“Tras días de creencias en exceso, mis esencias ateas”, por Víctor Arrogante

abril 5, 2021
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Víctor Arrogante en su piso de Madrid / Fernando Sánchez/  Fuente foto

Víctor Arrogante, Laicismo.org, 5 de abril de 2021

Hemos pasado la semana santa. Pese a la crisis del coronavirus, algunas instituciones públicas, organizaciones y fieles cristianos no han dejado de difundir sus ideas; procesiones dinámicas a exhibiciones estáticas; del señor lo puede todo a no es capaz de evitar el sufrimiento por la pandemia; que si existiera algo tendría que ver con tanto dolor y miseria que está causando esta tragedia a la humanidad.

España, toda es una fiesta religiosa. Más allá de la geografía y de la época del año, el mapa de España muestra un amplio número de fiestas populares de carácter religioso que van más allá de la semana santa. Según datos de la Conferencia Episcopal, hay 92 fiestas católicas que gozan del reconocimiento de interés turístico nacional y otras 42 que disponen de la categoría de interés internacional; que se dice pronto. El alto número de fiestas religiosas, demuestra que se identifica al Estado español con la religión católica. Para Karina Mouriño, de Galicia Laica, la Iglesia tiene muchas estrategias para hacer ver que la población pertenece a su grupo; confundiendo la cultura con los ritos religiosos, no se comprende la separación Iglesia-Estado.

Soy ateo, no creo en ningún ser sobrehumano, ni sobrenatural, que controle los destinos de los seres vivos y muertos aquí en la Tierra, ni fuera de ella; que imparta castigo y justicia divina, ni nada por el estilo. En otras palabras, no creo en dios, ni en sus actos, ni en sus obras ni en su historia ni en su hijo, ni en su madre ni en todos los santos, ni en lo que creen los que creen, ni en ninguna paloma santa; dicho con todos los respetos. Si creo en las miserias humanas y en los poderes públicos que quieren todo controlar.

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La palabra santa

abril 5, 2021

La Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo

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Procesión nocturna en la Semana Santa de Zamora de 2019.CRISTOPHER ROGEL BLANQUET (GETTY IMAGES) / EPS

Martín Caparrós, El País, 5 de abril de 2021

Hay una ciudad santa, unos santos lugares, santa sede, santo sepulcro y guerra santa; hay una santa madre, un santo padre, un santo niño y algún santo varón y un espíritu santo; hay incluso un santo cielo y una santurrona y una santabárbara, un santo y seña, un sanseacabó en un santiamén, y no se acaba: la palabra santa todavía tiene tanto lugar en nuestras vidas.

La palabra santa siempre está, pero en estos días más: en estos días todo el tiempo. La palabra santa lucha, se defiende —aunque vaya perdiendo. No hay comparación: hace siglos, en su momento más tremendo, España tenía una Santa Hermandad para perseguir a los ladrones, una Santa Inquisición para perseguir a los pensantes y una Santa Cruzada y una Santa María para perseguir sus sueños de poder hasta la otra punta de Occidente.

La palabra santa definía. Decían que venía del latín sanctus, lo cual no deja de ser obvio, y que el latín podía venir de un sánscrito que significaba seguir, prescribir, adorar y quién sabe qué más: no sabían mucho. Ahora un poco menos, pero la Real Academia le sigue rindiendo pleitesía: “Perfecto y libre de toda culpa” es su definición del adjetivo santo. O sea que estos momentos, sin ir más lejos, deben serlo. Porque estamos en esos días en que todo es santo: jueves, viernes, la semana. Nuestros festivos muestran qué somos, cómo somos, qué poder nos controla. Durante 15 siglos la Iglesia católica no tuvo rival: lo que puntuaba el tiempo eran sus santos. Ahora sí tiene un par: las patrias, con sus feriados nacionalistas, tipo independencias, y los Estados Unidos, con sus feriados globalizadores, tipo Halloween o San Valentín.

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