La estética vinculada a este modelo de mujer se define por una manera concreta de vestir, maquillarse, y comportarse en público
La estética vinculada a este modelo de mujer se define por una manera concreta de vestir, maquillarse, y comportarse en público, manera que reprobó el papa Pío XI durante su largo mandato.
Su sucesor, Pío XII, tomó el relevo de la moralización social, refiriéndose a la situación actual como «cuadro de desórdenes que se ofrecen a nuestra vista: vestidos tan exiguos o de tal manera confeccionados que, más bien que cubrir, ponen de relieve lo que debieran velar; deportes con formas desenvueltas en el vestir, exhibiciones, maquillajes inconciliables también con la modestia más condescendiente( … )»
Por otra parte, al hablar de moda nos referimos no exclusivamente al vestido, sino también al maquillaje, al peinado, e incluso a la adopción de determinadas posturas y expresiones adoptadas por un grupo social en un contexto histórico preciso, en este caso las mujeres de posguerra. Aunque no se dictaran normas reguladoras del uso de maquillaje por parte de las mujeres, se aconsejaba utilizarlo con moderación o prescindir totalmente de él, sobre todo cuando se acudía a la iglesia. Los prelados reconocían que «la moda actual exige que la mujer se pinte, por lo menos los labios, y a las que no lo hacen se las considera como anticuadas o desaseadas».
Pero la opinión del Papa Pío XII era que «una joven puede ser moderna, culta, deportiva, llena de gracia, de naturalidad, de distinción, sin plegarse a todas las vulgaridades de una moda malsana, conservando un rostro que ignora los artificios, como el alma cuyo reflejo es; una mirada sin sombras, ni interiores ni exteriores, pero al mismo tiempo reservada, sincera y franca«·
Los arzobispos españoles se apoyaban en los preceptos y opiniones que mantenía el Vaticano sobre el papel que la mujer estaba llamada a desempeñar en el seno de una sociedad católica, y el peligro que suponía para ésta última la ausencia de control sobre la indumentaria femenina.

En una circular del arzobispo de Zaragoza, D. Rigoberto Domenech-todavía hoy mantiene una calle en la ciudad de Zaragoza, a pesar de haber apoyado incondicionalmente la dictadura franquista, como detalle sirva de ejemplo que regaló su reloj de oro a la Junta Recaudatoria Civil, organismo surgido para financiar el golpe militar en Zaragoza– explica la posición del Papa Pío XI sobre esta materia, apoyándose en la autoridad de S. Pablo, quien ya emitió juicios acerca de cómo debían vestirse las mujeres : «Las mujeres vistan con decoro, con pudor y modestia, y … con obras buenas, como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad»·
Sobre todo cuando se aproximaba el verano, la iglesia consideraba «contrarias a la modestia cristiana todas aquellas maneras de vestir, sentarse, andar, etc., que descubran o que por transparencia o ceñido acentúen las formas que deben quedar cubiertas«· Seguidamente descendía a enumerar cada aspecto del cuerpo femenino que las mujeres debían de ocultar o disimular con una minuciosidad que rayaba la morbosidad, tal como lo señala el documento “Advertencias a las mujeres piadosas», en Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza, 15-10-1941. Este documento solo puede salir de una mente enferma y de un auténtico obseso sexual. ¡Dios! ¡Qué obsesión con la sexualidad por parte de la Iglesia!
«el escote, no ha de pronunciarse en ningún sentido; las mangas, han de ser largas; la falda, no puede llegar más arriba de la mitad entre la rodilla y el tobillo; es deber de modestia y educación que todas las mujeres lleven medias desde su adolescencia; los trajes de playa no existen en el catálogo de la modestia cristiana; para las niñas menores de doce años, rigen las mismas normas, pudiendo acortarse únicamente la falda, cuidando empero de que cubran siempre la rodilla (aunque estén sentadas)«·
Un inciso sobre las medias. “Acerca de la obligatoriedad de llevar medias, sobre todo en la iglesia, existió una polémica por razones económicas, ya que las medias resultaban productos frágiles y de coste elevado para muchos sectores sociales en la posguerra. La Iglesia alegaba que «se olvida que se invierte más dinero en afeites, que no se precisan, y también son caros; si se gasta por bien agradar, no debe ahorrarse una prenda de vestir que impone el decoro de la mujer en el templo«. El texto citado, que produce estupor, es del año 1941. Pero deja huella. Recuerdo en los años 90 en una iglesia de Ávila, que a mi hija de 14 años no le permitió la entrada un cura, porque llevaba pantalones cortos.
Los boletines eclesiásticos oficiales eran los principales órganos de difusión de estos dictámenes
Los boletines eclesiásticos oficiales, elaborados por los arzobispados y distribuidos por todas las parroquias de cada localidad, eran los principales órganos de difusión escrita de estos dictámenes.
Los párrocos debían anunciarlas en las puertas de los templos y en el púlpito; los confesores, las superioras religiosas de colegios, las socias de las asociaciones piadosas, las agrupaciones femeninas de Acción Católica, las directoras seglares de los establecimientos de enseñanza, propagarlo cada uno en su ámbito de actuación.
Estas mismas vías de difusión, se encargaban también de imponer los castigos directos ante la desobediencia a las normas dictadas. El aviso primero, la reprimenda en caso de incumplimiento, y finalmente la exclusión de la comunidad a través de la denegación de la Sagrada Comunión, o la expulsión del colegio. Detrás de estos castigos se hallaba la consideración, por parte de la Iglesia y de amplias capas de la población, de que la inmoralidad constituía un pecado. Además, para que las mujeres cumplieran con estas estrictas leyes que regían sobre la indumentaria femenina, se asociaba la verdadera elegancia a vestir decentemente·
Además de las circulares específicas sobre el tema, y de los consejos cotidianos lanzados por los párrocos o por las maestras en las escuelas, la Iglesia contaba con una organización de mujeres seglares cuya tarea consistía en recristianizar la sociedad, actuando particularmente sobre las mujeres. La Acción Católica de Mujeres dedicaba la mayor parte de su esfuerzo a inculcar en las mujeres españolas la moralidad, el pudor, la castidad, etc.
En cuanto a la moralización de la sociedad, se crearon secretariados de Moralidad, cuya labor era censurar espectáculos teatrales y cinematográficos, incluso publicaban boletines informativos semanalmente y ofrecían un listado de lecturas según la selección de la revista Ecclesia.
No sólo la Iglesia propiciaba movimientos de este tipo, sino que también surgían a iniciativa individual o desde otras instituciones. En Barcelona se instituyó una «Liga Española contra la Pública inmoralidad», cuyo cometido consistía en mejorar las costumbres de la época en todos los sentidos, pero con especial preocupación por «la frivolidad del vestido y en las costumbres de la mujer». Incluso varios fabricantes, que compartían los principios y fines de comité, confeccionaran un traje de baño apropiado, que conservara el decoro, sin dejar de ser elegante. También se pretendía realizar una exposición de modelos de trajes femeninos que cumplieran las normas morales pertinentes.
Por su parte, la oficialidad también secundaba indirectamente estas actitudes moralizantes, por medio de la sanción monetaria y la publicación en la prensa diaria de los nombres de aquellos/as que habían cometido las calificadas como «faltas a la moralidad y decencia pública». Los mecanismos eran en este caso más drásticos, y pretendían no sólo el escarnio público sino también la ejemplaridad.

Sección Femenina
Además de la Iglesia, la organización de mujeres del partido falangista intentó ejercer un control sobre los modelos de identidad femenina, asociando el nuevo modelo de mujer con los atributos falangistas de fortaleza, belleza, austeridad, y salud física.
Por ello, aunque la Sección Femenina comulgara con los principios de la doctrina católica acerca de la concepción de la mujer y de su función social, ciertos rasgos de la estética falangista, sobre todo en los primeros años de la década, no se ajustaban a aquellos principios, incomodando a los sectores católicos más recalcitrantes.
La Sección Femenina contó, casi desde la guerra, con una regiduría de Educación Física, la cual organizaba cursillos, campeonatos y competiciones. Según el principio fascista de mejora de la raza, la práctica femenina del deporte constituía un elemento indispensable para crear madres fuertes y sanas capaces de tener a su vez hijos robustos. También simbolizaba el culto a la belleza física, y el estímulo a la competitividad. Este empeño porque las mujeres españolas practicaran un deporte trajo el rechazo de buena parte de la población, para quien esta práctica no resultaba muy familiar, y suscitó los recelos de la Iglesia, la cual se oponía ante todo a la exhibición pública de las mujeres ataviadas con unos trajes indecorosos, especialmente cuando se trataba de competiciones de natación. Refiriéndose a este tema, y exaltando la labor de su organización, la delegada nacional de Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, relata en sus memorias que «fue significativa la promoción que la Sección Femenina hizo de la Educación Física, donde partió de cero, y que, frente a las críticas de Congregaciones Religiosas y censuras obispales, consiguió introducir su enseñanza en todos los ámbitos docentes». «El Estado había hecho suyas las normas de moralidad recomendadas por la Iglesia y en las playas y piscinas se exigían trajes de baño con falda y uso pertinaz de albornoces«.
En el fondo, más allá de ser un conflicto motivado por diferentes opiniones sobre moralidad social, constituía una lucha por la captación de las mujeres, sobre todo de las más jóvenes hacia su terreno y organizaciones. La Iglesia consideraba que esta liberalización en las costumbres y en el vestido era la expresión de una «confabulación para alejar de la Iglesia a aquellos que tales diversiones practican, con la táctica calculada de simultanear excursiones y deportes a la hora de la Santa Misa. y del Catecismo práctico»·
Ciertamente, las diferencias entre el modelo de mujer que proponía la Iglesia y aquel formulado por la Sección Femenina en los primeros años de la organización no se limitaban a la práctica del deporte, sino que aludían a formas de vestir distintas que configuraban a su vez tipos de mujer diferentes. Esta diferencia no supuso una mayor libertad en el vestido para las afiliadas a la rama femenina de Falange pues, aunque la organización no establecía normas de moralidad en el vestir, debían ir uniformadas a los actos de carácter público que ésta convocaba. El uniforme constituía un intento de homogeneizar a las mujeres bajo un mismo patrón, y de que éstas se identificaran con los ideales del grupo.
Estas pretensiones de definir rígidamente la forma de vestir de las mujeres por parte de los grupos de poder que el Estado franquista sancionaba, muestran el carácter autoritario del mismo, y la necesidad que tenía de implicar a las mujeres en la construcción del Nuevo Estado, manipulando esta implicación de tal forma que éstas no la sintieran como una forma de emancipación, sino como un servicio a la Patria.
Sin embargo, existieron identidades femeninas múltiples dada la variedad de procedencias sociales, culturales, y políticas. Además, resultaba inevitable impedir la entrada e implantación en el país de nuevos tipos de ocio, de moda y consumo relacionados con arquetipos de mujer diferentes al modelo que el régimen deseaba imponer.
Los rasgos más importantes de estos arquetipos se hallan íntimamente ligados al surgimiento de la cultura de consumo de masas, un nuevo fenómeno que se acelera en Europa durante el período de entre guerras, y que España no integra hasta los años 50. Las revistas de moda, los cines entre otros instrumentos cuestionaron ese tipo de feminidad impuesta por la dictadura.
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