El Me Too de la pederastia en la Iglesia: empiezan a aflorar testimonios de personajes públicos

Cada vez más personas dan el paso motivadas por el relato de otras víctimas. “Esta ola de casos me ha empujado. Nunca me habría atrevido”, cuenta el periodista José Antonio Martínez Soler

El periodista José Antonio Martínez Soler, víctima de abusos cuando era menor en Almería, este viernes en su casa de Villanueva de la Cañada (Madrid) / Olmo Calvo

Fuentes: El País (Emilio Sánchez Hidalgo), Cadena SER (A vivir que son dos días), 12 de febrero de 2022

Muchas de las víctimas de la pederastia en la Iglesia no tenían manera de saber si lo que sufrieron de niños eran episodios puntuales o parte de un patrón repetido en colegios y parroquias de España. Compartir momentos tan dolorosos es dificilísimo. Han comprendido que el escenario era el segundo, que no pasaba solo en su colegio, cuando muchas de estas víctimas han contado sus historias, como las 251 que EL PAÍS ha recopilado en los últimos años y que han motivado que el Vaticano abra una investigación. Esos relatos empujan a otras personas en la misma situación, una ola que ha tomado fuerza en las últimas semanas y que recuerda al Me Too, el grito feminista que quebró en 2017 el silencio en torno a las agresiones, el abuso y el acoso sexual a mujeres cometido por hombres en posición de poder.

“Tenía ocho o nueve años [en 1955 o 1956] y llevaba poco tiempo en el colegio. Yo confiaba en él”, contaba esta semana en La Voz de Almería el periodista José Antonio Martínez Soler, sobre lo que le sucedió en el colegio La Salle de Almería. El párroco que abusó de él era el hermano José. “Conmigo se mostraba simpático y generoso. Me daba caramelos y vales de buen comportamiento para mejorar mis notas o aliviar los castigos. En un momento, pasó de acariciarme el cuello y la cara a mis muslos. Yo vestía pantalón corto. Enrojecí de vergüenza y de impotencia. Me quedé paralizado. Él apestaba a sudor seco. Su respiración se aceleraba. No pude o no supe reaccionar hasta que me abrazó e intentó acariciarme el pito. O sea, hacerme una paja. Llegó a tocarlo. Aturdido, salté de sus rodillas, a punto estuve de caerme rodando por el suelo, y salí corriendo, espantado, de aquel despacho/mazmorra”.

La pederastia en la Iglesia se ha convertido en las últimas semanas en uno de los principales sujetos de la conversación política en España, lo que está ayudando a que muchas personas, como Martínez Soler, compartan el relato de los abusos que sufrieron. Buena parte de este impulso se debe a la investigación abierta por la Santa Sede a partir del dosier de EL PAÍS. Desde entonces se han empezado a mover los poderes públicos: la Fiscalía General del Estado ha pedido a las fiscalías autonómicas que recopilen todos los casos de abusos en la Iglesia y el Gobierno está buscando la fórmula para articular una investigación independiente. El presidente del Ejecutivo apuesta por que el Defensor del Pueblo lidere la iniciativa.

Martínez Soler explica por teléfono a EL PAÍS que el revuelo en torno a los abusos en la Iglesia en las últimas semanas le ha animado a contar su experiencia públicamente por primera vez. “Esta ola de casos me ha empujado. Si no es por los primeros, que lo han contado con mucha valentía, nunca me habría atrevido. Yo soy más cobarde, pero siento una atmósfera de esperanza, un empeño de que se persiga a los abusadores y que nunca se repita esto”, explica, a sus 75 años. Uno de los casos que más le han impresionado y que ha ayudado a que cuente públicamente lo que le pasó es el del escritor Alejandro Palomas, también alumno de otro colegio de La Salle: “Desde febrero de 1975 hasta las Navidades de 1976, sufrí abusos por parte del hermano L.”, contó la semana pasada.

Una portavoz de La Salle explica que, ya que el periodista ha preferido no interponer una denuncia, han puesto en marcha una investigación interna basándose en lo que ha contado Martínez Soler. Preguntada por la posibilidad de que esta investigación se ponga en contacto con otros antiguos alumnos coetáneos para saber si sufrieron lo mismo, la portavoz explica que la institución “se ciñe” a lo que contó el periodista y que “abren las puertas” a que otras personas aporten su testimonio. La Salle acumula un total de 26 acusados y al menos 60 víctimas en 27 de los 115 colegios que la orden tiene en España, según la contabilidad de este periódico, la única existente en España ante la ausencia de datos oficiales o de la Iglesia.

Martínez Soler es un referente periodístico en España: fundó 20 minutos y fue redactor jefe de EL PAÍS y Cambio16. Sus investigaciones sobre la cúpula de la Guardia Civil en la revista El Doblón, en la Transición, le costaron un secuestro en 1976. “Mi mujer es de Boston (Estados Unidos) y es periodista, así que conocía de primera mano la investigación de The Boston Globe”. Este medio de comunicación destapó la red de abusos en la Iglesia católica de EE UU, una investigación que ilustró en 2015 la película Spotlight. “Siempre me decía que tenía que contar lo que sufrí, que si estaba pasando en Estados Unidos o en Irlanda seguro que también sucedía en España. Tenía razón”.

Almería, la provincia en la que sufrió los abusos Martínez Soler, era una de las únicas tres en las que EL PAÍS aún no ha encontrado casos de pederastia en la Iglesia. Las otras dos son Soria y Guadalajara. “Pues sí hubo, y muchos. Al compartir esta historia en Facebook varios compañeros de mi curso han contestado con sus experiencias en primera persona. Otros cuentan que conocen a personas traumatizadas por estos comportamientos”. “El problema”, continúa el periodista, “es que hemos estado 40 años bajo un régimen nacional católico en que Iglesia era un pilar. Si denunciabas a la Iglesia tus padres podían quedarse sin trabajo, si no les pasaba algo peor. El miedo habitaba entre nosotros, no solo por los abusos. Se imponía una omertá total”, añade Martínez Soler.

Ese clima es el mismo al que alude Juan Clavero, activista medioambiental muy reconocido en Cádiz por su papel en Ecologistas en Acción. El 29 de enero contó en Diario de Cádiz los episodios de abusos que conoció en la década de los setenta en su centro educativo jesuita de Sevilla, el Colegio Inmaculado Corazón de María, Portaceli: “Lo peor era la impunidad con que algunos jesuitas abusaban sexualmente de los alumnos. Yo no los sufrí, ellos escogían a sus víctimas entre los niños con carácter débil y problemas afectivos, necesitados de un amparo paternal. Sí sufrí las confesiones de algún cura pervertido. Todos sabíamos lo que pasaba”, escribe. Le expulsaron del centro por denunciar a los curas abusadores. “Hace menos de un mes”, explica a EL PAÍS, “accedí a mi expediente escolar. Aluciné: no dice nada de que fuese expulsado, solo que me di de baja. Mi padre, que era un católico ferviente, creyó a los curas y prácticamente me repudió”.

En la otra punta de España, en Santiago de Compostela, estudió el periodista Gonzalo Cortizo. “Escuché en la SER que hablaban de un tal J.B. [también incluido en el dosier de este periódico] que había abusado de varios alumnos en el colegio La Salle de Santiago. Supe inmediatamente quién era. Me había dado clase”, explica en conversación telefónica. Este martes publicó en elDiario.es un texto en primera persona en el que identifica al supuesto abusador, con el que coincidió en los ochenta: “Yo lo reconozco al instante. Joaquín Berruguete, el hermano Berruguete. Es jefe de estudios, profesor de Física y Química, aficionado a tocar a los alumnos por debajo de la ropa. Un personaje violento que te podía hacer sangrar de un puñetazo si no entendías un código loco, que casi ninguno entendíamos. Lo que hacía aquel cura siempre empezaba como una broma y acababa mal. Nosotros no teníamos cultura sobre abusos pero tampoco éramos gilipollas. Aquello formaba parte de un sistema y este es, quizás, el aspecto más importante de todo: no eran hechos aislados, otros profesores hacían cosas parecidas. Yo, salvo que mi memoria me haya traicionado para cuidarme, fui de los que se salvó”.

El nuevo empuje al debate sobre los abusos está ayudando a que afloren cada vez más denuncias [que este periódico sigue recibiendo en el correo abusos@elpais.es]. Sin embargo, antes otras muchas personas han ayudado a visibilizar la pederastia en la Iglesia compartiendo sus relatos oscuros del pasado. Por ejemplo, el premio Nobel Mario Vargas Llosa lo reveló en su obra El pez en el agua (primera edición en Planeta, 1993) y lo detalló en una entrevista en septiembre de 2021: “Me distancié por completo de la religión, pero chicos de mi barrio no se recuperaron nunca”. El director de cine Pedro Almodóvar contó en otra entrevista en 2019 que un sacerdote había intentado abusar de él: “Recuerdo al menos 20 niños internos que fueron acosados. También lo intentaron conmigo, pero siempre logré escaparme. Había un sacerdote que siempre me ponía la mano en el patio para que se la besase. Nunca lo hice. Siempre huía. Teníamos mucho miedo”. El artista y colaborador televisivo Enrique del Pozo sufrió abusos cuando tenía 11 años: “Recordarlo me produce una especie de nudo en el estómago”.

Todos estos testimonios son de hombres, pero las mujeres también sufren la pederastia en la iglesia: representan un 14,6% de las víctimas del dosier que EL PAÍS ha entregado al Vaticano.

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