La palabra verdad · Martín Caparrós

septiembre 6, 2025

Yo, la verdad, no creo que -más allá de los hechos más banales- exista la verdad sino verdades

La boca de la verdad, una máscara de mármol realizada en 1512 por Lucas van Leyden, en la iglesia de Santa María en Cosmedin, en Roma | Getty Images
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Martín Caparrós, El País, 6 de septiembre de 2025

En argentino, lengua cruel, muchas frases empiezan diciendo “la verdad que…”. La verdad que, en esos casos, es mejor no creerlas. Para eso, también, sirve la verdad. Si alguno se la atribuye, mejor huye, mejor huye.

Porque la palabra verdad no tiene sentido. O, si acaso: tiene tantos que no tiene uno. En griego la verdad —ἀλήθεια, alezeia, Alicia— significaba des-ocultar, revelar: la verdad era algo escondido que había que encontrar. Los hebreos, en cambio, decían —אמת, emet— que es verdadero lo que se corresponde con su esencia: Dios, por encima de todo. Pero nosotros usamos el latín: veritas significa algo así como “la conformidad entre lo que se piensa y la realidad”. Lo cual nos lleva a otro problema: la realidad. ¿Existe? ¿O solo existen percepciones? Estas hojas verdes que veo mientras escribo, ¿son verdes? Sí, lo son para mí. ¿Pero qué verde ve ese chico que se trepa al árbol? ¿Y cuál esa señora que pasa más atrás? Entonces, ¿cuál es la verdad sobre esas hojas?

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La palabra gracias · Martín Caparrós

agosto 9, 2025

Es una palabra devaluada por el uso descuidado. No es fácil convencer al otro de que se lo dices de verdad

Pintura «Las tres gracias» de Rubens / Universal History Archive (Getty Images)
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Martín Caparrós, El País, 9 de agosto de 2025

Gracias a Dios sus gracias no tienen gracia así que nadie se las agradece, pero es graciosa y agraciada y, aunque no le hace mucha gracia, gracias a eso les cae en gracia a muchos —se podría decir, por ejemplo, y gracias que no se dice.

La palabra gracias abunda, pulula, se cuela en todos los rincones. Gracias tiene muchos significados, pero la enorme mayoría de las veces se la usa para agradecer al interlocutor por lo que ha dicho, hecho, prometido. No muchas palabras se pronuncian con esa frecuencia y, sin embargo, nunca me había preguntado qué decía cuando la decía.

Me pasa cada tanto: la extrañeza de dar un paso atrás, cambiar la perspectiva y repensar alguna de esas cosas que uno hace sin pensarlas. Chocar con una palabra, por ejemplo, que siempre dije sin saber qué estaba diciendo en realidad. Así que una vez más tiré del hilo y, como tantas otras veces, apareció una cruz.

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La palabra sindiós · Martín Caparrós

junio 29, 2025

Dicen que el cristianismo es nuestra tradición: también lo era la esclavitud o las monarquías absolutas

Fieles en la plaza de San Pedro de Roma mientras asisten a la oración del Regina Caeli dirigida por el Papa León el 11 de mayo de 2025 / Dimitar Dilkoff (AFP vía Getty Images)
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Martín Caparrós, El País, 29 de junio de 2025

La palabra sindiós me sorprendió. Cuando la oí por primera vez -siglo pasado, un pueblo segoviano- creí que era un invento de aquel criador de cerdos. Pero don Luis me miró raro y me dijo que no, que cómo se me ocurría, que era de toda la vida. Entonces le pregunté por su significado y don Luis me miró más extrañado aún: pues hombre, ya se sabe, un follón tremendo, algo sin Dios.

El cristianismo vive días de gloria: el papa peronista no consiguió terminar de rescatarlo en vida pero ya muerto está teniendo un éxito fantástico. El coro de supuestos ateos que se unen a su alabanza desafina, por supuesto, mucho: hablan de un “hombre bueno” como si olvidaran que hablan de ese hombre porque fue el jefe de la organización más conservadora, más machista, más autoritaria de nuestra historia, una monarquía absoluta de derecho divino. Y se niegan a pensar -ellos, los pensadores- en lo que dicen cuando hablan. Pierden todo espíritu crítico -como cuadra a cualquier creyente- y hablan por ejemplo del “don de la fe”, como si la fe cristiana no fuera la renuncia al pensamiento propio, al espíritu crítico, sino un regalo de no se sabe quién que algunos privilegiados reciben y otros, pobrecitos, no.

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La palabra creación. Por Martín Caparrós

octubre 7, 2023

Nos toca crear un mundo donde no haya Creación: donde no haya discursos intocables, donde no haya hogueras

«La creación de los animales» de Tintoretto / Leemage (Getty Images)
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Martín Caparrós, El País, 7 de octubre de 2023

Son curiosas: significan tal y menos tal, aquello y su contrario. Un día, cuando sea mayor, voy a salir a llenar un zurrón de esas palabras que expresan dos sentidos bien opuestos. Pero por ahora me voy a conformar con la palabra creación, que lo hace muy bien: puede ser la acción de inventar algo, puede ser la de negarse a cualquier invención.

Si somos optimistas magníficos modernos, al toparnos con la palabra creación pensamos en una mente poderosa, un instinto muy libre, que hacen algo que antes no existía: la vacuna, las vacaciones pagadas, una bomba de hidrógeno, el soneto. La palabra empezó, como tantas, en el latín, donde creare significaba engendrar, producir, nombrar, y así se fue difundiendo en nuestras lenguas cooficiales.

Pero resulta que, antes del nacimiento de esas lenguas, unos creadores increíbles habían creado una religión que, en esos días, se apropiaba de todo lo que le servía. De ahí que “crear”, durante tanto tiempo, se usara sobre todo para contar que un dizque dios había creado —”sacado de la nada”— con sus meras palabras el Cielo y la Tierra y a todos nosotros.

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La palabra cancelar. Por Martín Caparrós

mayo 6, 2023

…Cancelar, en síntesis, es cancelar dos o tres siglos de laicismo: volver a aquella vieja idea mágica/religiosa de la palabra eficaz

Una manifestación por la libertad de expresión, el 16 de septiembre de 2019 / Getty Images
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Martín Caparrós, El País, 6 de mayo de 2023

Un fantasma recorre el mundo: la amenaza de la cancelación. ¿Se acuerdan de cuando cancelábamos una reserva para comer, un vuelo a Barcelona, una deuda en el banco? Ahora, en cambio, cancelar es ejercer todo el poder del lugar común para conseguir que los que no lo respetan se callen la boca.

La palabra cancelar viene, por supuesto, del latín: cancellare era encerrar entre rejas, enrejar. A veces las etimologías son discretas: esta es un grito. De allí mismo viene, por ejemplo, la palabra cárcel.

Ya todos, por desgracia, lo sabemos: la cancel culture, la cultura de la cancelación, es un aporte de ciertos ámbitos “progres” —woke— norteamericanos que decidieron que la libertad consistía en que ellos decidieran qué se podía decir y qué no, qué hacer y qué no, porque suya era la moral y la superioridad. Y que, entonces, todos los que dijeran o hicieran lo otro merecían su castigo. Coinciden, en eso, con sus vecinos cristianos, que consiguen eliminar miles de libros de las bibliotecas públicas so pretexto de que son “obscenos” o “blasfemos” o esas cosas.

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La palabra concepción

noviembre 5, 2022

El cristianismo era pura testosterona: un dios padre, un dios hijo, un espíritu santo que nunca se dijo en femenino

Martín Caparrós, El País, 5 de noviembre de 2022

Hubo un momento en que todo cambió. O, si acaso: hubo unos pocos, a lo largo de la larga historia, pero probablemente ninguno tuvo tantos efectos como ese. Fue —otro milagro de la mente— el descubrimiento de la concepción.

Durante millones de años aquellos casi hombres se maravillaron del poder de sus mujeres: era mágico que una hembra pudiera formar dentro de su cuerpo una criatura que, con el tiempo, se volvería otra hembra o, si no tenía suerte, un varoncito. Los hombres debían reconcomerse en sus rincones envidiando la fortuna de esas mujeres que sí sabían crear vida mientras que ellos solo podían destruirla. Por eso, dicen, adoraban diosas femeninas, diosas madre, la representación de ese poder. Y seguramente les habría gustado participar de algún modo de él, pero no había manera. De tanto en tanto, por supuesto, cuando les daba la calor, hembras y hombres se apareaban —primero en cuatro patas, como el resto de los animales; después, cuando se sintieron más protegidos, cara a cara, sin vigilar el entorno mientras tanto. Pero a nadie, por supuesto, se le había ocurrido la peregrina idea de que ese ejercicio —casi— placentero tuviera nada que ver con la procreación. Hasta que al fin lo descubrieron, y todo fue distinto.

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La palabra blasfemia

febrero 26, 2022

Solemos escaparnos por la tangente de la supuesta tolerancia: son sus costumbres, hay que respetarla | Columna de Martín Caparrós

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Martín Caparrós, El País, 26 de febrero de 2022

Decidieron matarla. Ella se llama Aneeqa Ateeq, tiene 26 años y unos jueces de Rawalpindi, Pakistán, la condenaron a la horca. Un hombre la acusó de haberle mandado por WhatsApp unas imágenes; Aneeqa dice que él le tendió una trampa porque lo rechazó. El tribunal no muestra las imágenes —so pretexto de que entonces se haría cómplice. Pero informa de que son chistes sobre un señor Mahoma que vivió hace 1.500 años, del que muchos creen que se conectaba con un personaje que llaman Alá. Por eso dicen que decir sobre él cualquier cosa que no acepten sus textos oficiales es una blasfemia. Y en Pakistán la blasfemia se paga con la muerte.

La palabra blasfemia suena fuerte: quizá sea esa efe o el final en emia, que nunca anuncia nada bueno. La palabra blasfemia suena antigua: de tiempos en que unos pocos decidían lo que todos podían o no podían decir, lo que podían o no podían hacer. La palabra blasfemia viene del latín blasphemia y del griego ídem y todavía significa, según la Academia, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”. La palabra blasfemia suena ajena: no lo es.

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La palabra año, por Martín Caparrós

enero 2, 2022

¿Existe algo que no tiene ninguna existencia real pero todos creemos que existe y actuamos como si existiera?

Fuente foto

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Martín Caparrós, El País, 2 de enero de 2022

Empieza uno. Lo llamamos 2022, y hacemos como si de verdad algo empezara. El año es un invento extraordinario: más allá o más acá de ciertos dioses, hay pocas creaciones humanas que los humanos nos creamos tanto, pocas palabras que nos creamos tanto. Olvidamos que lo hemos inventado y lo vivimos como si existiera y así lo usamos, cada fin de él, cada comienzo, para creer que algo se acaba y algo empieza: que hay un corte, que seremos ligeramente otros. Estos días somos como niños con un año nuevo.

En el principio, por supuesto, estaba el tiempo. El tiempo pasa, siempre pasa, sin parar pasa, tan cruel y desdeñoso pasa, y darle nombres y medidas nos permite imaginar que lo controlamos. En algún momento, en cada lugar, cada grupo se buscó una forma de contar el tiempo; muchos pensaron que la mejor unidad sería ese lapso que tardan las estaciones en volver: lo que tarda la Tierra —sabrían mucho después— en dar una vuelta alrededor del Sol. En distintos lugares, de distintas maneras, muchos llamaron a ese ciclo año, o algo así.

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La palabra madrastra

julio 17, 2021

Las familias se reconvirtieron. Sacudidas del yugo religioso, tantas están hechas de retazos: los tuyos, los míos y los nuestros

Martín Caparrós, El País, 17 de julio de 2021

Madrastra acecha: ¿Quién se atreve a pronunciar esa palabra? ¿Qué dice quien la dice, qué se le escapa cuando habla? La Academia irreal, como siempre, orienta y desorienta. La palabra madrastra le merece dos definiciones: la primera hay que pensarla un rato —”Mujer del padre de una persona nacida de una unión anterior de este”—, pero la segunda es contundente: “Madre que trata mal a sus hijos”.

No hay duda, no hay salida: ser madrastra es toda una desgracia. Quien dice madrastra dice Cenicienta, una empleada doméstica de los tiempos en que las domésticas no eran empleadas, sino empleadas por sus dueños. Quien lo dice dice crueldad, explotación, dice maltrato, desamor. Y sin embargo no hay otras palabras para decir un hecho cada vez más notorio: que las familias ya no son lo que eran.

Durante siglos, la potencia de la ideología cristiana obligó a casi todos a formar relaciones constreñidas: un hombre y una mujer se ligaban —se “casaban”— para reproducirse y se reproducían y vivían juntos hasta que se morían; sus hijos vivían con ellos hasta que se ligaban a su vez y se reproducían y se morían, y así de seguido y amén y adiós muy buenas. (Los cristianos, por cierto, eran ambiguos: obligaban a todos a hacer lo que sus propios mandos debían evitar. Era una forma de decir a los suyos que la suya era una opción menor, la que quedaba para los más débiles: otro modo de llamarlos inferiores).

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La palabra santa

abril 5, 2021

La Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo

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Procesión nocturna en la Semana Santa de Zamora de 2019.CRISTOPHER ROGEL BLANQUET (GETTY IMAGES) / EPS

Martín Caparrós, El País, 5 de abril de 2021

Hay una ciudad santa, unos santos lugares, santa sede, santo sepulcro y guerra santa; hay una santa madre, un santo padre, un santo niño y algún santo varón y un espíritu santo; hay incluso un santo cielo y una santurrona y una santabárbara, un santo y seña, un sanseacabó en un santiamén, y no se acaba: la palabra santa todavía tiene tanto lugar en nuestras vidas.

La palabra santa siempre está, pero en estos días más: en estos días todo el tiempo. La palabra santa lucha, se defiende —aunque vaya perdiendo. No hay comparación: hace siglos, en su momento más tremendo, España tenía una Santa Hermandad para perseguir a los ladrones, una Santa Inquisición para perseguir a los pensantes y una Santa Cruzada y una Santa María para perseguir sus sueños de poder hasta la otra punta de Occidente.

La palabra santa definía. Decían que venía del latín sanctus, lo cual no deja de ser obvio, y que el latín podía venir de un sánscrito que significaba seguir, prescribir, adorar y quién sabe qué más: no sabían mucho. Ahora un poco menos, pero la Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo. O sea que estos momentos, sin ir más lejos, deben serlo. Porque estamos en esos días en que todo es santo: jueves, viernes, la semana. Nuestros festivos muestran qué somos, cómo somos, qué poder nos controla. Durante 15 siglos la Iglesia católica no tuvo rival: lo que puntuaba el tiempo eran sus santos. Ahora sí tiene un par: las patrias, con sus feriados nacionalistas, tipo independencias, y los Estados Unidos, con sus feriados globalizadores, tipo Halloween o San Valentín.

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