Un viaje y un Concordato | Lucio Martínez Pereda

El Concordato firmado el 27 de agosto de 1953 debe entenderse como algo más que un acuerdo bilateral: fue un instrumento de legitimación mutua

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Lucio Martínez Pereda, Nueva Revolución, 6 de junio de 2026

Los viajes papales no son únicamente instrumentos pastorales o rituales de devoción: han funcionado históricamente como recursos de acción geopolítica. Desde la Edad Media hasta la actualidad, los viajes del pontífice han servido para reconfigurar relaciones de fuerza, afirmar soberanías y establecer alianzas que trascienden lo religioso. Los viajes papales son instrumentos de diplomacia pública . Allí donde viaja el Papa, no solo se despliega una liturgia: se activa una forma de diplomacia pública, dotada de una capacidad de penetración mediática y simbólica que ningún otro actor -ni político ni religioso- puede igualar.

El viaje a España del Pontífice no puede entenderse únicamente como una visita pastoral ni como un gesto de diplomacia espiritual. Se inscribe en una tradición de complicidades entre el Estado español y el papado que hunde sus raíces en uno de los artefactos jurídicos más decisivos del siglo XX español.

El Concordato de 1953 -firmado entre la Santa Sede y la dictadura franquista en pleno apogeo de la Guerra Fría- fue la piedra angular de un sistema de privilegios que blindó a la Iglesia española en el corazón mismo del Estado. El viaje papal es una operación de reafirmación: una actualización de aquel viejo pacto en clave contemporánea. No es ya una dictadura quien garantiza los privilegios, sino una democracia. El Vaticano percibe con temor el progresivo desgaste de la religión en una sociedad crecientemente secularizada, donde la contestación a los antiguos privilegios concordatarios deja de ser marginal para convertirse en visible. Ese- neutralizar temores- es el trasfondo de este viaje.

El Concordato firmado el 27 de agosto de 1953 debe entenderse como algo más que un acuerdo bilateral: fue un instrumento de legitimación mutua. Para la dictadura franquista supuso la ruptura de su aislamiento internacional tras la Segunda Guerra Mundial y la obtención de un aval de enorme valor en un contexto histórico de intensa polarización ideológica . Para la Santa Sede representó la consolidación de un modelo de Estado confesional plenamente alineado con sus intereses. No se trataba solo de religión, sino de poder: de ordenar la sociedad a través de una alianza orgánica entre Iglesia y Estado.

La negociación del Concordato revela su dimensión de proyecto estratégico. Por parte española intervinieron figuras clave como Alberto Martín Artajo, Fernando María Castiella o Joaquín Ruiz-Giménez, en diálogo constante con los distintos ministerios implicados- Justicia, Educación, Asuntos Exteriores- en un esfuerzo por articular un texto integrador de los distintos intereses de la dictadura . Desde Roma, la figura decisiva fue Domenico Tardini. El resultado no fue improvisado: fue el producto de años de borradores, ajustes y tensiones negociadoras , iniciados en 1949 con la creación de una comisión interministerial.

El Concordato fue una obra compleja de ingeniería política construida durante cerca de 4 años. Sus efectos se proyectaron con especial intensidad sobre tres ámbitos: la educación, la cultura y la economía.

En el Concordato de 1953, la Iglesia no recuperó simplemente la enseñanza religiosa: arrebató al Estado el control casi absoluto del sistema educativo español. No fue un detalle secundario sino el corazón del pacto. La religión católica se volvió obligatoria en todas las etapas, desde la escuela primaria hasta la universidad. Ningún padre podía excusar a su hijo, ninguna escuela podía eludirla, ningún profesor podía ignorarla. La religión no era una asignatura más, era el marco que daba sentido a todas las demás. Los maestros y profesores ya depurados tras la guerra, sabían que su continuidad dependía de su ortodoxia religiosa y política. Los obispos tenían derecho a nombrar capellanes en colegios y universidades, y a supervisar los programas docentes. En la práctica, la Iglesia podía vetar a cualquier profesor considerado “peligroso”. No hacía falta despido formal: bastaba con la presión de un párroco o un inspector religioso. La escolarización se convirtió así en un espacio de control doble: el Estado vigilaba la lealtad política, la Iglesia la ortodoxia doctrinal. Y ambos se reforzaban mutuamente. El niño que aprendía a rezar en la escuela también aprendía a obedecer. El que memorizaba el catecismo interiorizaba la jerarquía, la sumisión, el orden natural de las cosas. La enseñanza religiosa obligatoria pervivió durante décadas, adaptándose superficialmente pero manteniendo su función esencial: reproducir una visión del mundo donde la fe católica y el orden político eran una misma cosa.

Otro aspecto relevante fue el papel de la Iglesia en la censura. En el Concordato de 1953, la censura no fue un añadido secundario: fue uno de los ejes centrales del control social. La Iglesia no solo recuperó el derecho a intervenir en la supervisión de libros, prensa, cine y espectáculos públicos; obtuvo autoridad formal para vetar cualquier contenido que considerara contrario a la doctrina católica. Ese poder no se ejercía en paralelo al del Estado, sino que se integraba en él, creando un doble filtro en el que lo político y lo religioso se reforzaban mutuamente. No bastaba con ser políticamente fiel al régimen; había de ser también doctrinalmente ortodoxo. Un libro podía ser aprobado por la censura política pero vetado por la eclesiástica. Una película podía pasar el filtro del Ministerio de Información y Turismo pero ser declarada “inmoral” por el obispo.

La censura eclesiástica no operaba en el vacío. Se apoyaba en la Index, en los decretos de prohibición de la Santa Sede, en las listas de libros “inmorales” que los párrocos repartían en las parroquias. Los capellanes y los inspectores religiosos vigilaban los teatros, las librerías, los cineclubes. El que publicaba sin autorización eclesiástica no solo podía ser sancionado por el Estado: podía ser excluido de la comunidad cristiana.

Este doble filtro no era solo represivo: era pedagógico. El ciudadano aprendía que había límites que no se podían cruzar, y que esos límites venían de dos fuentes: el Estado y la Iglesia. Pero en la práctica, ambas fuentes eran una misma. La censura religiosa legitimaba la censura política, y la censura política reforzaba la religiosa. El resultado era un sistema de control cultural en el que la disidencia ideológica y la heterodoxia doctrinal se confundían. El que criticaba al régimen era “rojo”; el que criticaba la doctrina era “inmoral”. Y en ambos casos, el castigo era el mismo: la exclusión.

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El Concordato de 1953 constituyó, para la Iglesia católica española, mucho más que un simple marco jurídico de relaciones privilegiadas con el Estado: consolidó una arquitectura que aseguró a la Iglesia una posición económica excepcional, amparada por la ley y sostenida por el erario público. Su ventaja principal residió en la combinación de subvención directa e inmunidad fiscal. El Estado asumió la obligación de sostener económicamente a la Iglesia mediante asignaciones presupuestarias, mientras se le reconocían exenciones sobre bienes, actividades y transmisiones que, en la práctica, reducían de forma notable su carga tributaria. Esa fórmula no solo garantizaba ingresos regulares, también dejaba intacto el patrimonio eclesiástico frente a la fiscalidad ordinaria. El Concordato operó como una transferencia silenciosa de recursos públicos hacia una institución privada. La Iglesia obtuvo financiación para su estructura, protección para sus bienes y una capacidad material que reforzaba su papel para intervenir en la reproducción social de sus valores religiosos e ideológicos

En el contexto de la Guerra Fría, el franquismo pudo presentarse como baluarte del catolicismo frente al comunismo, integrándose progresivamente en el bloque occidental. La firma de los Pactos de Madrid con Estados Unidos apenas un mes después confirmó esa reorientación estratégica. Sin embargo, la solidez de esta alianza empezó a erosionarse a partir de los años sesenta. El Concilio Vaticano II introdujo fisuras en el monolitismo ideológico de la Iglesia, favoreciendo la aparición de sectores críticos con el régimen. Las tensiones fueron en aumento hasta desembocar, tras la muerte de Franco, en la reformulación de las relaciones entre Iglesia y Estado mediante los acuerdos de 1976 y 1979. Pero lo esencial- la estructura de privilegios- no desapareció: se transformó.

Es precisamente en esa continuidad donde el viaje papal actual adquiere su significado. Se trata de la reactivación de un marco de relaciones que, lejos de haber sido desmantelado, sigue activo bajo formas renovadas. La democracia española no abolió aquel sistema: lo integró. Y es en esa integración donde se juega el conflicto entre una sociedad que cambia y un pacto que- aunque adaptado- conserva la lógica de un momento histórico predemocratico.

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