La derecha española abraza la fijación ‘trumpista’ con la escuela y el sexo

Frente a una parte de la sociedad secularizada y multicultural, se producía un repliegue identitario de base religiosa entre lo nostálgico y lo identitario

Manifestación del Orgullo 2022 en las calles de Madrid bajo el lema ‘Frente al odio: visibilidad, orgullo y resiliencia’ / EFE

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Ángel Munárriz, InfoLibre, 11 de julio de 2022

La derecha española se ha entregado al producto made in America. La imitación al Partido Republicano, dominado por el trumpismo y con fijación por la «cultura de la muerte», el «adoctrinamiento infantil» y la «identidad amenazada», es total en Vox pero se da también en sectores del PP. La «guerra cultural» llegada a España abarca múltiples batallas, con el aborto como madre de todas ellas. La pugna es intensa en el terreno educativo, donde PP y Vox siguen al milímetro tácticas del manual trumpista. Dos ejemplos. 1) Cuando Macarena Olona (Vox) alerta de una enseñanza de la «masturbación» a «niños de diez años», no hace sino copiar una obsesión del Partido Republicano, dedicado a sembrar «pánico moral» ante la supuesta amenaza que para la infancia constituyen los progresistas degenerados que controlan las aulas. 2) Al anunciar una revisión de los libros escolares por su «ideologización política» y eliminar del currículo de Infantil la contribución al «desarrollo sexual», también Isabel Díaz Ayuso (PP) incurre en una imitación del trumpismo.

Si al principio eran un puñado de obvias imitaciones –cuando Santiago Abascal reclamaba muros en Ceuta y Melilla pagados por Marruecos o intentaba atizar el debate de la posesión de armas–, ahora el paralelismo llega más lejos. El enfoque importado combina dos elementos contradictorios: puritanismo escandalizado ante la degeneración progresista y pose de rebeldía frente la ofensiva liberticida. Funciona a un lado y otro del «eje de conflicto» GAL-TAN –Green, Alternative, Libertarian Vs Traditionalists, Authoritarian, Nationalists–, que permite a las derechas centrarse en «cuestiones postmateriales como feminismo, ecologismo, libertad sexual y multiculturalismo» para «criticar el establishment sin apuntar al orden económico», explica Daniel V. Guisado, autor de Salvini & Meloni. Hijos de la misma rabia.

Esta estrategia usa con frecuencia la falacia del hombre de paja, que recurre a un sujeto abstracto, estereotípico, que en este caso sería el progre pijo urbanita que quiere decirnos qué pensar, qué decir, qué comer y cómo desplazarnos. Ahí cabe integrar la defensa que hacen el PP y Vox no sólo de una identidad rural supuestamente amenazada, sino también del derecho a comer carne o conducir un coche pese al empeño castrante de la izquierda. Son expresiones tan fáciles de toparse en una tertulia de la Fox como a lo largo y ancho del espacio mediático conservador en España. Está claro, ha calado.

Aunque en España el alumno aventajado es Vox, el PP está en la misma cruzada. A juicio de Guisado, la apuesta por las «guerras culturales» puede ser un error de ambos partidos. En el caso de la extrema derecha, por funcionar «por importación directa y no por adaptación». No es un modo inteligente de actuar, a juicio del investigador, ya que en España la extrema derecha no nació como «reacción cultural», sino como una efervescencia nacionalista en respuesta al independentismo en Cataluña. En cuanto al partido de Alberto Núñez Feijóo, el error puede ser más grave. «Partidos como el PP o los Republicanos en Francia acaban bailando al ritmo de las derechas radicales, también en la guerra cultural. Por una cuestión falsa: creen que así son más competitivos, cuando sabemos que en realidad lo único que hacen es empoderarlos». El propio Abascal presume de este éxito: «Ya hemos logrado un cambio cultural».

El historiador Steven Forti, autor en Extrema Derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, enfatiza una particularidad que hace tanto a Vox como al PP especialmente permeables al influjo trumpista: a diferencia otras derechas europeas –con excepciones como la polaca y la británica–, la española «está muy vinculada con el mundo republicano norteamericano», en el PP desde la forja de la complicidad de José María Aznar con George W. Bush y en Vox desde sus orígenes a través de la figura de Rafael Bardají, precisamente próximo a Aznar por su trayectoria en FAES, y que fue el hombre que abrió al partido de Abascal las puertas de EEUU y le facilitó el contacto con Steve Bannon.

El origen en Estados Unidos

Pero, ¿dónde arranca el fenómeno? A principios de los 90, algunos observadores anotaron que la sociedad estadounidense empezaba a dividirse no sólo a un lado y otro de los ejes izquierda/derecha rural/urbano o liberal/conservador, sino en función de otro que los sintetizaba a todos. Frente a una parte de la sociedad secularizada y multicultural, se producía un repliegue identitario de base religiosa entre lo nostálgico y lo identitario. Un sociólogo entonces treintañero, James Davison Hunter, acertó a captarlo en un ensayo cuyo título acuñó un término: Guerras culturales. La lucha por definir America. Era 1991 y aquí José María Aznar trataba de sacar a Felipe González de La Moncloa con el binomio «paro y corrupción». El aborto, el «lobby Lgtbi», la sexualidad en las aulas, el retroceso de la «familia tradicional»… nada de eso había trepado aún al primer plano en España. Hoy sí. Hoy, como destaca Guillermo Fernández, autor de Qué hacer con la extrema derecha en Europa, la derecha española ha «importado» de EEUU no sólo el abanico temático y el modo de abordarlo, sino también algunos términos, como el de «izquierda woke». Un discurso, recalca, que ha calado también en sectores de la izquierda.

Antes de asentarse en España, el fenómeno se hizo ya protagonista en EEUU con la irrupción del Tea Party en 2009. A lo largo de las dos presidencias de Obama, añade Steven Forti, las «guerras culturales» comenzaron a ganar «centralidad» en USA, cebadas por medios como Fox o Breitbart, referencias para una alt-right que presumía de no avergonzarse jamás de decir lo que pensaba. El paso siguiente fue Donald Trump, que ganó las primarias de su partido en 2016. La derecha radical en todo el mundo tomó nota de cómo había usado las «guerras culturales» para «polarizar y pescar en río revuelto», llevando el debate al terreno de los valores en temas como la educación, la familia y el sexo. Las culture wars parecían brindar a las derechas la cuadratura del círculo, llegando a sectores del electorado a los que, con un discurso contante y sonante sobre economía, tendrían más difícil acceso.

El salto a España

En España los primeros amagos corrieron a cargo de las derechas católicas radicales, con grupos como Hazte Oír, cuyo líder, Ignacio Arsuaga, había aprendido activismo en el Phoenix Institute. El intento de atizar la «batalla cultural» durante la primera legislatura de Zapatero (2004-2008), la de la teoría de la conspiración del 11M y el rechazo al matrimonio gay y a la asignatura de Ciudadanía, se topó con un límite: la falta de entusiasmo del PP de Rajoy. A juicio de la derecha más radical, el PP «no se indignaba lo suficiente ante esa agenda del lobby gay y la ideología progre», recalca el sociólogo Guillermo Fernández, que sitúa ahí el germen de Vox, nacido en 2013.

En efecto, Vox ha sido desde su origen refugio de las derechas cabreadas con el PP por no oponerse con firmeza al «pensamiento único». El propio partido de Abascal se presenta como el único dispuesto a librar la «guerra» contra el «marxismo cultural». De hecho, tanto la fundación de Vox, Disenso, como la escuela de formación ISSEP Madrid, vinculada al círculo más estrecho de Abascal, nacen con la declarada vocación de librar esta batalla.

Vox, la masturbación, la pedofilia y la cancelación

Resumamos el mundo visto desde la trinchera cultural, tomando la explicación de Guillermo Fernández: hay un «ellos» –los malos: la izquierda, el feminismo, el lobby Lgtbi, la élite progre– que pretenden «decirnos cómo tenemos que pensar» y así «deconstruir» la sociedad arrasando con sus instituciones básicas, en especial la familia y el matrimonio hombre-mujer. Frente a este «adoctrinamiento», hay un «nosotros» que iza la bandera de la «libertad». Así de sencillo. Con tal delimitación, no sorprende que haya un terreno en el que este discurso se despliegue de forma más natural: la educación. Ahí hay que inscribir el «pin parental», iniciativa impulsada por organizaciones como Hazte Oír y Profesionales por la Ética y apadrinada por Vox, que promete a las familias un control sobre los contenidos que reciben sus hijos. La premisa es que estos están siendo educados conforme a la «ideología de género» o incluso pervertidos sexualmente. Es exactamente lo que sostienen en Estados Unidos el Partido Republicano y sus antenas mediáticas.

Hay que fijarse en lo que dice Olona para ver cómo el paralelismo llega hasta la mímesis. «Si a sus hijos o a mi hijo se les acerca un hombre o una mujer en el parque y les habla de masturbación, llamaría a la Policía Nacional. Ustedes han metido a esas personas del parque en las aulas andaluzas», le soltaba la candidata de Vox a Juan Manuel Moreno (PP) en un debate andaluz. Yendo al fondo, la idea de que la escuela está inundada de contenido depravador es calcada a la que utiliza en EEUU el Partido Republicano, cuya cruzada contra la formación sexual o en diversidad incluye la insinuación de que hay una estrategia de promoción de la pedofilia a gran escala.

Entre los comentaristas y políticos republicanos ha cundido incluso una expresión: la izquierda está «preparando a los niños» –»grooming kids»–, se entiende que para dejarlos listos para el abuso, una acusación que conecta a su vez con la teoría de la conspiración de Qanon, según las cuales existe una trama internacional izquierdo-pedófila. A esas fosas ha caído el partido de Abraham Lincoln. La congresista Lauren Boebert, fiel hasta las últimas consecuencias al presidente Trump, es un puntal de la teoría del «grooming», que rastrea por todo el país el uso de materiales a su juicio inapropiados para niños para elevar después la anécdota a categoría. Por supuesto, la congresista Marjorie Taylor Greene, conocida por su afinidad con Qanon, también identifica a la izquierda con la pedofilia y el «grooming». Es el mismo tipo de pánico que trata de sembrar la diputada de Vox en Madrid Alicia Rubio.

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Otra obsesión importada de EEUU es el rechazo a la «cultura de la cancelación», por la que la izquierda se estaría arrogando el derecho de decir qué se puede decir y qué no.

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Esta línea de discurso nació a finales de la década pasada en EEUU para denunciar los supuestos excesos de la corrección política a los que han llevado los movimientos Me Too (feminista) y Black Lives Matter (antirracista). Trump elevó la «cultura de la cancelación» a la categoría de «totalitarismo» moderno. Es un tema recurrente en la parrilla de Fox News y una bandera del Partido Republicano, que ve «cancelación» por todas partes: en los medios, en la universidad y hasta en el ejército. Un ejemplo extremo: el Grand Old Party hace campaña contra el cese de un teniente coronel, autor de un libro según el cual el ejército está en vías de ser tomado por el marxismo y la «teoría crítica racial». El senador Ted Cruz lo presentó como una víctima de la persecución woke. El congresista Byron Donalds considera al militar un «héroe».

El PP, de Casado a Ayuso

El PP va un paso por detrás de Vox en este camino, pero en la misma dirección. Pablo Casado, siempre mirando de reojo a Abascal, proclamaba su voluntad de dar la «batalla cultural» y defendía «una cultura libre frente a la cancelación». Una y otra vez denunciaba el «adoctrinamiento» en las aulas. No obstante, Casado, que nunca llegó a consolidase como líder, no convenció a los sectores de su partido más seguros de librar en campo abierto la batalla ideológica. Cayetana Álvarez de Toledo, en su libro Políticamente indeseable, afirma que Casado consideraba la «batalla cultural» «un error estratégico». Decía que la nombraba, sí, pero en el fondo no estaba decidido a darla.

A diferencia de Casado, la presidenta no habla de «batalla» ni de «guerra cultural». Pero sí la libra. Y su forma de obrar deja claro que sabe cómo actúa la derecha en Estados Unidos. Si los republicanos se presentan como el único partido valedor del «estilo de vida americano», Ayuso defiende las cosas «a la madrileña». Eso también es «batalla cultural»: pasar de debatir políticas a debatir formas de ser. Así lo que defiende la izquierda no es sólo erróneo, es contrario a lo madrileño o lo español o lo «occidental«.

Donde Ayuso ha sublimado su imitación del trumpismo es en el terreno educativo. “Pretenden cambiar El mundo de Sofía por El mundo de Sánchez. Vamos a trabajar para acabar con el adoctrinamiento que pretende el Ministerio de Educación hacia todos los niños, especialmente […] con los libros de texto”, declaró la presidenta al anunciar su solicitud de retirar todos los manuales “que contengan material sectario”. Aunque el anuncio queda de momento en nada, Ayuso logró una gran cobertura mediática abriendo un melón abierto hace años en –¿dónde si no?– Estados Unidos.

Allí los republicanos han apuntado su dedo acusador contra libros de texto que supuestamente dan una visión tendenciosa sobre cuestiones como el racismo, la diversidad de género o incluso la actuación de Israel en relación con Palestina. La polémica es aguda en Florida, donde el Estado rechazó 54 libros para sus colegios públicos por incluir elementos de la «teoría crítica de la raza» o el «aprendizaje socioemocional». El gobernador de Florida, Ron DeSantis, se ha declarado en contra de lo que considera distracciones del aprendizaje puro y duro. El PP y Vox también hacen causa contra la introducción de la «perspectiva de género» en las aulas, que ven como una ridiculez.

El partido de Trump va más allá y respalda incluso a los padres y autoridades educativas que defienden la retirada del alcance de los niños –de bibliotecas públicas, por ejemplo– de libros que abordan temática racial o sexual de forma –a su juicio– inapropiada para niños. La ofensiva afecta a títulos como Beloved, la obra sobre la esclavitud de la premio Nobel Toni Morrison, o El cuento de la criada. En Oklahoma, los republicanos han promovido una ley que permite a los padres vetar libros donde se aborde “el estudio del sexo, las preferencias sexuales, la actividad sexual, la perversión sexual…».

Una contradicción en Ayuso: se presenta como una defensora a cualquier precio de la libertad individual frente a una izquierda «puritana y retrógrada», pero al mismo tiempo se alinea con las visiones reaccionarias sobre el aborto al retratarlo como un capricho irresponsable. Esto dijo en octubre de 2021: «[El aborto] no se ha de celebrar como una fiesta, como si fuera una liberación […]. Me parece que es horroroso». Otra paradoja: Ayuso elimina del currículo de Infantil el desarrollo sexual mientras denuncia que la izquierda quiere poner «comisarios políticos» en los colegios.

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Atención a las dos organizaciones que se dicen en combate contra la «cultura de la cancelación»: 1) NEOS, del católico de orden Jaime Mayor Oreja, que hace llamamientos a «alzar la voz» y «romper el silencio», como si sus ideas hubieran estado reprimidas. 2) Asociación Católica de Propagandistas, que tras más de un siglo de activismo conservador –incluyendo nueve ministros franquistas– ahora hace suyos símbolos antisistema e iconografía anarquista en sus campañas contra la «corrección política». En cuanto a Hazte Oír, los días pares lanza campañas para cancelar Netflix por emitir películas heterodoxas sobre Cristo y los impares se dice víctima de la «intolerancia» y la «censura» progre.

La inacción del «gestor» Feijóo

Feijóo parece a priori la antítesis del «guerrero cultural». Evita los temas polémicos cuanto puede y se presenta como un «gestor» centrado en la economía. Pero lo cierto es que no hace nada contra la extensión en su partido de posiciones extremas en temas como el aborto. Un radicalismo copiado del republicanismo trumpista se expresa sin inhibiciones en las filas del PP, defendiendo las leyes integristas de Estados como Texas y Oklahoma y aplaudiendo la sentencia del Supremo de EEUU. El senador Javier Puente, el rostro más destacado de esta corriente dentro del PP, inscribe su cruzada «provida» dentro de una gran «batalla cultural» en defensa de «nuestra civilización». Feijóo calla.

¿Más tics trumpistas en la derecha española? La difusión de la sospecha de tongo electoral, típica de Vox, ha sido abrazada por el PP a raíz de los cambios accionariales en Indra. Eso no es propiamente «guerra cultural», pero sí teoría de la conspiración, íntimamente relacionada. El tiempo dirá si el partido de Feijóo le da continuidad.

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