Déjenme en paz

“Los creyentes tienen derecho a no abortar, a no divorciarse, a no comer cerdo, a no hacer uso de la eutanasia y morir sufriendo, tienen derecho a relaciones sexuales sólo para procrear, a casarse sólo con personas del otro sexo, tienen derecho a no querer ver ciertas películas o a no leer ciertos libros,… [pero] No tienen ni la autoridad ni el derecho a basarse en sus creencias particulares, para redactar leyes y comportamientos obligatorios para todo el mundo”.

Marc Cabanilles, Levante, 6 de septiembre de 2021

Puede sonar feo o duro, pero desde mi punto de vista, la religión consiste básicamente en entrenar la mente para que ignore la evidencia y la lógica, basándose únicamente en la fe. Y por si esto no fuera bastante, encima sentir orgullo de ello en vez de vergüenza.

Fijado este punto de partida, diré que me importa un bledo la religión que cada cual tenga, sea cristiana, musulmana o judaica.

Simplemente me parece ridículo y una pérdida de tiempo, intentar descifrar lo que unos libros de fantasías y mitologías antiguas (Biblia, Corán y Torá), quieran decir sobre la vida actual, siendo que fueron escritos hace miles o cientos de años. A pesar de ello, y en aras del respeto, yo siempre lucharé para que haya libertad de conciencia, y que quien quiera, sea cristiano, musulmán o judío.

Pero ¡¡ ojo !!

Dado que no creo en ninguna de esas fantasías, no dejaré que ningún creyente (sea persona o institución), que nadie ni nada, puedan dictar cómo he de vivir mi vida. Me trae al pairo lo que diga la Biblia, el Corán o la Torá.

Los creyentes tienen derecho a no abortar, a no divorciarse, a no comer cerdo, a no hacer uso de la eutanasia y morir sufriendo, tienen derecho a relaciones sexuales sólo para procrear, a casarse sólo con personas del otro sexo, tienen derecho a no querer ver ciertas películas o a no leer ciertos libros,…

Pero no tienen ningún derecho a decirme a quien debo amar, como debo morir, qué debo comer, como debo vestir, de qué cultura puedo disfrutar, qué libros puedo leer, qué películas puedo ver, qué sexo practicar y con quien.

No tienen ni la autoridad ni el derecho a basarse en sus creencias particulares, para redactar leyes y comportamientos obligatorios para todo el mundo.

Yo no sé qué más hacer para que se entienda que no me importan nada las funestas religiones. No sé qué más decir para dejar claro que no quiero saber nada de ellas. No sé a quién o donde recurrir para que no me afecten unas leyes basadas en libros tan irracionales, tan desfasados, tan absurdos.

No puedes abrir la maldita Biblia, el infumable Corán o la troglodita Torá, y decirme que el capítulo tal, versículo cual, me obliga a vivir y comportarme de una determinada forma.

No me importa. No creo en lo que puedan decir esos libros anacrónicos, escritos por no se sabe quién, traducidos de unas lenguas a otras por tampoco se sabe quién, modificados en multitud de ocasiones a base de navajazos y peleas en conclaves y concilios, u ocultados según conveniencia de la autoridad eclesiástica de turno. No me interesan unos libros cuyos contenidos son arbitrariamente interpretados por un cura, un imán o el rabino de turno y por tanto, fácilmente empleables como instrumento de manipulación y sometimiento.

Biblia, Corán y Torá son fuente permanente de conflicto porque fueron escritos en unas épocas con unas costumbres, una ética, unos tabúes y unos códigos morales que nada tienen que ver con la sociedad actual.

Biblia, Corán y Torá son un peligro puesto que toda doctrina administrada por unos pocos, no evolucionada, que no admita crítica alguna, que no favorezca la disensión ni el debate, sólo puede derivar en un instrumento sancionador y de control.

Por tanto, quien crea en eso, es quién debe vivir según eso. No yo.

Estoy cansado de esas discusiones interminables e inútiles con personas que defienden cosas que ni entienden ni saben explicar, y que simplemente repiten, cual papagayos, aquello que en la adolescencia les fue grabado en su cerebro sin su consentimiento, precisamente, aprovechando que al ser adolescentes, su opinión no cuenta. Actitud papagayesca agravada “gracias” a una educación alienante y acrítica, que incapacita a muchas personas para razonar de forma lógica y científica.

Y antes que alguien me lo indique, diré que estás reflexiones no van contra quienes desde su fe, hacen del amor al prójimo o la solidaridad su punto de referencia. Pero si deben ser conscientes que con su pertenencia a una determinada religión, que con su apoyo moral y económico, que con su falta de reflexión y crítica, están apoyando toda unas parafernalias indecentes, unas actuaciones mafiosas y unas estructuras mastodónticas, llámense la Curia Romana, el entramado Sunita-Chiita-Sufí-Wahabita, o el Consejo del Gran Rabinato, de los que el propio Cristo (caso de existir) o Mahoma sentirían auténtica vergüenza.

Si yo viniera con el cuento que soy un pájaro, hablara como tal, me comportara como tal, seguramente la sociedad, en vez de darme alpiste, me apartaría y me pondría bajo tratamiento psiquiátrico. En cambio, a las religiones, con toda su parafernalia absurda e indemostrable, no sólo no se las aparta o se las psicoanaliza, sino que se les regala todo el alpiste del mundo en forma de subvenciones, exenciones fiscales o privilegios.

Las religiones nacieron con la ignorancia, han logrado sobrevivir por el control y el miedo que ejercen, y la esperanza es que mueran por la ciencia y el conocimiento.

Mientras llega ese momento, cejen las religiones en su empeño de imponer a todo ser viviente SU forma de interpretar la realidad y SUS normas de vida. No tienen ningún derecho a ello.

Así que, por favor, al menos a mí, déjenme en paz.

Marc Cabanilles es presidente de Avall

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