Libertad para pensar, libertad para decidir

Intervención de Luis Fernández, presidente de Asturias Laica, en la presentación del libro de Roberta Tatafiore «La palabra final. Diariu d´un suicidiu»

Luis Fernández (Asturias Laica), Noelia Ordieres (DMD)

30 de octubre de 2021

Ayer se clausuraban los actos organizados por DMD Asturias en torno a la exposición La muerte, digna e ilustrada (que podrá verse aún hasta mañana domingo a mediodía). Y se clausuraba con la presentación del libro de Roberta Tatafiore, La palabra final. Diariu d´un suicidiu.

La presentación del libro correría a cargo de Rafael R. Valdés, director de la colección Calume de Ediciones Trabe y de M.ª Antonia Pedregal, traductora al asturiano del texto original.

Maria Antonia Pedregal revisaría el interesante diario que la escritora italiana (rescatada ahora por ediciones Trabe) escribiría, a modo de testamento filosófico, en los tres meses que precedieron a su lúcido y programado suicidio en abril de 2009.

Previamente tendría lugar la intervención de Luis Fernández con una breve charla que tituló Libertad para pensar, libertad para decidir.

Libertad para pensar, libertad para decidir

En estos momentos la lucha por conseguir el derecho a una muerte digna ha focalizado su acción en la obtención de un reconocimiento legal al suicidio asistido. Pero este derecho se fundamenta en otro más general: el derecho al suicidio. Ocurre que sólo en aquellos casos en que las limitaciones del suicida le impiden ejecutar sus deseos se manifiesta necesario el amparo de una ley. Ésta aporta los recursos formales, pero los recursos morales están en el escalón anterior, en el derecho al suicidio. En el fondo se trata de asumir quién es el responsable de cada vida.

Como todos los derechos éste también es producto de luchas y acuerdos entre las diferentes fuerzas sociales presentes en cada momento del desarrollo cultural de cada sociedad, y desde esa óptica se puede realizar un análisis de su evolución.

En una aproximación muy esquemática podríamos hacer dos grandes grupos sociales:

– Los que consideran que la persona humana es el resultado de una creación realizada por un determinado dios y asumen que éste es el dueño de su vida y sólo a él le corresponde decidir sobre su fin. Para ellos el suicidio como acto de libertad está prohibido. (Con frecuencia tienden a querer imponer su criterio a todos los demás).

– Los que consideran que cada persona humana es el resultado de una interacción social, sobre una base dada por la evolución biológica, dotada de autonomía. Para ellos “su vida” es una propiedad individual de cada persona y la gestión de esta vida, incluida su finalización, pasa a ser una característica fundamental de la citada autonomía. (Consecuentemente respetan las decisiones individuales de los componentes del primer grupo).

Aunque en el presente podemos encontrar integrantes de ambos conjuntos, su aparición en la historia no es simultánea, mostrándose generalmente el segundo grupo como una transformación crítica del primero. La evolución de un escalón a otro, la secularización de las estructuras sociales, no es tan  sencilla como podría parecer en el esquema anterior. Todos los avances culturales son procesos históricos analizables en su desarrollo temporal, donde pueden observarse las fuerzas activas y las reactivas a los cambios.

En nuestro país la reciente aprobación de la ley de Eutanasia podría presentarse como un paso decisivo de nuestra sociedad hacia un más amplio reconocimiento de la autonomía personal. Al proteger la decisión de aquellos que, queriendo, no pueden concretarla en acciones, asume que cada vida está sometida a la responsabilidad individual de su protagonista. Los cambios legislativos alumbran cambios sociales, pero la realidad funcional de éstos exige un largo periodo de lucha para su acomodación. Las estructuras resistivas de la sociedad se muestran a través de diferentes mecanismos. El suicidio, lejano a los condicionamientos legales, situado fundamentalmente en territorio moral, permite analizarlas mejor.

Como señala Foucault las anteriores imposiciones sociales sobre el derecho a la propia vida en una sociedad secularizada aparecen en forma de lo que él denomina bio-poder, es decir, como técnicas que la sociedad desarrolla para el control de los cuerpos y por lo tanto de la vida de éstos.

El camino de estas fuerzas reactivas tiene un eje simple: convertir en patologías lo que antes eran pecados. (Quizás el ejemplo más claro observable a día de hoy sea el de la homosexualidad)

Como afirma el profesor de psiquiatría Thomas Szasz:

 “La psiquiatría ha refeudalizado con éxito la vida humana: ha convertido la salud en una propiedad de la medicina y de los médicos en la misma medida en que el hombre había sido propiedad de la Iglesia y de los curas

Dicho con otras palabras, la anterior condena al suicida como pecador y, consecuentemente, su expulsión de la comunidad (proyectada sobre sus allegados), se la sustituye por una medicalización del suicidio, anulando la autonomía del suicida desde un “principio de beneficencia” que considera que es responsabilidad de la sociedad proteger al individuo de sus propias acciones “desviadas” (Ruiz Gallardón declaraba querer limitar el derecho al aborto para proteger a las mujeres de sí mismas).

Es innegable que existen numerosas situaciones en que circunstancias temporales pueden condicionar el ejercicio de esa autonomía reconocida a cada persona humana, resultando conveniente el efecto amortiguador de un acompañamiento médico tanto o más que el imprescindible acompañamiento social, máxime cuando el resultado de estas decisiones es irreversible. El objetivo de este acompañamiento será siempre el ayudar a que cada persona ejerza su autonomía desde la mayor responsabilidad posible. Pero es un grave error (para Foucault una nítida manifestación del bio-poder) generalizar y actuar como si necesariamente todas las situaciones fueran patológicas. Es imprescindible profundizar e identificar cada circunstancia, diferenciar entre la desesperación puntual de origen social y/o patológico, y el ejercicio de autonomía personal consecuencia de una reflexión sensata.

Y es aquí donde resulta singular la aportación de Roberta Tatafiore. El 14 de abril de 2009 ponía fin a su vida, en un suicidio programado que ella misma describió en un detallado diario. La minuciosidad de su actuación, la serena reflexión que deja escrita, la lucidez de sus juicios muestran con nitidez el fundamento moral de su posición así como señalan un importante camino para el ejercicio de la autonomía personal, de esa libertad individual consecuencia de su libertad para pensar.

En una carta a sus amigos decía:

La mía ha sido verdaderamente una elección, una elección largamente reflexionada, preparada, acompañada en los últimos tres meses de un diario, ocupación que me ha dado luz en estos últimos días.”

Cuando la biopolítica dominante tiende a continuar el control de las vidas individuales difuminando las diferencias entre cada caso para poder incluirlas todas en la categoría de enfermedad, un ejemplo tan diáfano como el de Roberta permite situar con nitidez el otro polo de la situación, abriendo un necesario campo de diferenciación y por lo tanto de análisis y reflexión. De ahí la importancia del documento hoy presentado

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