La palabra blasfemia

febrero 26, 2022

Solemos escaparnos por la tangente de la supuesta tolerancia: son sus costumbres, hay que respetarla | Columna de Martín Caparrós

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Martín Caparrós, El País, 26 de febrero de 2022

Decidieron matarla. Ella se llama Aneeqa Ateeq, tiene 26 años y unos jueces de Rawalpindi, Pakistán, la condenaron a la horca. Un hombre la acusó de haberle mandado por WhatsApp unas imágenes; Aneeqa dice que él le tendió una trampa porque lo rechazó. El tribunal no muestra las imágenes —so pretexto de que entonces se haría cómplice. Pero informa de que son chistes sobre un señor Mahoma que vivió hace 1.500 años, del que muchos creen que se conectaba con un personaje que llaman Alá. Por eso dicen que decir sobre él cualquier cosa que no acepten sus textos oficiales es una blasfemia. Y en Pakistán la blasfemia se paga con la muerte.

La palabra blasfemia suena fuerte: quizá sea esa efe o el final en emia, que nunca anuncia nada bueno. La palabra blasfemia suena antigua: de tiempos en que unos pocos decidían lo que todos podían o no podían decir, lo que podían o no podían hacer. La palabra blasfemia viene del latín blasphemia y del griego ídem y todavía significa, según la Academia, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”. La palabra blasfemia suena ajena: no lo es.

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La palabra año, por Martín Caparrós

enero 2, 2022

¿Existe algo que no tiene ninguna existencia real pero todos creemos que existe y actuamos como si existiera?

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Martín Caparrós, El País, 2 de enero de 2022

Empieza uno. Lo llamamos 2022, y hacemos como si de verdad algo empezara. El año es un invento extraordinario: más allá o más acá de ciertos dioses, hay pocas creaciones humanas que los humanos nos creamos tanto, pocas palabras que nos creamos tanto. Olvidamos que lo hemos inventado y lo vivimos como si existiera y así lo usamos, cada fin de él, cada comienzo, para creer que algo se acaba y algo empieza: que hay un corte, que seremos ligeramente otros. Estos días somos como niños con un año nuevo.

En el principio, por supuesto, estaba el tiempo. El tiempo pasa, siempre pasa, sin parar pasa, tan cruel y desdeñoso pasa, y darle nombres y medidas nos permite imaginar que lo controlamos. En algún momento, en cada lugar, cada grupo se buscó una forma de contar el tiempo; muchos pensaron que la mejor unidad sería ese lapso que tardan las estaciones en volver: lo que tarda la Tierra —sabrían mucho después— en dar una vuelta alrededor del Sol. En distintos lugares, de distintas maneras, muchos llamaron a ese ciclo año, o algo así.

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La palabra madrastra

julio 17, 2021

Las familias se reconvirtieron. Sacudidas del yugo religioso, tantas están hechas de retazos: los tuyos, los míos y los nuestros

Martín Caparrós, El País, 17 de julio de 2021

Madrastra acecha: ¿Quién se atreve a pronunciar esa palabra? ¿Qué dice quien la dice, qué se le escapa cuando habla? La Academia irreal, como siempre, orienta y desorienta. La palabra madrastra le merece dos definiciones: la primera hay que pensarla un rato —”Mujer del padre de una persona nacida de una unión anterior de este”—, pero la segunda es contundente: “Madre que trata mal a sus hijos”.

No hay duda, no hay salida: ser madrastra es toda una desgracia. Quien dice madrastra dice Cenicienta, una empleada doméstica de los tiempos en que las domésticas no eran empleadas, sino empleadas por sus dueños. Quien lo dice dice crueldad, explotación, dice maltrato, desamor. Y sin embargo no hay otras palabras para decir un hecho cada vez más notorio: que las familias ya no son lo que eran.

Durante siglos, la potencia de la ideología cristiana obligó a casi todos a formar relaciones constreñidas: un hombre y una mujer se ligaban —se “casaban”— para reproducirse y se reproducían y vivían juntos hasta que se morían; sus hijos vivían con ellos hasta que se ligaban a su vez y se reproducían y se morían, y así de seguido y amén y adiós muy buenas. (Los cristianos, por cierto, eran ambiguos: obligaban a todos a hacer lo que sus propios mandos debían evitar. Era una forma de decir a los suyos que la suya era una opción menor, la que quedaba para los más débiles: otro modo de llamarlos inferiores).

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La palabra santa

abril 5, 2021

La Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo

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Procesión nocturna en la Semana Santa de Zamora de 2019.CRISTOPHER ROGEL BLANQUET (GETTY IMAGES) / EPS

Martín Caparrós, El País, 5 de abril de 2021

Hay una ciudad santa, unos santos lugares, santa sede, santo sepulcro y guerra santa; hay una santa madre, un santo padre, un santo niño y algún santo varón y un espíritu santo; hay incluso un santo cielo y una santurrona y una santabárbara, un santo y seña, un sanseacabó en un santiamén, y no se acaba: la palabra santa todavía tiene tanto lugar en nuestras vidas.

La palabra santa siempre está, pero en estos días más: en estos días todo el tiempo. La palabra santa lucha, se defiende —aunque vaya perdiendo. No hay comparación: hace siglos, en su momento más tremendo, España tenía una Santa Hermandad para perseguir a los ladrones, una Santa Inquisición para perseguir a los pensantes y una Santa Cruzada y una Santa María para perseguir sus sueños de poder hasta la otra punta de Occidente.

La palabra santa definía. Decían que venía del latín sanctus, lo cual no deja de ser obvio, y que el latín podía venir de un sánscrito que significaba seguir, prescribir, adorar y quién sabe qué más: no sabían mucho. Ahora un poco menos, pero la Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo. O sea que estos momentos, sin ir más lejos, deben serlo. Porque estamos en esos días en que todo es santo: jueves, viernes, la semana. Nuestros festivos muestran qué somos, cómo somos, qué poder nos controla. Durante 15 siglos la Iglesia católica no tuvo rival: lo que puntuaba el tiempo eran sus santos. Ahora sí tiene un par: las patrias, con sus feriados nacionalistas, tipo independencias, y los Estados Unidos, con sus feriados globalizadores, tipo Halloween o San Valentín.

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