Sexo, mentiras y olvidos capitales de la Iglesia católica, ¿es posible pensar en un devenir laico del Estado?

Como habitante atea en un Estado aconfesional solo aspiro a que este derive, más pronto que tarde, hacia un laicismo (no fundamentalista) que no se inmiscuya en la multiplicidad de prácticas religiosas existentes entre la población, pero tampoco privilegie (legal, fiscal, judicial o financieramente) a ninguna de ellas.

Pablo Santiago

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Marisa Pérez Colina, El Salto, 8 de febrero de 2022

Cantabria, a finales de la década de 1970. Entre los 8 y los 10 años solía acompañar a mi abuela a rezar el rosario en la ermita de su pueblo, mi pueblo en vacaciones. Me gustaba ver a las mujeres acariciando una a una las cuentas de sus rosarios, escucharlas cantar, enredar mi mirada en los encajes de los pañuelos que cubrían sus cabellos. Un día que llevaba puesto un vestido de tirantes, mi abuela me dijo que para subir al rosario tendría que cubrirme con una rebequita. El vestido me gustaba mucho pero la rebeca picaba. Así que esa tarde no la acompañé a la iglesia. No volví más. Le cogí miedo a la cosa desconocida que quería verme los hombros. Las intuiciones infantiles son muchas veces asombrosas y qué duda cabe de que esa animadversión de las religiones en general y de la católica en particular por todo lo relativo a “la carne”, despierta, como poco, una desazonante inquietud. 

Me he acordado muchas veces de este episodio. La última vez, cuando leí las conclusiones del informe de la comisión independiente que, en Francia, ha investigado los casos de pederastia en el seno de la Iglesia entre los años 1950 y 2020: al menos 216.000 menores fueron víctimas de pederastia en el seno de la Iglesia católica francesa en los últimos 70 años.

No darás falso testimonio ni mentirás

Desde que el diario The Boston Globe desvelara en 2002 un patrón de abusos sexuales a menores cometidos por religiosos y sistemáticamente silenciados por la Iglesia católica en Estados Unidos, llevamos dos décadas de denuncias, investigaciones y escándalos impulsados por asociaciones de afectados (hombres, en su mayoría) que supieron sacar fuerzas de fragilidad para quitarse la rebequita de la vergüenza y del miedo. Para mostrar sus heridas y señalar a sus agresores.

Cuesta llamar víctimas a quienes son capaces de alzar la voz y transformar el dolor en búsqueda de justicia, reparación y lucha por la erradicación de esta práctica estructural de abusos. Tampoco parece riguroso reducir a “lacra” agresiones llevadas a cabo por un 7 % del clero en muchos países, según cálculos de la Ending Clergy Abuse (ECA). Lo más justo y preciso sería reconocer la agencia valiente de quienes han osado romper el silencio para denunciar las condiciones estructurales de poder y, de resultas, la capacidad de autoprotección, encubrimiento e impunidad de la Iglesia católica.

Advertencia. Al hablar de la Iglesia católica, esto es, de una estructura de poder jerárquica, no me refiero ni, por lo tanto, critico o menosprecio, ni el valor de la espiritualidad en general ni, mucho menos aún, el compromiso generoso y cotidiano de personas y asociaciones de base cristianas apasionadamente comprometidas con la justicia social. Mi inteligencia refractaria al pensamiento trascendente y a la comprensión de la fe no me impide reconocer y admirar la labor desempeñada, por ejemplo, por las gentes de San Carlos Borromeo, en Madrid, una parroquia donde la palabra del evangelio se traduce desde hace veinticinco años en la construcción de una comunidad de acogida y apoyo mutuo entre, en sus propias palabras, los expulsados a los márgenes

No matarás

En relación a su sexismo y misoginia, la Iglesia católica ha sabido evolucionar y mucho, como no puede ser de otro modo en cualquier institución que aspire a mantener cierta capacidad de influencia social. Desde la colaboración fundamental de la Inquisición con los tribunales civiles en la invención de la brujería que, especialmente durante los siglos XVI y XVII, llevó a ejecutar en las llamas a más de 60.000 mujeres solo en Europa, ha llovido mucho. Pero la jerarquía católica sigue siendo, junto al Estado, una de las patas fundamentales de sostén del patriarcado. Por eso desconfía y previene contra los feminismos, contra todo aquello que les huela a «ideología de género», un concepto de origen Vaticano que, como bien explica Fernanda Rodríguez, se refiere «al conjunto de análisis y políticas que, desde mediados del siglo XX, han sostenido que la categoría “sexo”», lejos de estar fundada en una mera diferencia biológica, es una construcción social. Su problema se agrava cuando la mirada feminista se cuela en los propios templos y las cristianas feministas impugnan desde la interpretación sexista de los textos sagrados hasta la falta de igualdad de la institución eclesiástica, osando alcanzar el caballo de batalla esencial de la lucha eclesial contra los derechos de las mujeres: el derecho al aborto. A este respecto resulta imposible comprender cómo la Iglesia, en su enconada beligerancia en contra del derecho a abortar, se vuelve cómplice, en nombre de la vida, de la muerte de millones de mujeres en todo el mundo: según datos de la OMS, un 25 % de los embarazos acaba en aborto (independientemente de si este es legal o no) y la interrupción del embarazo en situaciones de clandestinidad y riesgo es a nivel global la tercera causa más habitual de muerte materna en el mundo. Obviamente, la falta de acceso a esta atención a la salud y sus letales consecuencias afecta principalmente, a las mujeres más empobrecidas y a los países del Sur Global. Sin embargo, lejos de preocuparse por la vida de las mujeres, el Papa Francisco ha expresado en declaraciones recientes que el aborto es un homicidio y las mujeres que recurren a él, sicarias. 

La obsesión católica por negar lo corporal y reprimir el deseo sexual habría tendido de algún modo a lo contrario, si pensamos en ese 7 % de clérigos pederastas

No consentirás pensamientos ni deseos impuros

La Iglesia católica instituyó el celibato en el siglo XI asegurándose de esta forma la entrega en cuerpo y alma del clero a la comunidad religiosa. Al contrario de la institución familiar, que siempre parece anteponer su propia reproducción a la de la sociedad de la que depende, la institución del celibato priorizó lúcidamente lo colectivo (la Iglesia) frente a lo individual/familiar, quedando los clérigos disponibles para las misiones y tareas requeridas. ¡Qué distinto sería el mundo laico y no creyente si impulsáramos formas de convivencia más socializantes de los afectos y los recursos materiales! El problema es que la Iglesia católica no se limitó a apostar por lo comunitario frente a lo individual/familiar, sino que vinculó el celibato a la orden de castidad. Subyacía, en su origen, el objetivo de evitar la degradación moral del clero o así concebían el celibato Papas como León IX y Gregorio VII. Pero la obsesión católica por negar lo corporal y reprimir el deseo sexual habría tendido de algún modo a lo contrario si pensamos en ese 7 % de clérigos pederastas comentado más arriba. De esta obstinación por tachar los placeres sexuales como algo impuro y prohibido se desprenderían dos consecuencias relevantes: el entender como matrimonio válido solo aquel que «se consuma» o reproduce; el no admitir, o no al menos desde la ortodoxia vaticana hasta el momento, la bendición religiosa del matrimonio homosexual, ni aceptar la homosexualidad entre el clero.  

A nadie se le escapa que la casilla del IRPF es un grifo que anualmente provee a la Iglesia de un 0,7 % del dinero público recaudado; una cantidad que para el ejercicio de 2019 (declaraciones realizadas en 2020) ascendió a 284,4 millones de euros

No robarás y no codiciarás los bienes ajenos

La Iglesia católica nunca ha hecho ascos a los bienes materiales. La acumulación de riqueza conlleva acumulación de poder y este permite influir en las instituciones de gobierno y en la elaboración de leyes, acumulando aún más riqueza y más poder. Parece que la institución del celibato permitió en su día un crecimiento de la prosperidad de la Iglesia que ya no tuvo que compartir los feudos con los hijos de los sacerdotes. Por centrarnos en el contexto actual, nos ceñiremos a revisar los privilegios materiales (económicos, fiscales) de la organización católica desde la Constitución del 78. 

Como bien explica Aristóteles Moreno en el diario Público, pese a la aconfesionalidad del Estado  español la Iglesia sigue dependiendo financieramente de este y se mantiene exenta de importantes impuestos, ajena a las obligaciones legales de transparencia e información pública respecto de sus cuentas, ilegalmente propensa a apropiarse de lo ajeno y peligrosamente tentada a especular con bienes inmuebles. 

A nadie se le escapa que la casilla del IRPF es un grifo que anualmente provee a la Iglesia de un 0,7 % del dinero público recaudado. Una cantidad que para el ejercicio de 2019 (declaraciones realizadas en 2020) ascendió a 284,4 millones de euros. Además, gracias a los Acuerdos de 1979 (negociados en secreto) entre el Estado español y la Santa Sede, todas las actividades religiosas de la Iglesia quedaron fiscalmente exentas. Por si fuera poco, y ley hipotecaria mediante, desde el año 1998 al 2015, la Iglesia registró como propios (sin necesidad de títulos de propiedad) 35.000 bienes inmuebles. De esta lista confeccionada por el Ejecutivo actual, la Organización católica solo devolverá 1.027 inmuebles. 

La Iglesia católica sigue siendo, en lo ancho del mundo y lo pequeño del Estado español, una institución fuertemente reaccionaria, patriarcal, misógina, homófoba y antidemocática. ¿Será capaz de transformarse?

Menos conocida es quizá la tentación especulativa que, como gran tenedora, la Iglesia parece compartir con fondos buitre, entidades financieras y otros grandes propietarios, así como con las clases medias rentistas de este país. Según revela una trama ahora en manos de un juzgado de Madrid, la Operación Padilla engloba una serie de operaciones opacas mediante las cuales la Iglesia vendió propiedades de varias fundaciones, entre ellas Fusara. La venta de esta fundación suponía dejar en la calle a más de 200 hogares, esto es, a cientos de inquilinas que pagaban religiosamente el alquiler de sus casas y pensaban poder vivir en ellas para siempre pues dichas rentas se destinaban a financiar actividades caritativas. Tras recibir los burofaxes de rescisión de sus contratos, las familias se organizaron con el apoyo de Bloques en lucha (una asamblea de colectivos y vecinas por el derecho a la vivienda) y dedicaron todas sus fuerzas a establecer algún contacto con un arzobispado que hizo oídos sordos incluso después de una concentración a sus puertas. La indiferencia del arzobispo Osoro no remitió hasta el traslado del caso a los tribunales. El juicio está aún en marcha. 

La Iglesia católica sigue siendo, en lo ancho del mundo y lo pequeño del Estado español, una institución fuertemente reaccionaria, patriarcal, misógina, homófoba y antidemocática. ¿Será capaz de transformarse? Este es un desafío que correspondería impulsar a las personas y organizaciones católicas y cristianas cuya lectura del evangelio se traduce en interpretaciones y prácticas más inclusivas, igualitarias y democráticas. Todo mi ánimo y solidaridad con ellas. Por mi parte, como habitante atea en un Estado aconfesional solo aspiro a que este derive, más pronto que tarde, hacia un laicismo (no fundamentalista) que no se inmiscuya en la multiplicidad de prácticas religiosas existentes entre la población, pero tampoco privilegie (legal, fiscal, judicial o financieramente) a ninguna de ellas.


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