La moral es un asunto humano. La religiosidad no engendra por sí misma ni decencia ni paz sociales.

Gustavo Estrada, El Tiempo
Mi columna reciente sobre la naturaleza humana de la moral y la moralidad encontró desacuerdos radicales entre algunos lectores. “La moralidad y la ética sin algo trascendente como Dios no tienen sentido. Si solo existe el mundo material de átomos en movimiento, según leyes impersonales, entonces el concepto del bien y el mal no existe”, comentó alguien. No es así, sin embargo.
Las directrices morales son fruto de evoluciones individuales y sociales, sin intervención metafísica alguna. Los niveles de fe y ética individuales solo los puede conocer la persona misma, y la expresión que él o ella haga de su propia decencia suscita siempre signos de interrogación. La religiosidad y la conducta grupales, por otra parte, son ‘calculables’ mediante eventos o señales externas medibles. La primera puede estimarse mediante sondeos estructurados y la asistencia a las iglesias. La segunda puede obtenerse de encuestas formales y de estadísticas oficiales.
Esta nota repasa dos indicadores sociales -la corrupción pública, a nivel mundial, y el índice de asesinatos, en el caso de Estados Unidos-, relacionándolos ambos con las correspondientes mediciones de religiosidad. Las cifras así obtenidas deberían darnos una relación de causa a efecto, si existiera, entre las creencias religiosas y la moralidad de grupos humanos.
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