Iglesia Católica: también abusaban las monjas

«En los abusos nos pillan a los más vulnerables. Saben distinguir –los abusadores– a quienes tenemos problemas de autoestima, de cariño, y van a por nosotros, tanto hombres como mujeres…»

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Selodi Gasan Adie, Lo que somos, 11 de febrero de 2022

La iglesia católica sigue imparable en su protagonismo diario en la sección de sucesos de los medios informativos (de algunos, pues ya sabemos hasta donde son capaces de llegar las garras de la S.A. eclesial). Sección de sucesos de lo más desagradable, pues estamos hablando de abuso sexual hacia menores que están en su custodia o ¿salvaguarda?. Conocíamos los abusos comunes de curas hacia menores, conocíamos las violaciones de curas a monjas (principalmente en las misiones) como lo relató el extraordinario documental Religieuses abusées, l’autre scandale de l’Église… Y ahora se confirma otro tipo de abuso, que era vox populi, pero que nunca se habían atrevido a denunciar públicamente las personas afectadas: los abusos sexuales de las monjas hacia niñas menores.

María Victoria Martinikorena, a sus 73 años, ha sido capaz por fin de liberarse del yugo de las monjas en su infancia

Esta mujer navarra ha relatado en una entrevista con la agencia Efe los abusos sufridos a manos de una monja en 1960. Lo ha hecho tras anunciar el Gobierno la creación de una comisión encabezada por el Defensor del Pueblo para investigar los abusos en la Iglesia, una institución hacia la que se muestra muy crítica porque «no creo que la verdad les interese».

Martinikorena incide en su interés en contar su traumática experiencia «para hacer hincapié en que las mujeres abusadas y violadas somos invisibles», más aún si, como es su caso, los abusos provenían de otra mujer, con prácticas que no dejan huellas tangibles, algo que «no se ve pero que hace el mismo daño» que la violación a los hombres y conlleva «las mismas consecuencias».

«En los abusos nos pillan a los más vulnerables. Saben distinguir –los abusadores– a quienes tenemos problemas de autoestima, de cariño, y van a por nosotros, tanto hombres como mujeres. Y las mujeres actúan exactamente igual que los hombres, con el mismo abuso de poder. Ejercen, se comportan y te culpabilizan igual que a los niños» varones, con amenazas.

Y lo señala firme en su recuerdo de los hechos, ocurridos en 1960 cuando con 11 años ingresó junto con su hermana –ella era la cuarta de ocho hijos de una familia del casco viejo de Iruñea– como alumnas internas en el Colegio de las Ursulinas de Jesús, donde permanecían de lunes a viernes en edificios separados, debido a su diferencia de edad.

Pese a que los dormitorios eran compartidos por grupos de chicas, a ella poco tiempo después «la monja que yo creía que nos cuidaba» la trasladó a otro dormitorio con tan solo dos camas, un lugar donde a partir de esa noche «apareció una monja que pensó que tenía todo el derecho del mundo de abusar de mí e hizo conmigo lo que quiso durante todo el año».

Tras señalar que tan culpable de aquello fue «la monja que le procuraba niñas» a la otra como la que abusó de ella, subraya que con 11 años y más aún con la educación de mediados del siglo XX, ella desconocía cualquier práctica sexual, pero tiene presente aquel «acariciarme, besarme, desnudarme» en el que «ella encontraba placer conmigo», pero sobre todo recuerda las amenazas y el chantaje de la religiosa cuando la niña pasaba los fines de semana con su familia.

Lo ocurrido, de cuya trascendencia no se dio cuenta hasta años más tarde, lo ha arrastrado de por vida: «Te graban a fuego una inseguridad, un deseo de agradar todo el rato para que te consideren algo bueno, porque haga lo que haga soy mala» y «siempre me parece que soy poca cosa para los demás», dice recordando el chantaje emocional que inició aquella monja y que le generó un carácter inseguro que «ha sido uno de los problemas de mi vida».

Pese a la «tristeza» constante que ya entonces le inundó y que se tradujo en diversos problemas físicos, estomacales y respiratorios, ya fuera de aquel colegio, con 17 años y la titulación de secretariado, se marchó a Londres a mejorar su inglés, y eso fue para ella «algo buenísimo».

Procurarán que no existamos

Volvió a Iruñea un año después, pero lo vivido fuera le sirvió para crecer y comprobar que podía mejorar su vida y que «por algo me merecía la pena vivir», dice Martinikorena, que confiesa haber pensado «muchas veces» en quitarse la vida, y que ha estado en tratamiento psiquiátrico en diferentes etapas.

En cualquier caso, ya con 73 años, tras haber estado casada y tener dos hijos, achaca buena parte de sus problemas vitales a una experiencia que le marcó con 11 años y que quiere en primer lugar visibilizar para denunciar que las mujeres también han sido víctimas de abusos en la Iglesia por parte de otras mujeres, aunque «hemos sido absolutamente invisibilizadas».

Además, se suma junto a los chicos varones abusados en el seno de la Iglesia a la denuncia contra esta institución, donde entiende que «no interesa la verdad» y que una posible petición de perdón «de momento» no la recibiría con visos de «ninguna sinceridad. De momento dudo mucho de su arrepentimiento».

Por ello, la primera mujer navarra que denuncia este tipo de abusos y probablemente también en el Estado, incide en la necesidad de que las mujeres que hayan tenido una experiencia como la suya «denuncien» los hechos porque mientras no se conozcan «procurarán que no existamos», dice Martinikorena, que está «convencida de que somos muchas».

«Si mi historia sirve para que algunas mujeres sean escuchadas, vean que tiene derecho a quejarse y denunciar, me parecería algo inaudito», zanja esperanzada.

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