Predecesores de la eutanasia

Hace dos siglos ya había médicos con una opinión muy clara sobre uno de los temas éticos que más debate provocan: cómo debe proceder la medicina con aquellas personas que padecen enfermedades terminales

Pancarta

Concentración de Derecho a Morir Dignamente, en la Puerta del Sol, en Madrid.

Xavier CARMANIU MAINADÉ, La Nueva España, 23 de marzo de 2021

Apesar de que se acaba de aprobar la ley de la Eutanasia por parte del Congreso, esto no quiere decir que este sea un tema nuevo. El debate sobre cómo debe proceder la medicina con aquellas personas que padecen enfermedades terminales tiene siglos de historia. Habitualmente, cuando se buscan los orígenes de esta cuestión las crónicas se remontan a la época clásica, y se cita que personalidades griegas y romanas como Sócrates, Platón Séneca, que eran partidarios de su uso. Posteriormente, con la consolidación del cristianismo como religión hegemónica en Europa, ayudar a morir era inconcebible porque quitar la vida solo era potestad de Dios Padre Omnipotente. Parece que fue el filósofo inglés Francis Bacon en el siglo XVII quien utilizó el término eutanasia por primera vez. Ahora bien, su enfoque era sobre todo teórico y lo usaba para referirse al proceso de preparación de cuerpo y espíritu para una buena muerte.

Ahora bien, una cosa es la teoría y otra la práctica. A lo largo de la historia siempre ha habido médicos que han ayudado a sus pacientes a morir, pero nunca reconociéndolo públicamente. Por eso son tan importantes los testimonios localizados por el historiador de la medicina Michael Stolberg.

Fruto de sus investigaciones, recuperó el caso de dos pioneros alemanes que escribieron sobre la muerte asistida. El facultativo Carl Tortum, en un ensayo publicado en 1800, admitía que ante el sufrimiento de los pacientes agonizantes un médico solo podía desearles una muerte dulce y acabar con aquella tortura que no tenía ningún otro desenlace que dejó de existir. Recomendaba a sus colegas que administraran una dosis moderada de jugo de adormidera o unas gotas de Láudano para mitigar el dolor. Consciente de que su propuesta podía despertar recelos, remachaba el texto afirmando que moralmente ese tipo de prácticas estaban permitidas en casos extremos.

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Christian Ludwig Mursinna /Wikipedia

Según Stolberg, Tortum habría sido el primer médico de la Europa cristiana en defender públicamente la eutanasia. Pero no fue el único, porque el doctor Christian Ludwig Mursinna, cirujano polaco en ejercicio en Berlín, en 1801 escribió un artículo donde admitía haber ayudado a un paciente terminal de cáncer a poner fin a su vida. Mursinna relataba cómo el hombre le había pedido que no le dejara sufrir más cuando el tumor que le había aparecido en el labio le había avanzado por la cara y el interior de la garganta hasta el punto de que casi no podía comer y además le provocaba unos dolores terribles. En su escrito, el médico reconocía que el sufrimiento aún habría sido peor y más largo si no le hubiera suministrado opiáceos en el último tramo.

Una de las cuestiones que intenta responder Stolberg durante su investigación sobre estos médicos es qué hizo posible que, a inicios del siglo XIX, dos médicos alemanes se atrevieran no solo a defender públicamente la eutanasia, sino a admitir que la habían practicado con algunos de sus pacientes. El historiador apunta a diferentes razones que van desde el cambio de mentalidad y la disminución del peso de la religión hasta la experiencia vivida por los propios facultativos, que en el momento de publicar sus planteamientos ya llevaban una larga trayectoria profesional a sus espaldas. Y aquí aparece una cuestión de rabiosa actualidad: la empatía.

Tanto Tortum como Mursinna entendían la terrible situación por la que estaban pasando los pacientes, que ya no tenían ninguna esperanza de sobrevivir y que lo único que querían era librarse de aquel dolor de manera definitiva.

Por primera vez en la historia de la medicina moderna, dos facultativos levantaron la voz de manera desacomplejada para dar cuenta a sus colegas de que, más allá de tratar con enfermedades, había que atender a las personas que las sufrían. Dos siglos más tarde se continúa tratando de lo mismo. Ponerse en la piel del otro y tratar de entender su situación para poder acompañarlo durante la última etapa de su vida para que pueda irse en paz.

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