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–Si tuvieses delante a una persona que ha sufrido este tipo de abusos, pero que aún no se ha atrevido contarlo o que incluso permanece en fase de negación, ¿qué le dirías?
Le diría que nunca es peor lo que ocurre hablando que estando callada. Qué busquen apoyo, se planteen como puede cambiar su calidad de vida hablando y lo cuenten en un ámbito de protección adecuado que pueda acogerla con serenidad y confianza. Solo así es posible avanzar, poquito a poco y cada uno a su ritmo. Primero te proporciona una sensación de alivio enorme y, después, es lo que te va a permitir rehacerte como persona. Contarlo, como decía antes, me salvó la vida. Si no hablas, no sanas. Haberlo contado es lo que me permite dormir por las noches. Hablábamos antes de la investigación por parte del Defensor del Pueblo. ¿Qué esperan las víctimas de esta investigación?
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«También somos víctimas de terrorismo. Me pusieron una bomba en el alma»
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En primer lugar, como te decía, sentirse escuchadas, acogidas y a salvo para hablar. Para sanar resulta necesario el reconocimiento como víctima. Nosotros también somos víctimas de terrorismo porque hemos vivido con terror y queremos que se nos reconozca como tal. No es necesario que te pongan una bomba debajo del coche para sentir eso. A mí me pusieron una bomba en el alma.
Otro de los objetivos es que esto deje de ocurrir u ocurra lo menos posible. Es vital que, cuando se da un caso, la víctima tenga mecanismos a su alcance e instituciones con verdaderos especialistas, tanto en la judicatura como en el ámbito sanitario, a las que acudir.
–¿Cuál ha de ser el papel de la justicia?
Tanto los curas que han cometido abusos como aquellos que, al ocultarles, lo han permitido deben ser juzgados. Es imprescindible que pasen por la justicia ordinaria, igual que a cualquier otro delincuente que haya cometido atrocidades. Y no está ocurriendo. La justicia no está siendo efectiva. Es más, las víctimas de abusos en la Iglesia lo tenemos todo en contra. Parece que los que estamos en tela de juicio somos nosotros. Queda claro que la Iglesia sigue teniendo mucho poder en ciertas instancias. Existen jueces que pertenecen al Opus Dei. Para ellos, la ley divina está por encima de todo. Incluso por encima de la humana. ¿Qué probabilidades hay de que uno de estos jueces me diese la razón? Me va a culpabilizar casi con total probabilidad.
Sin ir más lejos, mi abusador, pese a confesar ante la máxima autoridad de los Trinitarios, no fue juzgado ni pasó por la cárcel. Continuó viviendo tranquilamente hasta que llegó su muerte en un accidente de tráfico. Sé que altos cargos de la Iglesia sabían lo que ocurría porque así aparece recogido en el informe de nulidad matrimonial con mi exmarido. Y lo que es aún peor, al funeral de mi abusador acudieron incluso personalidades relevantes del ámbito político porque era una persona conocida y reconocida. Es algo que no se puede volver a permitir. ¿En qué lugar deja esto a las víctimas?
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«Todos los curas que han cometido u ocultado abusos deben ser juzgados»
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Queda mucho por hacer. Primero en el conocimiento de las consecuencias de los abusos. Y luego en cuanto a la voluntad de reparar el daño causado. A mí me gustaría que me dijeran que saben lo que me ha ocurrido y que me van a ayudar, que me van a pagar la terapia… En todo este tiempo he estado sola. He podido ir a terapia solo cuando me la he podido permitir económicamente. Y eso es algo que le ocurre a todas las víctimas. Ir a terapia es muy caro. Más aún a lo largo de toda una vida. Yo misma llevo más años de terapia que trabajando. Empecé a terapia con 19 y a trabajar con 24. En todo ese tiempo, ha habido etapas en las que no he podido permitirme acudir.
Me considero una superviviente. Hay quien, a consecuencia de todo esto, ha terminado por caer en el alcohol o las drogas. Fruto de la desprotección. Luego van a denunciar y, por su condición, no les creen: “¡Qué dice el yonqui este!”. Conozco casos de este tipo. Se trata de desacreditar a las víctimas porque la amplitud de los abusos sexuales en España es brutal: en los coles, en los gimnasios…
–¿Y el de la Iglesia?
La Conferencia Episcopal ya ha dicho muchas veces que no iba a tener un papel activo en las investigaciones. Se dedican a guardar silencio y ocultar los casos. Es todo.
–Pero hace algunos meses la Iglesia puso en marcha una investigación interna de la mano del bufete Cremades & Calvo Sotelo…
Esta investigación me parece indignante, asquerosa, vomitiva… No hay palabras para definirla. Es como si nos volvieses a violar. Ridiculizan nuestro sufrimiento. Este gabinete puede ser muy bueno en temas empresariales, pero no tiene ni idea de nuestra situación. El Opus únicamente habla para su clientela, para los suyos. Lo que nos ocurra a los demás no les importa absolutamente nada. Y digo más, a la Conferencia Episcopal tampoco les importamos. Yo misma me he citado, junto a otras víctimas, con el cardenal Omella y lo he comprobado. Salí de allí fatal. Sentí que me apedreaban. Ni se inmutaba. No reaccionaba a lo que le contábamos. Luego alguien me dijo que había pasado mala noche, pero joder, yo he pasado una mala vida. La Iglesia me ha demostrado que es lo contrario de lo que predica. Son los seres humanos con el nivel de sensibilidad más bajo que he conocido. Son un grupo de maleantes. Peores que la mafia.
–Entonces, ¿cómo debería actuar la institución?
Deberían actuar tal y como predican. Como cualquiera que comete un pecado: examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de enmienda. Deben reconocer lo que nos han hecho, el daño tan terrible que nos han causado. Y deben hacerlo de forma pública. Deben reconocer que han sido negligentes y asumir todas las consecuencias de sus actos a nivel legal. Unos por cometer las violaciones y otros por ampararlas. Siempre lo han sabido y nunca han hecho nada. Nunca les ha importado. Primero lo han ocultado de forma sistemática, luego le han restado importancia y ahora, que parece que empieza a reconocerse públicamente, ya han pasado demasiados años y legalmente ha prescrito. ¿Cómo es posible que prescriba algo así? Si el dolor no prescribe nunca, el delito tampoco debería hacerlo.
Además, deberían velar por nuestra salud física y mental. De la espiritual ya no digo nada. Yo mismo era creyente, pero me robaron la fe. Y no me vale eso de que en la Iglesia hay de todo, que es muy amplia…
–Dices que eras creyente y que ellos te robaron la fe…
Me lo robaron todo: la vida, la confianza, la fe en el ser humano y en Dios. Si existe, le pido explicaciones. ¿Qué ha hecho? ¿Para dónde estaba mirando? El hecho de que tuviera fe y creyera que un cura es alguien en quien se puede confiar es lo que hace que la primera vez que se me acercó mi abusador no saliese huyendo. La gente cree que los abusos ocurren como en las películas, por la fuerza y en medio de la noche. Normalmente no es así. Si fuese así, yo me hubiese sabido defender. Lo más terrible es que los violadores de la Iglesia son personas con una apariencia perfecta. Gente aparentemente confiable. No te queda más remedio que confiar y luego ocurre lo que ocurre…
Era profundamente creyente. Recuerdo ir a misa en el recreo. Ahora es todo lo contrario. Incluso me cuesta pasar frente a una iglesia. Me produce rechazo físico. El trauma permanece en el cuerpo y reacciona en ciertos momentos. El olor del incienso me daba hasta arcadas. Todavía hoy huyo de las celebraciones religiosas como Navidad o Semana Santa. Huyo físicamente. Alaban a una figura de madera mientras no les importa nada el sufrimiento humano de quien está justo al lado.
–¿Es posible superar un caso de abuso sexual en la infancia? ¿Cómo?
Creo que no. He asumido que no lo voy a superar en mi vida, jamás, lo que me genera mucha rabia y frustración.
En mi caso, haber sufrido abusos en la adolescencia me ha dejado secuelas muy graves. A nivel afectivo, por ejemplo, nunca he sido capaz de desarrollar relaciones sanas. Tampoco a nivel de pareja. Lo único que haces es repetir lo vivido entonces. Es una forma de autocastigarse. En el apartado sexual, yo misma he atravesado etapas de hipersexualidad, en las que la excitación se producía casi por cualquier cosa, con otras en las que la actividad era completamente nula. Las relaciones sexuales se hacen muy complejas porque te devuelven el trauma. Aunque conozco casos en los que esto se produce por sonidos u otras cuestiones, en mi caso es a través de los olores. Cuando mantengo una relación íntima con alguien, las sensaciones que me provocan el olor a sudor y otros olores naturales son desquiciantes. No he disfrutado de relaciones sexuales sanas y normales más que en una ocasión.
En el día a día también hay consecuencias. Soy consciente de que soy una tía rara. Ahora me da igual, pero en otras etapas de mi vida ha sido muy doloroso. Todo lo que tiene que ver con las relaciones personales me resulta muy complicado. Por ejemplo, soy incapaz de distinguir qué tipo de relación me está pidiendo alguien que interactúa conmigo. No entiendo si me puedo o no fiar de esa persona, si quiere entablar una amistad o mantener una relación de pareja… Simplemente no entiendo las relaciones humanas. De ninguna manera. Lo que ocurrió me condiciona en absolutamente todo: a nivel personal, laboral… Tengo asumido que es algo que me va a acompañar de por vida.
–¿Y perdonar?
No. Tampoco. Yo al menos no. No puedo. Me encantaría, pero soy incapaz. El perdón debe ser la consecuencia de que se haya intentado reparar todo el sufrimiento causado, pero la Iglesia no asume su responsabilidad. A mí nadie me ha pedido perdón. Tampoco han reconocido lo ocurrido. Me siento absolutamente ninguneada. Considero que, para la Iglesia, no soy ni siquiera un ser humano. Entonces no. No puedo perdonar ni a los que lo han hecho ni a los que lo han permitido.


















