Iglesia y abusos en tiempos de guerra

Enrique del Teso

Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo / Eloy Alonso

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Enrique del Teso, La Voz de Asturias, 12 de marzo de 2022

Clarín filtraba su acidez con la Iglesia en los soliloquios del Magistral de la Catedral: «Yo soy un hombre que ha aprendido a decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de acíbar». La Iglesia siempre cultivó dos emociones negativas en los creyentes: el miedo y la culpa. La miel es la vida eterna. La hiel es vivir con culpa y miedo.

El creyente siempre es indigno y pecador. No vale que la culpa sea matar o robar, porque es fácil vivir sin matar ni robar y, por tanto, es fácil sentirse digno. La única forma de sentirse indigno es que el vicio esté asociado a la naturaleza propia, a lo que le acompaña a uno sin remedio. El sujeto solo puede creerse pecador si la virtud consiste en una lucha contra sí mismo que no puede vencer. Por eso la Iglesia predica tabús relacionados con las inclinaciones naturales del cuerpo y con especial énfasis las que tienen que ver con el sexo y sus aledaños.

Por su parte, el miedo no es solo por el castigo eterno, sino por esta vida en la que somos todos los días culpables. Los mensajes de la Iglesia son oscuros e hiperbólicos, siempre anuncian calamidades inminentes. Hablan de disolución de la persona, de la muerte a la familia, campos de exterminio de bebés, zozobra del ser humano. Siempre es un momento tenebroso, en el que está a punto de culminar alguna maldad máxima. No son reformas laborales, ni un paro desbocado, ni cifras de mujeres muertas, ni brotes racistas lo que motiva estos augurios sombríos. Siempre son leyes sobre la homosexualidad, el aborto, derechos de la mujer, uso de células madre o similares.

Si algo necesita la Iglesia es sumisión. Aspira a que los creyentes sean lo que decía el Magistral: prisioneros. El miedo y la culpa son poderosas herramientas. La manipulación de la emoción religiosa es habitual en los regímenes y partidos autoritarios. En la amenaza (real, esta sí) de la ultraderecha internacional, el fanatismo religioso está actuando como plasma sanguíneo por el que se mueven y llevan a puerto grandes cantidades de dinero para desestabilizar las democracias y en el que se disuelven rencores, frustraciones y creencias bienintencionadas, para crear olas como las que llevaron al poder a Bolsonaro y a Trump. En España, a través de Hazte Oír y similares, se hace lo mismo.

Hay, desde luego, un nivel en que la religión debe ser pensada como el ingrediente digno que es en nuestra convivencia. Pero el caparazón de la Iglesia cubre esa superficie respetable y todas las profundidades degradadas, sin que haya un corte limpio. Bajo el respeto a lo respetable, el caparazón cobija también lo degradado. Los obispos fueron los primeros en utilizar en democracia el lenguaje sectario y de odio que ya se hizo habitual. Les irritan los derechos de la mujer. En sitios de Latinoamérica, en barrios de nuestras ciudades, en momentos de nuestra historia, la Iglesia protagonizó grandezas. Pero no es esa parte la que nos toca.

Sospecho que en realidad ninguno de los que pueden gobernar en España quiere realmente diluir la influencia de la Iglesia. Tiene sus ventajas. Siempre se gobierna más fácil a una comunidad vertebrada que a una población a granel. La religión es un poderoso símbolo identitario que hace que los individuos se sientan parte de una colectividad. Eso hace más factibles las conductas colectivas ordenadas y desarrolla un grado de altruismo interno que, bien regulado, es eficiente.

La religión tiene además memoria, lo que intensifica esa pertenencia a algo mayor que viene de atrás. Es un efecto similar al de la emoción nacional. La emoción nacional es configurable en estados democráticos, la religiosa no. Pero, como digo, es cómodo asentar un gobierno sobre aquello que da cierta cohesión a la población. En países abiertos como el nuestro el efecto puede ser, además de cómodo, positivo. La gente no vive la religión con la intensidad fanática que pretende el obispado.

Los creyentes mantienen rituales de culto en los momentos clave de su vida, interiorizan la tradición religiosa, pero no se creen los cuentos de miedo del sexo, el divorcio, el horror de la masturbación y el tenebroso castigo eterno. Ni les importa si su vecino es ateo. Actúa como elemento de cohesión, sin que cale el mensaje de miedo y culpa. Por eso, por pereza y por el poder que tiene la Iglesia, los partidos que deberían no afrontan la anomalía de la Iglesia.

La memoria de la Iglesia aquí está llena de impurezas totalitarias. La derecha española pacta con la ultraderecha porque la lleva dentro de sí. Y es propio de la derecha sectaria utilizar los elementos comunes e identitarios como frentes políticos. Así, a la vez que eluden la racionalidad política, polarizan y fidelizan mediante la intolerancia. En vez de hablar de impuestos o servicios, los mensajes se centran en España y la bandera, para que la pugna no sea entre opciones políticas sino entre españoles y enemigos.

La Iglesia presenta como ataque a la fe la resistencia a sus intransigencias, a la aceptación de sus miedos y culpas, y la derecha cabalga sobre esa agitación blandiendo un catolicismo nacional. La contienda política cada vez se basa más en emociones simbólicas (por qué si no iba a ser tan político el debate sobre los toros) y ahí la Iglesia tiene poder como anfitriona de muchas tradiciones simbólicas. Por eso su influencia, su potencial estructurador, en España se vuelca sobre la división, la intolerancia y muchas veces es percha emocional de odio.

Por esa pereza o falta de energía se le mantienen privilegios fiscales, legales y de apropiación muy caros y se permite que su ambición altere algunos de nuestros servicios básicos. Suelen decir las jerarquías que la Iglesia ahorra dinero al Estado. Hágase entonces la luz, como dice el Génesis, conozcamos las cuentas. Ni siquiera el Tribunal de Cuentas fiscaliza a la Iglesia. Es opaco quien tiene que ocultar.

Estos días se habla de una oscuridad más hiriente y a la vez significativa, que son los abusos a niños. Esta es una violencia estructural en la Iglesia. A la cantidad de casos y su continuidad en el tiempo hay que añadir la red que protege a los agresores. Es violencia institucionalizada, no excepciones podridas. Se negocia con el obispado, porque la justicia ordinaria no puede investigar. El Concordato dice que son inviolables «los archivos, registros y demás documentos pertenecientes a la Conferencia Episcopal Española, a las Curias Episcopales, a las Curias de los Superiores Mayores de las Órdenes y Congregaciones religiosas, a las Parroquias y a otras Instituciones y Entidades eclesiásticas». España no tiene soberanía para investigar a la Iglesia. La violencia sexual sobre niños la investiga una Justicia Canónica que flota sobre la Justicia como el aceite sobre el agua. Y los archivos correspondientes son inviolables. Un anacronismo amargo.

Estamos en guerra. Aquí la guerra es una humedad que va empapando nuestro tejido y nos irá llevando al límite. Los principios tienen que asentarse con claridad para que sean un protocolo mecánico en los momentos en que ya no pensemos. Ya nos dicen que será nuestra culpa la falta de energía y que serán nuestros salarios lo que dispare la inflación, que ni ganancias absurdas de oligopolios parásitos ni la riqueza de los ricos se tocan tampoco en guerra.

Suenan tambores de gran coalición, porque en tiempos de guerra no debe importar lo que votemos, sino lo que digan oligopolios y oligarcas. La Iglesia hace su parte. La ortodoxa quiere guerra contra el poder gay, nada menos. El obispo de Oviedo alerta de la conspiración marxista y masónica. Los demás tendremos que mostrar también nuestra determinación de pretender en tiempos de guerra lo mismo que en tiempos de paz: democracia sin oligopolios, impuestos justos a los ricos, gobiernos legítimos votados, división de poderes. Y disolución de todas las anomalías franquistas que mantienen a la Iglesia como una herida de nuestra democracia y nuestras finanzas. Razones, en vez de miedos, culpas y dogmas.

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