Calles robadas de Toledo, vías que la iglesia borró del espacio público

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Callejones robados: Calle de la Plata; Adarve de la calle de la Plata y plaza de San Vicente: son solo algunos ejemplos / M.P. / Fuente

España Fascinante, 3 de octubre de 2021

Un transeúnte da un paseo por la calle Nuncio Viejo, situada a apenas unos metros de la impresionante catedral de Toledo. De repente, en un pequeño callejón encuentra una inscripción que reza: “Esta calle es de Toledo”. “Obviamente”, pensará el caminante, como tantos otros habrán pensado con extrañeza al descubrir alguna de las placas que se extienden por la ciudad con la misma frase. Sin embargo, este letrero tiene una explicación más compleja. Es uno de los muchos vestigios que quedan de las calles robadas de Toledo.

Una práctica habitual durante más de 200 años

Corría el año 1561 cuando la capital del país pasó de Toledo a Madrid. Esto supuso un punto de inflexión para la ciudad, que inició un proceso de declive. Los nobles abandonaron entonces sus hogares en la urbe manchega tras los pasos de Felipe II. Muchas casas palaciegas quedaron vacías. Es en este contexto cuando los muchos conventos que se situaban a extramuros de la ciudad aprovecharon para adquirir dichos lugares a muy bajo coste. Además, en aquel momento, muchos de aquellos conventos eran cabeza de sus correspondientes órdenes religiosas y poseían grandes riquezas y poderío. Toledo se convirtió en una ciudad conventual. Hasta aquí todo era legal, teniendo en cuenta, además, que gran parte del suelo toledano pertenecía al Arzobispado.

Pero, con la intención de ampliar sus instalaciones o de unirlas a casas adyacentes, los conventos empezaron a ocupar calles que no les pertenecían. A partir de 1561 este hurto del espacio público, ilegal en la mayoría de las ocasiones, se convirtió en una práctica habitual durante al menos 200 años. Los conventos, y también algunos particulares, incorporaron así al menos 70 vías públicas a lo largo de la historia. Más de 70 calles robadas que no sólo reducían el lugar de tránsito de los vecinos, sino que en muchos casos les obligaba a tomar caminos más largos de lo que hubieran sido al disponer de esas calles.

“Esta calle es de Toledo”

Como se puede deducir, todos estos hurtos modificaron, año tras año, la disposición de Toledo, algo que queda reflejado al comparar planos de distintas épocas. Pero, ¿por qué no se hizo nada desde la administración pública? ¿Cómo pudieron los conventos mantener esas calles robadas, en algunos casos, hasta la actualidad?

Lo cierto es que, una vez perdida la capitalidad, los consistorios se hallaban empobrecidos y faltos de personal. De hecho, según indica el diario ABC en un artículo, “el censo de alguaciles de Madrid, capital del Imperio, en 1630 no sobrepasaba los 43 efectivos”. Teniendo en cuenta este dato, puede deducirse que el número de fuerzas de autoridad que había en Toledo sería mucho menor. Se cree que este fue el motivo por el que las administraciones no intervinieron en el asunto.

Sin embargo, sí que hubo varios casos en los que el municipio consiguió recuperar alguna calle. Cuando lo hacían, tomaron el llamativo hábito de colocar en ellas una placa que apuntaba: “Esta calle es de Toledo”. Así, a nadie le quedaría duda de la pertenencia de esa vía. Todavía quedan en la ciudad tres de estas placas, que le recuerdan al transeúnte un aspecto muy controvertido de la historia toledana o, al menos, le hacen preguntarse el porqué de la misma.

Calles robadas y calles rescatadas

No se sabe cuántas calles robadas pudieron ser recuperadas para el uso público. No muchas, desde luego. Lo que se conoce con seguridad es que al menos tres fueron rescatadas, pues lucen en sus paredes la afamada placa. Una de ellas se corresponde con el mentado callejón Nuncio Viejo. Otra es el callejón de San Vicente, que fue privatizado a finales del siglo XVIII por el párroco de la iglesia del mismo nombre. Este eclesiástico puso además unas rejas en ambos extremos de la vía para impedir el paso de los vecinos, pero, cuando el Ayuntamiento le pidió las llaves, dejó el paso abierto. Así ha permanecido hasta la actualidad.

Por último, está el curioso caso de la calle del Barco, cuya placa se colocó en un callejón junto al convento de Benitas. En esta ocasión el letrero se colocó en 1644, cuando la administración impidió que el convento se apropiara de la calle. Aún así, años después, el Ayuntamiento cedió la vía a las Benitas, que aún conservan la placa.

Por desgracia, también quedan vestigios de aquellas calles que no pudieron ser rescatadas. En realidad, la mayoría… En algunos casos, estos trozos de historia se pueden observar en las diferencias que emanan entre los distintos elementos de algunas construcciones. En otros, las calles simplemente desaparecieron y su anterior vida solo se puede descubrir al hojear algún mapa de esta laberíntica ciudad, siempre en continua transformación.

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