Las trabas para recibir la eutanasia en el Estado: «¿Seguro que no prefieres ir a una residencia?»

julio 6, 2025

Derecho a Morir Dignamente plantea una reforma de la ley para agilizar los trámites cuando un caso llega a los tribunales

La madre de Lucas recibió la eutanasia el pasado febrero /  Pere Tordera
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Albert Diumenjó Segalà, Ara, 6 de julio de 2025

María Dolores Barrero se acogió a su derecho a morir dignamente el pasado febrero a causa de una atrofia multisistémica que le provocaba un gran sufrimiento. Es una enfermedad rara e incurable muy similar al Parkinson, que afecta al movimiento, hace que los músculos se vuelvan rígidos y progresa muy deprisa, por lo que los enfermos tienen una esperanza de vida muy limitada. Pese a que la ley de la eutanasia entró en vigor hace cuatro años, María se encontró muchas barreras para lograr la muerte asistida y tuvo que batallar contra el desconocimiento de los profesionales de su centro sanitario de referencia, ubicado en una zona rural de Huelva, en Andalucía. «Tenía ataques de dolor diarios que la incapacitaban, debía tomar morfina en dosis cada vez más altas y su médico no sabía cómo funcionaba el procedimiento de la ley», recuerda su hijo, Lucas Barrero, en una conversación con el ARA.

Su madre pidió la eutanasia a finales del 2024, pero tuvo que esperar un mes y medio más de lo que prevé la ley para recibirla. Más de 40 días de sufrimiento, dolor y morfina a la espera de que resolveran su caso. Su hijo recuerda algunas de las frases que tuvo que escuchar a su madre durante todo el proceso, como por ejemplo «hablamos cuando vuelva de vacaciones», «¿no te parece prematuro?», «¿seguro que no prefieres ir a una residencia?». o, incluso, «esto es antinatural, va en contra de la ley de la vida».

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De (casi) cien mil euros a negar una silla de ruedas: luces y sombras del Plan PRIVA, un año después

julio 6, 2025

Un año del plan de reparación de la Iglesia: las víctimas padecen diferencias de trato y sentimiento de abandono.

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Jesús Bastante, Religión DigitalEl Diario (actualización), 6 de julio de 2025

Una gota en el océano de la pederastia clerical. En un año, el plan de reparación a víctimas de la Iglesia católica ha recibido 81 solicitudes de atención, de las que la comisión nombrada para gestionarlas (y en la que las víctimas no tienen voz ni voto) ha solicitado 50 expedientes, resolviendo 24 casos. Otros siete están en estudio.

Son las cifras de balance tras 12 meses del Plan de Reparación Integral a las Víctimas de Abusos sexuales a menores y personas vulnerables equiparadas en derecho (PRIVA) que fue aprobado por unanimidad en una asamblea plenaria extraordinaria, celebrada el 9 de julio de 2024, y que, desde entonces, marca el camino de las reparaciones de víctimas de abusos (en caso de los procesos prescritos) tanto para las diócesis como las congregaciones religiosas.

Hace justo un año, RD publicaba en exclusiva el borrador del Plan PRIVA (Plan de Reparación Integral a las Víctimas de Abusos sexuales a menores y personas vulnerables equiparadas en derecho), que fue aprobado por unanimidad en una asamblea plenaria extraordinaria, celebrada el 9 de julio, y que, desde entonces, marca el camino de las reparaciones de víctimas de abusos (en caso de los procesos prescritos) tanto para las diócesis como las congregaciones religiosas.

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La sotana mercantil de las monjas censoras

julio 6, 2025

El pasado 9 de junio, en la sede de la Fundación Pablo VI, religiosas de las Adoratrices, las Oblatas y de las Terciarias Capuchinas de Nazaret pidieron perdón por su implicación en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución represora y censora contra las mujeres disidentes del franquismo. Sin embargo, estas órdenes siguen recibiendo dinero público para tratar a jóvenes vulnerables. EL TEMPS radiografía los negocios con las administraciones de estas entidades católicas.

Fotomontaje de Toni Payà
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Moisés Pérez, El Temps, 6 de julio de 2025

Sólo tenía ocho años, pero su lengua durante muchos días terminaba áspera como un papel de lija. Las cruces dibujadas en el suelo con su saliva habían sido un viaje al infierno dentro de unas  cuatro paredes rodeadas de crucifijos y rosarios . Las manos aún olían por los inodoros limpiados sin guantes y las noches estaban gobernadas por el temor a soltar una gota de pis. El miedo al castigo, a restregarte ortigas por tu vulva, se entremezclaba con una barriga hambrienta, cansada de una dieta cocinada por la representación de Satanás.

Las muñecas estaban cansadas de coser y la boca ansiaba quitarse aquel esparadrapo simbólico, aquella prohibición de habla con el resto de internas. Las directrices marcadas por las adoradoras del santísimo no admitían ninguna interpretación: callar, rezar y trabajar como si se trataran de esclavas era la rutina inalterable de las niñas y chavalas internadas en los centros del Patronato de Protección a la Mujer, una institución represora engordada durante el franquismo (véase el artículo «L’ull franquista contra les dones dissidents» en el nº 2060 de esta revista) y superviviente durante los primeros años de la reanudación democrática.

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