Ocurre algo similar con el Rey. Ninguno de los presidentes de la democracia española ha considerado que su primera y más importante obligación era “educar al Rey Juan Carlos I a comportarse como un monarca parlamentario” y no permitir que se siguiera considerando el Rey de la “Monarquía Española” del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. Ningún presidente del Gobierno se ha atrevido a poner límites a las actividades del Rey, de las que no podían no tener conocimiento. Y así nos ha ido. El Rey emérito es responsable, por supuesto, de su conducta. Pero los presidentes de Gobierno también. El primero, por acción. Y los segundos, por omisión.