¿Una comisión independiente de investigación? por Juan José Tamayo

febrero 26, 2022

El encargo de la investigación de la pederastia a Cremades & Calvo-Sotelo significa que la Conferencia Episcopal estrecha lazos eclesiásticos y políticos con el Opus Dei

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Juan José Omella, este martes en el despacho de abogados Calvo Sotelo-Cremades / KIKE PARA

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Juan José Tamayo, El País, 27 de febrero de 2022

Meses ha que organizaciones de víctimas, colectivos laicos, grupos católicos de teólogas, teólogos y cristianos de base e incluso algunos obispos vienen reclamando a la Conferencia Episcopal Española (CEE) la creación de una comisión independiente para investigar las agresiones sexuales de personas vinculadas a la Iglesia católica (profesores de colegios católicos, párrocos, confesores, padres espirituales, capellanes de congregaciones religiosas femeninas, formadores de seminarios y de noviciados, escuelas parroquiales, responsables de campamentos) contra niñas, niños, adolescentes y jóvenes indefensos, a quienes han robado su infancia, destruido su adolescencia, frustrado su juventud y arruinado su vida.

La reacción de la cúpula episcopal española ante tamaños crímenes y las demandas de investigarlos ha sido una resistencia numantina, liderada por el secretario general y portavoz de la CEE, Luis Argüello, que ha negado sistemáticamente toda posibilidad de investigación alegando, entre otras razones, la irrelevancia del número de casos en la Iglesia católica, la ejemplaridad de la mayoría de los clérigos, el intento de desacreditar a la institución, su creencia de que el mayor número de agresiones sexuales se producen en el seno de las familias y, en general, en la sociedad. Además, ha dejado en suspenso también el apoyo y la participación en una comisión parlamentaria por considerarla una “trampa saducea”.

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La palabra blasfemia

febrero 26, 2022

Solemos escaparnos por la tangente de la supuesta tolerancia: son sus costumbres, hay que respetarla | Columna de Martín Caparrós

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Martín Caparrós, El País, 26 de febrero de 2022

Decidieron matarla. Ella se llama Aneeqa Ateeq, tiene 26 años y unos jueces de Rawalpindi, Pakistán, la condenaron a la horca. Un hombre la acusó de haberle mandado por WhatsApp unas imágenes; Aneeqa dice que él le tendió una trampa porque lo rechazó. El tribunal no muestra las imágenes —so pretexto de que entonces se haría cómplice. Pero informa de que son chistes sobre un señor Mahoma que vivió hace 1.500 años, del que muchos creen que se conectaba con un personaje que llaman Alá. Por eso dicen que decir sobre él cualquier cosa que no acepten sus textos oficiales es una blasfemia. Y en Pakistán la blasfemia se paga con la muerte.

La palabra blasfemia suena fuerte: quizá sea esa efe o el final en emia, que nunca anuncia nada bueno. La palabra blasfemia suena antigua: de tiempos en que unos pocos decidían lo que todos podían o no podían decir, lo que podían o no podían hacer. La palabra blasfemia viene del latín blasphemia y del griego ídem y todavía significa, según la Academia, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”. La palabra blasfemia suena ajena: no lo es.

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