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«Liberales» contra las «leyes LGTBI»
La Fundación Civismo constituye un caso singular. Se presenta como un think tank en «defensa de la libertad personal bajo los principios del liberalismo clásico», como la «primacía del individuo», el «imperio de la ley», la «propiedad privada» y el «Estado limitado». Para ubicarlos ideológicamente, son útiles algunos nombres propios. Isabel Díaz Ayuso recibió en 2021 el «Premio Sociedad Civil» de la fundación por «su valor cívico encomiable» durante la pandemia. Civismo da cobertura a actos de Rosa Díez, de la ya extinta UPyD, Fernández-Lasquetty, Cayetana Álvarez de Toledo –también galardonada por la fundación– o Beatriz Fanjul, todos ellos del PP.
Pero junto a las citas de Montesquieu, Locke y Jefferson, hay conexiones con grupos dudosamente liberales. Cuando en 2016 nació la Plataforma por las Libertades para combatir las llamadas «leyes LGTBI» por «favorecer de manera discriminatoria al colectivo LGTBI», Civismo se sumó a la iniciativa junto a Hazte Oír, Profesionales por la Ética, Enraizados y Tomás Moro, como recogió la información de Actuall, medio de cabecera de Hazte Oír, y la propia cuenta de Twitter de la plataforma.
Juan Félix Huate, vicepresidente de Civismo, es uno de los impulsores de NEOS. Otras entidades destacadas por sus posiciones económicas de neoliberalismo duro como El Club de los Viernes, el Instituto Juan de Mariana y la Red Floridablanca, todas ellas vinculadas a la Fundación Civismo, también dan amplia difusión a discursos antiabortistas. No es exagerado hablar de una pauta.
infoLibre trató de recabar el punto de vista de la Fundación Civismo, sin respuesta.
Laje, Mile, Kast…
Es colaborador de Civismo Agustín Laje, un popular polemista de la derecha argentina, autor de títulos como El libro negro de la nueva izquierda o La batalla cultural. Se define como «una especie de minarquista», es decir, partidario del Estado mínimo. Ojo, no es un anarcocapitalista, porque el Estado no debe desaparecer, sino existir como garante de la «seguridad jurídica» del mercado. En lo moral-cultural, el incorrecto Laje rechaza «el relativismo» y «otros engendros». ¿En qué se traduce esto? En lo de siempre: en una reivindicación de la tradición y una oposición total al aborto. En 2019 Hazte Oír lo premió por sus méritos en la «batalla cultural». Laje se formó en la Universidad de Navarra, del Opus, que él ve «la línea más afín al libre mercado» en la Iglesia.
Un ejemplo aún más extremo de esta dualidad lo encarna el economista Javier Milei, imitador en fondo y forma de Donald Trump en Argentina, que pretende presentarse a las presidenciales de 2023. Milei, tan ultraliberal como Laje, afirmó en el reciente acto de Vox Viva 22 que la mera idea de «justicia social» es «violenta» porque supone «quitarle a uno para darle a otro». Su entusiasmo por la «libertad» económica llega a tal punto que defiende la venta de órganos como «un mercado más» y responde «depende» cuando le preguntan si vería aceptable la compraventa de bebés. ¿Y el aborto? Eso no. El aborto es un «asesinato», dice Milei. La frontera de los ultraliberales económicos está en la agenda provida. La frontera de los ultraconservadores morales está en los impuestos bajos.
Laje y Milei no han llegado al relieve adquirido en Chile por José Antonio Kast, candidato presidencial –hasta ahora fracasado– de la extrema derecha que no oculta sus simpatías por el pinochetismo, sobre todo en lo económico. Pues bien, al mismo tiempo Kast es presidente de Political Network for Values, una red de políticos cristianos que tiene como modelos a seguir a Viktor Orbán en Hungría y los Estados republicanos de EEUU que están aprobando leyes ultrarrestrictivas sobre el aborto. El aborto a juicio de Kast es «derecho a matar». Es un pensamiento similar al hegemónico en Vox y un sector radicalizado del PP encabezado por el senador Javier Puente. Jair Bolsonaro, en Brasil, es otro producto –y productor– de esta visión de la sociedad: cero intervención económica, máxima intervención moral.
Donald Trump, el referente de los moralistas
Todo viene, por supuesto, de Estados Unidos. Nuria Alabao, doctora en Antropología e investigadora que ha profundizado en la historia de las luchas ideológico-culturales, pone perspectiva sobre el asunto. En los años 70, neoliberales y conservadores encuentran una causa común contra las «luchas antinormativas» de la izquierda, cuya reivindicación del fin de la discriminación por género, orientación sexual o raza llevaba aparejada una «ampliación del gasto social», explica Alabao autora en Ctxt. La confluencia de las dos familias de la derecha estaba servida. Una rechazaba la igualdad de derechos, otra el gasto público.
La consistencia de esta alianza se prolonga hasta hoy, encarnada en un trumpismo tan ardiente en su desconfianza hacia el Estado como en su intransigencia religiosa. Un personaje poco conocido en España que lleva cuarenta años sembrando ese terreno es Allan Carlson, un historiador putinófilo que puede considerarse padre del Congreso Mundial de Familias, el evento que celebró edición en México hace dos fines de semana y en el que participó Tamara Falcó. Carlson martillea desde los 80 con el argumentario anti-LGTBI y antifeminista y al mismo tiempo contra los impuestos, otra cara más del Mal. El porqué está en la Declaración de Praga, publicada con motivo del primer Congreso Mundial de Familias, hace ya 25 años: los «sistemas fiscales» tienden a «debilitar la vida familiar». El dogma sigue vigente.
Discursos como este forman parte del ADN del Tea Party y han contribuido a convertir a Donald Trump, un empresario bajo sospecha fundamentada de evasión de impuestos que colecciona denuncias de acoso sexual, en una inspiración para la derecha evangelista en teoría más rigorista en cuanto a la conducta. La conclusión es que el consenso antiimpuestos actúa para la derecha ultrarreligiosa como un pegamento más eficaz que la virtud.
Un papa predicando en el desierto
Así que no es casual que la derecha católica en auge en Europa, desde Viktor Orbán a Giorgia Meloni pasando por Marine Le Pen o –el ahora no tan en auge– Santiago Abascal, exhiban más sintonía en «valores» con Trump que con el papa. Es más, para los sectores más radicalizados del evangelismo en EEUU, con el ejemplo extremo de los seguidores de QAnon, Francisco es un traidor.
El caso del pontífice en España es más que llamativo. El trato que le dispensa la derecha católica dura oscila entre la indiferencia y la crítica más o menos velada. La causa es evidente y explica también el desdén hacia el papa de las extremas derechas en toda Europa, como ha observado el politólogo Pablo Simón: las prioridades del pontífice han sido la denuncia de las causas económicas de la pobreza y de la indiferencia ante el sufrimiento del migrante. Es decir, temas ajenos a la agenda integrista.
El maridaje ‘teocón’
El idilio entre la cruz y el neoliberalismo en España es congruente con el carácter de la jerarquía católica española, que no sólo es conservadora en lo moral, sino también presa de una histórica aversión al izquierdismo en el terreno económico. Su más perfecto alineamiento con Roma fue con Juan Pablo II (1978-2005), que articuló su papado en torno al anticomunismo. La principal aportación del Opus a la Iglesia en el último siglo ha sido el Opus, síntesis de integrismo religioso y ambición económica. La propia Iglesia tiene uno de sus mayores focos de influencia en las escuelas de formación de élites del Opus y la Compañía de Jesús. No puede extrañar que la Conferencia Episcopal, escéptica ante las líneas estratégicas del papa, salude en cambio con «esperanza» el nacimiento de NEOS y lo presente como ejemplo de la doctrina social de la Iglesia.
El maridaje teocón no sorprende a Román Cuesta, autor del capítulo sobre radicalismo religioso del informe De los neocón a los neonazis, que no lo ve exclusivo del catolicismo integrista, sino propio de toda una corriente de la derecha social. «Dentro del espectro ideológico de seguidores de Vox y el PP, uno de los grupos más combativos es el de los seguidores de Milton y David Friedman, anarcocapitalistas, herencia de la coyunda con los grupos norteamericanos de esta ideología, fervientes seguidores de Trump. En España apoyan a Ayuso y Abascal», señala Cuesta, que afirma que esta corriente acaba relacionada con los «grupos cristofascistas» a través de la «batalla cultural» en defensa de «la familia».

















