“El franquismo se apropió de la cruz para legitimar la Guerra Civil como cruzada”, entrevista a Miguel Ángel del Arco

Miguel Ángel del Arco examina en su libro «Cruces de memoria y olvido» los monumentos a los caídos de los sublevados (1936-2021)

Caídos por Dios y por España fue el lema principal de monumentos como este de Sabadell, inaugurado en 1943 por su alcalde, José María Marcet.

Víctor Húcar, La Aventura de la Historia, 19 de julio de 2022

El régimen franquista erigió miles de monumentos a los caídos de la Guerra Civil en el bando vencedor por toda la geografía española. Pero ¿cuáles eran sus fines? El historiador Miguel Ángel del Arco lo analiza en Cruces de memoria y olvido (Barcelona, Crítica, 2022). Y lo hace escapando de una visión estática, yendo más allá de las políticas de la memoria e, incluso, de la propia estética de los monumentos, todo ello con una mirada de muy largo alcance (1936-2021), sustentada en una documentación ingente y heterogénea que, además, le permite reflexionar sobre la relación entre historia y memoria.

Pregunta. Para buscar las raíces del culto a los caídos y la glorificación de la muerte en Europa viajas hasta la Revolución francesa, aunque destacas que realmente fue la IGM la que lo desarrolló en toda su plenitud. ¿Cuándo cobra fuerza esta mitificación de los caídos en España? 

Respuesta. El culto a los caídos, mejor dicho, primero, el culto a los héroes de la patria, es algo que proviene de los siglos XVIII y XIX, cuando se va construyendo la comunidad nacional y el Estado liberal. Lo que sucede es que, hasta la Gran Guerra, la mayoría de las estatuas que se construyen suelen mostrar a grandes personajes de la patria, no se representa al pueblo. Podemos encontrar representado un Cervantes, un general… algo por el estilo, incluso algún intelectual, alguien que justifique incluso el discurso nacional, como puede ser algún santo, como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, que se identifican con la patria española.

Pero el gran salto en España y en Europa se produce con la IGM, porque es una guerra total y porque una sociedad completamente traumatizada por todo el dolor que ha dejado esa auténtica carnicería humana necesita encontrar alguna explicación y recordar a sus héroes. La IGM es seminal en la construcción de los monumentos a los caídos en Europa, pero España quedó al margen, fue neutral. La guerra de Marruecos tampoco fue un elemento clave para la construcción de monumentos a los caídos. Sí lo sería, en cambio, la Guerra Civil.

P. ¿Qué semejanzas y diferencias presentan aquí los monumentos con respecto a los que pueden encontrarse en otros lugares de Europa?

R. La gran similitud es que esos monumentos a los caídos son nacionales, se construyen para justificar el sacrificio de unos soldados y algunos ciudadanos por la nación. Pero la gran diferencia, desde mi punto de vista, es que en esos monumentos conmemorativos del mundo de entreguerras se recordaba a toda la nación, es decir, no eran monumentos excluyentes, eran para unir, para recalcar que la nación era una y que había tenido unos enemigos externos. En el caso del franquismo, no. Es una Guerra Civil y lo que se hace es señalar que la nación, que se identifica con España, con Castilla, solo lo hace con los ideales del bando rebelde. Lo que sería la otra España queda completamente silenciada. Creo que esa es su mayor originalidad, que fueron monumentos de exclusión.

P. Ese mito de “los caídos por dios y por España”, por tanto, es seguramente el que mejor representa ese nuevo régimen que los sublevados empezaron a construir ya en plena guerra…

R. Sí, yo creo que, sin duda, es lo que mejor se identifica con el franquismo, porque fue creado por él, desde abajo y desde arriba, es decir: por las comunidades de pueblos y ciudades que se levantaron contra la República y donde se llevaba a cabo el esfuerzo de guerra, y también por las nuevas instituciones que se iban creando de lo que sería la dictadura, lo que se conocería como el Nuevo Estado. Al fin y al cabo, responde a un relato de lo que fue la Guerra Civil, de lo que era España, un relato legitimador del golpe de Estado y la guerra entendida como una cruzada que había salvado a España, con unos españoles, solo unos, solo los que apoyaron el golpe y cayeron en el bando rebelde, que habían salvado el país gracias a dar su sangre, a entregar sus vidas por la patria.

P. La cruz acabó presidiendo prácticamente todos esos monumentos, así como las ceremonias, misas y ritos que se celebraban en torno a ellos. ¿Fue esa evocación constante a la religión el instrumento político y de socialización más potente del franquismo?

R. Una de las aportaciones que tiene este libro es la dimensión social de la construcción de este mito. El franquismo lo utiliza y es el principal hacedor en promoverlo y sobre todo en delimitarlo estéticamente y en delimitar también las celebraciones que hay en torno a estos monumentos, para hacer preservar este mito. Hay un componente social muy importante que se desarrolla especialmente en el verano de 1936. Y es que es en ese momento cuando vemos cómo se forja lo que será la simbología propia del franquismo. Tanto la bandera monárquica como la bandera nacional van apareciendo en distintas movilizaciones y entierros, aunque al principio la republicana pervive. Lo mismo sucede con las cruces. Las cruces empiezan desde finales de julio a aparecer en los actos políticos, ya sean los de Falange, los carlistas, etc. La cruz se convierte en un elemento de unión. Lo vemos, por ejemplo, en la reposición de crucifijos en las escuelas, en los ayuntamientos y, por supuesto, en los entierros. La cruz se convierte en la justificación y la salvación de aquellos que habían dado su vida por España. El régimen franquista se apropia de la cruz, que es un símbolo cristiano, para legitimar su cruzada y lo hace a través de este mito de los caídos.

La cruz fue el elemento central de los monumentos a los caídos del franquismo. Se aprecia en espacios conmemorativos como el de Alameda de Cervantes (Soria).

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P. En febrero de 1938, en la España dominada por Franco, se firma una orden ministerial que unifica los monumentos en cuanto a diseño, construcción, materiales… Los arquitectos impusieron un estilo clasicista y sobrio que potenciaba su carácter político-religioso. ¿Se respetaron sus directrices?

R. Lo que se hizo es crear una comisión para las conmemoraciones de la patria que integraba a personajes relevantes del régimen, desde obispos a Eugenio d’Ors o a personas de Falange, y que dictaminó unas instrucciones sobre cómo tenían que ser los monumentos. La Dirección General de Propaganda, que estaba en manos de los falangistas de Ridruejo, empezó a revisar todos los que se iban a construir, pero eran los ayuntamientos los que tenían que enviar los proyectos. Lo llamativo es que en pocos casos hemos visto una contradicción entre lo que se propone desde los consistorios y lo que se quería hacer desde arriba, lo que nos demuestra que en el fondo la forma de crear memoria desde abajo, en parte, era compartida con la de arriba.

Ahora bien, hay algunos pequeños matices y también algunas excepciones a esto, como pudo ser el monumento de Sestao o algún otro más. Por ejemplo quieren conmemorar a los caídos con un monolito, básicamente un obelisco, o en algún caso se propone una pirámide. Y en esto los propios falangistas sí que son clarísimos. Hay un texto incluso de Ridruejo, incluido en el libro, donde se dice que de pirámides truncadas nada y de obeliscos tampoco, que la forma de conmemorar a los caídos es con la cruz, que es lo que mejor se identifica con España.

P. El periodo de más actividad constructiva se produjo entre 1939 y 1942. En un país devastado y arruinado por la guerra, ¿quién sufragaba esos monumentos?

R. Normalmente se sufragaban de dos maneras, pero siempre a nivel local, es decir, el gobierno de la dictadura no aportaba nada. Por un lado, se sacaba del presupuesto de cada ayuntamiento y, por otro, mediante suscripciones populares. Esta última opción consistía en que familiares o personas afines al régimen hiciesen donaciones. En la mayoría de los casos estudiados, las suscripciones suponían el 30-40% del proyecto. Esto demuestra que el franquismo trató de desarrollar unas políticas de la memoria desde el principio y que, además, se gastó mucho dinero en ello en un momento en el que la cuestión era muy delicada.

Hay que tener en cuenta que entre 1939 y 1942 hemos demostrado que existió una hambruna en España. En esa época muchas mujeres no podían dar de comer a sus hijos porque no tenían leche. Y los ayuntamientos fueron esenciales a la hora de proveer fondos para medicinas y leche para esas madres, por eso es curioso que precisamente en esos años se dedique ese dinero a la construcción de una memoria oficial. Cuando hoy en día se hacen algunas críticas al gobierno democrático diciendo que invertir partidas presupuestarias en conmemorar, repensar y dignificar el pasado puede ser algo delicado tenemos la prueba de que el franquismo lo hizo y, además, de manera decidida.

P. Imagino que es imposible dar una cifra aproximada del total de monumentos que se erigieron en España a los caídos… Pero, ¿hubo un cierto equilibrio o has detectado regiones que aglutinaran mayor cantidad de monumentos que otras?

R. Pues la verdad que he encontrado en casi todas las provincias y no veo ningún tipo de desequilibrio, lo cual contradice mucho algunas narrativas de nacionalismos periféricos como pueden ser el catalán o el vasco de la actualidad. Porque ni en el número de monumentos ni en la forma de conmemorar a los caídos en estas dos regiones, por ejemplo, vemos grandes diferencias. Respecto al número total de monumentos es imposible saberlo. Este es un estudio cualitativo. Aunque sí he podido acercarme un poco a lo sucedido en algunas provincias que nos puede dar una idea. En el caso de La Rioja, lo que entonces era la provincia de Logroño, encontré una documentación en la que preguntaban al gobernador civil cuantos pueblos de la provincia tenían monumentos a los caídos. Y ofrecía un listado en el que hemos podido hacer un cálculo: en torno a un 50% de los pueblos tenían monumento a los caídos. Pero recalcaban que si no tenían monumentos construidos desde la nada -en La Rioja hay pueblos que pueden ser muy pequeños y sencillamente no tenían dinero para hacerlo- sí se preocupaban en que hubiese algo que los conmemorase: una placa, una cruz pegada en la iglesia… algo que al fin y al cabo construyese este tipo de memoria. Por lo tanto, podemos decir que la presencia de los caídos fue omnipresente. Más aún si le sumamos el calendario franquista, que estaba también sembrado de guiños a los caídos.

P. La amplitud de esta investigación hace que queden fuera de análisis elementos conmemorativos como placas de iglesias, criptas o mausoleos, pero sí se dedica un capítulo al Valle de los Caídos. ¿Se podrían entender el resto de monumentos sin el recinto de Cuelgamuros?

R. Yo creo que el Valle de los Caídos no se explica sin los monumentos a los caídos y los monumentos no se explican a la vez sin el Valle de los Caídos. Ambos son producto de una forma de entender la Guerra Civil como cruzada, de una forma de entender la nación española como única, castellana y católica. Y en la estética son tremendamente similares: esa estética monumental, clasicista está presente en todos los monumentos a los caídos. Lo que sucede es que el valle tiene su especificidad. Los primeros podían transformar una plaza, la zona donde estaba la iglesia, estar situados encima de una peña en un pueblo… pero no eran transformaciones de las dimensiones del valle. Por tanto, aunque se explican mutuamente, el valle supone mucho más.

Bocetos del proyecto de la cruz del Valle de los Caídos en Cuelgamuros (foto: ABC) / Fuente foto

P. ¿Crees que es posible resignificarlo en la actualidad?

R. Yo creo que es muy difícil, pero merece un intento. Es difícil porque es colosal y es un reflejo perfecto de lo que fue el primer franquismo. También porque es un espacio muy marcado, pero cuando hablo de resignificación no me refiero a su fisonomía, porque si cambiamos su fisonomía perderíamos un ejemplo fantástico de lo que fue el franquismo. Me refiero más bien a musealización, a utilizar esos espacios para explicar cuáles eran los objetivos y la esencia de la dictadura e, incluso, para hablar de otras cuestiones que allí no se mencionan y que en el fondo están presentes, como que aquello también fue un campo de concentración, donde hubo batallones de trabajadores construyendo el recinto. En el fondo pude ser un espacio para tener por fin un museo de la Guerra Civil donde se promueva una memoria democrática y, al fin y al cabo, una reconciliación.

P. ¿Cómo han “envejecido” los monumentos a los caídos?

R. Los monumentos conmemorativos normalmente tienen una mala vida. Porque conviven con las sociedades y estas cambian. Las del año cuarenta poco o nada tienen que ver con la de los años setenta. Imaginémonos con la de ahora. A mí me parecía que las cruces a los caídos podían ser un instrumento fantástico para estudiar las políticas de la memoria del franquismo, pero también la memoria desde la Transición hasta nuestros días. ¿Por qué? Porque en el fondo son un texto, porque son lugares de la memoria, como diría Pierre Nora, y que al fin y al cabo en su estética expresan algo; en la vida que se desarrolla expresan algo; en la contestación que pueden tener, cuando aparecen las pintadas en los años sesenta y setenta, también expresan algo.

P. Precisamente en esos años el mito de los caídos fue cayendo en el olvido y con él también sus monumentos. Algunos empezaron incluso a ser vandalizados. ¿Por qué se produce esa decadencia?

R. Porque la sociedad cambia y ya no se siente identificada con esa forma de entender la Guerra Civil. Lo vemos en distintos ámbitos, incluso en el mundo de la Iglesia. Aparecen sacerdotes jóvenes que no quieren celebrar las misas a los caídos, que quitan las banderas de Falange y de España del altar mayor. Incluso tienen conflictos con algunas comunidades locales. Recuerdo el caso de Benalúa de las Villas, aquí en Granada, en el que el sacerdote dice “no quiero celebrar la misa de los caídos porque en todo caso habría que hacer una misa por los republicanos, porque no tienen a nadie que los recuerde”. Todo esto dentro de la iglesia nos muestra que la sociedad cambia y que este antiguo mito choca, tiene ya poco que ver con ella.

En el caso de los jóvenes también nos damos cuenta como a veces, sin pretensiones políticas, faltan al respeto a estos monumentos que tenían un carácter cuasi sagrado. Lo hemos visto en la documentación: casos de jóvenes en fiestas de pueblo que beben demasiado y pasan de madrugada cerca de la cruz y hacen sus necesidades ahí o cogen la corona de laurel que habían dejado en la semana de los caídos y empiezan a jugar con ella… cuestiones que en el fondo son contestaciones o suponen un desenganche total con esa memoria.

El ejemplo perfecto son los grupos terroristas, ya sean los GRAPO o ETA, que atentan directamente contra los monumentos, ponen bombas y también hacen grafitis sobre ellos, colocan una bandera ikurriña, que era una contestación a esa memoria y al discurso nacional, o escriben cuestiones como “fascistas asesinos”. Una contestación muy directa a la memoria del régimen, una auténtica batalla cultural.

Miguel Ángel del Arco es profesor titular en la Universidad de Granada.

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P. ¿Cómo responde el régimen a esos ataques?

R. La verdad es que el franquismo no se corta en reprimir estas cuestiones. Estas acciones eran consideradas delito, incluidas las de los jóvenes que podían tener menos sentido político, y eran delitos llevados al Tribunal de Orden Público. Hemos visto algunas sentencias, por ejemplo de estos jóvenes, que fueron condenados a seis años de cárcel. Por tanto, el franquismo no se andaba con bromas a la hora de decir qué memoria teníamos que recordar, qué memoria teníamos que tener, aunque ya estuviéramos en los años sesenta y setenta. Fue una memoria, aquella de la cruzada, que oficialmente fue abandonando el régimen, pero que siempre estuvo disponible para aquellos partidarios que quisiesen celebrarla. Ahí están las concentraciones de alféreces provisionales en el Valle de los Caídos hasta el final, aunque ya los ministros no hiciesen sesiones ni concentraciones allí.

P. En la obra comentas que, una vez muerto el dictador, se lograron avances que impulsaron la reconciliación, pero que las políticas de reparación del violento pasado franquista fueron muy limitadas por parte de los partidos, incluidas las fuerzas de la izquierda que alcanzaron el poder en los 80. ¿Por qué, en cambio, las instituciones municipales y locales sí empezaron a actuar más claramente por una reparación que, a nivel nacional, quedaba en silencio?

R. Eso es un aporte humilde del libro que busca ofrecer otra visión respecto a las políticas de la memoria en la Transición a la democracia. Porque tradicionalmente se ha señalado que no hubo políticas de la memoria o que hubo pocas y se hizo poca resignificación del pasado, que tardaron en llegar, etc. Pero vemos que no es completamente cierto, porque el poder municipal también forma parte del Estado. Mientras que el gobierno de Madrid se olvidaba de afrontar el pasado, de construir una memoria democrática, los ayuntamientos lo hicieron con mucho esfuerzo.

¿Por qué creo que eso fue posible? Está claro que aquellos monumentos empezaban a estorbar y ocupaban un espacio público, por lo que fue una forma de intentar ajustar cuentas con el pasado. Generalmente lo hacían consistorios del Partido Comunista, los gobernados también por fuerzas nacionalistas, el PSOE también, o el Partido Andalucista en el caso de Andalucía. Y eran medidas que no eran radicales, huelen a consenso, a intentar tomar decisiones respecto a los monumentos que no hiriesen a la parte franquista, es decir, muy precavidas, pero que se toman. Y yo creo que en el fondo la explicación de eso es que está pasando en la comunidad, en esa sociedad que está cambiando y en mitad de un monumento que está claro que divide y, en lugar de construir un monumento en recuerdo a los republicanos, pues intentan adecuar esos monumentos para hacerlos más inclusivos. En ese momento, en los años ochenta, parece que es suficiente. Pero cuando la sociedad vuelva a cambiar a partir de los 2000 está claro que esto no es suficiente y hay otra ola de cambio de monumentos.

P. ¿Estamos hoy más cerca de ver al fin una memoria más plural y más justa o las batallas por la memoria seguirán siendo eternas?

R. Yo creo que nos estamos acercando a una memoria democrática. No me gusta decir común, porque las memorias son siempre plurales y tenemos que dejar espacio para que existan todos los tipos de memoria. Hay que ser en este sentido mejores de lo que fue el franquismo, que solo permitió una y se apropió de las de su bando. Pero para lograr este fin es importante que el gobierno se involucre en propiciar una memoria democrática, plural y también cosmopolita, que no solo hable de la Guerra Civil, sino que la enmarque en la memoria de la IIGM, porque se inserta dentro de las mismas dinámicas, de la lucha contra el fascismo, el autoritarismo, etc. Creo que es importante que un gobierno democrático llene ese vacío, lleve a cabo políticas conmemorativas en los museos, en las escuelas… Ahora bien, esto no quita para que puedan existir otras memorias.

P. Si se avanza en esta dirección, ¿sí que crees que se podrían erigir monumentos plurales, compartidos… más allá de que existan memorias diversas?

R. ¡Claro! Y es que no hacerlo refleja otro silencio. Por ejemplo, es llamativo que apenas tengamos monumentos o lugares de memoria que conmemoren momentos que, con todas las dificultades, son buenos de nuestro pasado, como puede ser la llegada de la democracia, monumentos a la Constitución, con todo lo modificable que pueda ser, con todos los problemas que pueda tener… Pero claro, cuando lo comparas con el franquismo está claro que fue un avance y que la democracia que tenemos fue un avance por muy perfeccionable que pueda ser. Por eso es llamativo que apenas haya monumentos de esta categoría. Sabemos que hay uno en Madrid por ahí un poco escondido… aquí en Granada había uno que fue desmontado y en su lugar se colocó un monumento al flamenco, un reflejo de ese “vamos a buscar algo que no divida”. Esto en el fondo habla mucho de nosotros. Y por eso yo creo que no afrontar este problema es silenciar el debate y en el fondo silenciar el problema.

P. Los monumentos, por tanto, nos hablan más de memoria que de Historia…

R. Una estatua poco nos cuenta de la Historia, sobre todo porque en el momento en que fue construida también se hizo con un sentido, con la intención de transmitir algo. A las personas que derriban o vandalizan estatuas no les interesa la Historia, no están borrando la Historia. La Historia está en los libros. Lo que pasa es que a esas personas sí les interesa el presente, y hay una serie de problemas como pueden ser el racismo, la desigualdad… que hacen que consideren que esas estatuas no los representan, simbolizan un mundo frente al que ellos están en contra. Y por eso se produce esta contestación que, a mí, me parece totalmente natural y que ha existido siempre a lo largo de la Historia. De hecho, en sí, forma parte del proceso histórico.

P. ¿Cómo crees que debería construirse la relación entre Historia y memoria?

R. Esto ha ocupado a muchísimo teóricos, muchísimas páginas… La memoria siempre va a estar ahí, nunca va a ser controlable y es bueno que no sea controlable. Pero lo que sí es importante es que la gente sepa que la memoria no es Historia. Esto tiene que quedar claro: la memoria no es Historia. La memoria es una interpretación subjetiva del pasado conforme a tus propias creencias y a tus propios intereses. Tanto desde la derecha como la izquierda, tanto desde una persona como a todo un grupo social, desde un partido político, desde una nación entera… Y por lo tanto siempre tiene una parte de mentira, porque la memoria silencia, intenta homogeneizar, no es compleja… precisamente todo lo contrario de lo que representa la Historia, que se construye con una serie de metodologías, de fuentes, no se puede decir lo que uno quiera, sino que hay que demostrarlo, tiene un carácter científico.

P. En los agradecimientos confiesas que has estado más de diez años trabajando en este libro… En ese amplio lapso de tiempo, ¿qué dirías has aprendido tú durante el proceso y qué crees que puedes aportar al lector que decida acercarse a tu investigación?

R. He aprendido muchísimas cosas. Yo soy un historiador que escribe desde el presente y está preocupado por su presente y por su futuro. A mí lo que me preocupa es la salud de la democracia y creo que en este sentido la memoria juega un papel fundamental. Porque la memoria es un elemento, un instrumento que en manos del poder puede ser terrible. Walter Benjamin decía que el fascismo mataba dos veces: una físicamente y otra vez con el olvido. Yo creo que desde el presente la memoria tiene que ser un tema fundamental, tiene que estar sobre el tapete, no podemos ocultar el pasado porque el pasado está ahí y si los gobiernos democráticos no promueven una memoria democrática van a surgir otras memorias que los contesten y ocupen ese espacio.

Cuando tenemos una Guerra Civil donde el dolor fue tan inmenso en los dos bandos sería una auténtica pena que a la hora de conmemorar el pasado o recordar la guerra -y con esto no quiero parecer equidistante, pues no es exactamente lo mismo- también inclinásemos demasiado la balanza hacia el bando de los republicanos. Es necesario hacerlo, en primer lugar, porque en parte no fueron recordados y porque muchos de ellos todavía están en las cunetas. Muchos lucharon por ideales democráticos, pero muchos otros republicanos no lo hicieron, por esto digo que la Historia es compleja frente a la memoria y sus simplificaciones. Y sería una pena que como forma de construir una sociedad democrática mantuviésemos fuera de esa memoria a los que murieron en el bando franquista, porque al fin y al cabo también fueron asesinados o también murieron. Si el franquismo se apropió de ellos para justificarse a sí mismo, creo que una democracia tiene que ser mucho mejor, tiene que ser mucho más integradora. Eso sí, poniendo siempre por delante los valores democráticos.

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