El Gobierno ya ha enviado al Congreso el listado definitivo de las inmatriculaciones de la Iglesia

noviembre 1, 2020

Dos años después, al fin, sabremos qué bienes se inmatricularon entre 1998 y 2015

Inmatriculaciones de la Iglesia

Inmatriculaciones de la Iglesia

Jesús Bastante, Religión Digital, 1 de noviembre de 2020

Entre 1998 y 2015 la Iglesia inmatriculó “un total de 34.984 fincas” de las que la mitad fueron templos y la otra mitad “fincas con otros destinos”. La Iglesia registró 4.075 bienes del listado con la certificación eclesiástica y otro título. Los restantes 30.245, en cambio, los inscribieron únicamente por la certificación eclesiástica

¿Se avecina el final del secreto sobre las inmatriculaciones? El Gobierno, según ha podido saber RD, ya ha enviado al Congreso de los Diputados el listado definitivo de los bienes que la Iglesia inmatriculó gracias a la ‘ley Aznar’, y que suponen uno de los intermitentes puntos de conflicto entre Iglesia y Gobierno.

Ahora, tras la visita de Pedro Sánchez al Papa Francisco, el Ejecutivo cumple con un cometido por el que estaba obligado por ley, y que llevaba año y medio esperando el momento adecuado para llegar a la Cámara Baja. De ahí, a hacerse público -esperamos-, pasará poco tiempo.

De momento, sólo sabemos que el Colegio de Registradores calificó un “total de de 34.984 fincas” puestas a nombre de la Iglesia durante ese período, tan solo con la firma del obispo, quien actuaba como notario. La comunicación en la que el Colegio de Registradores entrega el listado de estos bienes al ministerio de Justicia dice que “18.535 se refieren a templos de la Iglesia o dependencias complementarias a los mismos y 15.171 a fincas con otros destinos”, según ha podido comprobar Maldito Dato a través de una petición de acceso a la información pública. Esto es: que la mitad pueden ser garajes, frontones, campos, pisos… Lee el resto de esta entrada »


La Iglesia mantiene intacto el estigma sobre el “pecado” homosexual pese a los gestos de aparente aperturismo del papa

noviembre 1, 2020

Gays y lesbianas están “llamados a la castidad” y los actos homosexuales “no pueden recibir aprobación en ningún caso”, establece el catecismo

El papa Francisco se coloca una mascarilla durante un acto de oración enmarcado dentro de un encuentro organizado por la Comunidad Sant'Egidio bajo el lema 'Nadie se salva por sí solo'.

El papa Francisco se coloca una mascarilla durante un acto de oración enmarcado dentro de un encuentro organizado por la Comunidad Sant’Egidio bajo el lema ‘Nadie se salva por sí solo’ / EFE

Ángel Munárriz, InfoLibre, 1 de noviembre de 2020

Había aparecido en la portada de la revista Zero vestido de sacerdote y dando un titular por el que mataría casi cualquier periodista, sobre todo en boca de un señor con alzacuellos: “Gracias a Dios, soy gay”. Su gesto, tan exquisitamente mediático, remedo de aquel “gracias a Dios, soy ateo” que se atribuye a Luis Buñuel, había envuelto la figura del sacerdote José Mantero en un irresistible aire de escándalo. Expulsado del púlpito en 2002, aquel cura que decidió salir del armario pudo haber sido un icono pop. Era un caramelo para las televisiones. Pero no entró por ese aro. Hubo quien no lo entendió. ¿Qué buscaba con un gesto así, si no era ruido? Buscaba que una idea se abriera paso, tan sencillo como eso. Una idea obvia para aquel católico: los homosexuales también lo son por la gracia de Dios y no merecen la postergación de su Iglesia. Una idea que aún no se ha abierto paso en la institución católica, cuyo primer jerarca, el papa Francisco, acaba de realizar un comentario de aspecto rupturista al mismo tiempo que mantiene indiscutidos los textos oficiales que estigmatizan al homosexual.

Este periodista visitó a Mantero en su casa en 2008 para un reportaje en Público. Sorprendía la hondura reflexiva e intelectual del hombre, el contenido crucial que daba a su salida del armario, equívocamente interpretado como postureo. Bajo una repisa donde convivían el Antiguo Testamento y el Tratado de ateología, de Michel Onfray, el Nuevo Testamento y El Inquisidor, de Patricio Sturlese, Montero acreditaba en la conversación profundo conocimiento del catecismo y la historia de la Iglesia, así como originalidad y empatía en sus planteamientos, laxos incluso con quienes lo habían marginado.

“La homofobia de la Iglesia es el exorcismo de un diablo interior”, dejaba caer Mantero.

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