¿Un caso para Montalbano?: una Ofrenda Real entre la estulticia y la indignidad, por Juan A. Aguilera Mochón

Además de otras iniciativas de memoria histórica, es fundamental eliminar los comportamientos nacional-católicos de las autoridades actuales, empezando por el Rey

Felipe VI «saluda» al arzobispo de Santiago, 2022

Juan Antonio Aguilera Monchón, El Plural / Vía Observatorio de la Laicidad, 27 de julio de 2022

El agente Catarella se sorprendió al saber que el rey de España, Felipe VI, acababa de batir un récord al hacer personalmente en persona la “Ofrenda Nacional al Apóstol Santiago” por tercer año consecutivo (y, por segundo año, la familia real al completo); sobre todo, al escucharlo decir “además del agradecimiento al Apóstol por su protección, le pedimos ayuda para que nuestro país dé los pasos correctos en esta etapa del camino…”.

Tras tropezarse ruidosamente con la puerta, dijo:

— ¡Señor comisario, que el rey Flipe de España le ha pedido que haga cosas a un muerto muy fallecido hace dos mil años! ¡Creo que ha batido un récord de estatuicia!

—¡Estulticia, Catarella, estulticia! —replicó el comisario Montalbano, añadiendo despistado “bueno, todos hacemos tonterías en nuestras casas”.

Salvo Montalbano, experto en olfatear anomalías, se topó con una gorda al saber que el Rey no hacía esas “tonterías” en privado, sino al más alto nivel representativo posible, en nombre de todos los españoles. Si le interesara el asunto, podría descubrir todas las conexiones entre la estatuicia y la indignidad, de modo que lo informamos.

—Salvo, resulta que, según la Constitución española, “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”. Felipe VI, después de saludar más tieso que un garrote a todas las autoridades civiles y militares, fue y dobló la cerviz (y todo el espinazo) ante el arzobispo de Santiago. Suele hacer lo mismo ante cualquier obispo, cardenal o papa, es decir, ante los siervos y el Jefe de la Santa Sede, un Estado antidemocrático y violador de derechos humanos, en especial de las mujeres. Salvo, este símbolo de servilismo, de sumisión ¿no es una ofensa del Jefe del Estado al Estado, y a toda la ciudadanía española? ¿No hay un poquito de falta de vergüenza democrática?

—¡Mamma mía, ¿lo tengo que decir yo?, pues claro que sí! Bueno, sigue.

—Que, además, el Rey como tal presida una misa (el acto litúrgico en el que realizó la ofrenda), contraviene flagrantemente la aconfesionalidad del Estado. Estas acciones -reincidentes, por otra parte- del Jefe del Estado, son, hablando de récords lamentables, difíciles de superar en indignidad, por lo que merecen el mayor de los rechazos, cualesquiera que sean nuestras creencias y convicciones, ¿no te parece? Se trata de actitudes no sólo inasumibles en una democracia, sino, lo que es especialmente doloroso, dada la historia reciente de España, es que son más propias del nacional-catolicismo franquista, un ‘movimiento’ criminal que intentamos superar, en parte, con las iniciativas de “memoria histórica”, sean más o menos acertadas en los detalles. Entre éstas tenemos las de eliminación de nombres del pasado franquista de las calles, pero es fundamental eliminar los comportamientos nacional-católicos de las autoridades actuales, empezando por el Rey.

—¿Ha hecho el Rey otras cosas por el estilo?

—Ay, Salvo, pues sí; Felipe VI no deja de tener actitudes confesionales. Además de la de hacer el Locomotoro —le enseño unas fotos del inclinadísimo chiripitifláutico de los años 60 y Salvo se ríe— ante los obispos, una costumbre heredada de su padre, está lo de las ofrendas, y otras participaciones en misas, procesiones,… Y, para rematar, este Rey católico ha cogido un afán desmedido por ser Hermano Mayor de cofradías (según las malas lenguas, lo de no ser hermano mayor en su familia, accediendo al trono por mor de su pito, le debe de haber dejado un trauma). Hace poco ha llegado a aceptar ser nombrado no ya Hermano, sino “Esclavo Mayor de la Cofradía del Santísimo Cristo de El Caloco de El Espinar”. Que el ciudadano Felipe acceda a algo así no nos incumbe, pero que el Jefe del Estado español, Felipe VI, se proclame como “Esclavo” de una hermandad ¿no resulta un poquito denigrante para el Estado, Salvo?

—Sí. No puedo entender esa esclavitud, incluso como simbólica es porca miseria. Yo sólo soy “esclavo” de Livia, a ratitos, cuando se pone… Ejem… sigue.

—Un asunto añadido es el de la ejemplaridad del Rey. Cuesta más convencer a las autoridades civiles y militares de que tengan un comportamiento aconfesional, respetuoso con toda la ciudadanía, cuando el mismísimo Rey da tan mal ejemplo. En la propia Ofrenda al Apóstol ha habido una nutrida representación de altos cargos civiles y militares (luego te mencionaré a algunos). Y cuesta más acabar con las inicuas prerrogativas (económicas, educativas, y otras) de la Iglesia católica en España, cuando la máxima autoridad del Estado la privilegia hasta el extremo de humillarse (y humillarnos) ante ella.

—Pero bueno, ¡¿es que nadie dice nada?, ¿y el Gobierno?!

—Buena pregunta. Dice la Constitución que “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Y que “Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes”. Por lo que resulta que el “Gobierno más progresista” de nuestra historia refrenda esta afrenta al Estado del Jefe del Estado; no sólo eso, sino que la apoya con la presencia en persona personalmente de dos vicepresidentas, Nadia Calviño y Yolanda Diaz (que, qué curioso, tampoco faltó el año pasado). Especialmente a la última, como figura del ala más izquierdista del Gobierno, no cabría esperarla en una escenificación de la rancia y deplorable conchabanza entre el trono y el altar.

—¡Ay, qué me vas a contar de conchabanzas! Pero cuidado, pues otras equivalentes pueden seguir hasta sin trono. El caso me interesa, pero no es de mi competencia geográfica, y necesitaría algún muerto actual (no ese apóstol) para intervenir. Aquí lo que veo muerto, asesinado diría yo, es el respeto a la inteligencia, la ciudadanía y la dignidad.

Finalmente, Montalbano apuntó, recordando La paciencia de la araña de su padre literario Andrea Camilleri:
—El verdadero problema no es cómo han matado ese respeto, sino el porqué. Pues el quiénes lo tenemos a la vista, aunque no estén todos los que son. ¡Catarella, dejemos a estos amigos con sus cosas y andiamo con la nostra, que conocemos mejor, aunque no sé si es o no peor!

Juan Antonio Aguilera Mochón es profesor de la Universidad de Granada y miembro de la Junta directiva de Europa Laica.

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