en 2021, junto a la Sociedad Española de Investigación en Irlanda (SRSI), la Comisión de Investigación y Género de la Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Extranjero (IgR), y con el apoyo de la Fundación Ramón Areces y el Centro de Tecnología de la Imagen de la UMA, la ponencia «Políticas de represión y punición de las mujeres en Irlanda y España (Siglo XX)» a cargo de Pilar Iglesias Aparicio. En ella se abordó, desde la epistemología feminista, una reflexión sobre el tratamiento abusivo dispensado a las mujeres y las niñas en las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda, especialmente durante el siglo XX, y los centros del Patronato de Protección a la Mujer de España durante la dictadura franquista. 

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