Teresa Conde, víctima de abuso sexual infantil en la Iglesia: “Contarlo me salvó la vida”

Las víctimas de abuso sexual infantil se cuentan, en España, por cientos, si no millares. Solo la investigación del Defensor del Pueblo ha recogido el testimonio de 400 personas que fueron abusadas en el seno de la Iglesia. Entrevista a Teresa Conde, una de las supervivientes, sobre su caso y las dificultades que, aún hoy, 40 años después de los hechos, sigue acarreando.

Foto cedida por la entrevistada
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E. Rodríguez Martínez, El Diario de la Educación, 30 de noviembre de 2022

De acuerdo con los estudios publicados por el Consejo de Europa, uno de cada cinco niños sufre algún tipo de abuso sexual antes de cumplir la mayoría de edad. En el caso de las niñas, aunque no existen informes que puedan datarlo con total precisión, la proporción es aún más elevada. Esto se debe, entre otras causas, a prácticas arcaicas como el matrimonio infantil concertado, vigente aún en varias regiones de Asia meridional, así como de África central y occidental. Los datos recogidos por la organización no gubernamental Save The Children atestiguan la extrema gravedad de la cuestión: 120 millones de niñas alrededor del globo han sufrido violencia sexual antes de los 20 años.

Si hablamos de abuso sexual infantil en el seno de la Iglesia, el registro de víctimas es, si cabe, aún más difuso. A pesar del ruido mediático que se ha despertado en los últimos años, tan solo un puñado de estados han llevado a cabo investigaciones gubernamentales. Entre ellos figura Polonia, que en 2020 puso en marcha una comisión parlamentaria para abordar el asunto. En la mayoría de los casos, tal y como ocurre en países de nuestra órbita como Francia y Alemania, ha sido la propia institución la que ha realizado las indagaciones. En cualquier caso, dado que muchos de los abusos se cometieron décadas atrás y las investigaciones dependen casi en exclusiva de los testimonios de las propias víctimas, resulta extremadamente complejo cifrar con precisión el número total de casos. Así, las conclusiones obtenidas tienden más a la aproximación que a la verdad, y es que el miedo aún impide a muchas víctimas verbalizar su trauma. Otras se han obligado a sí mismas a olvidar para esquivar la vergüenza del qué dirán y paliar su dolor.

En el estado español también se ha abierto una pequeña puerta a la esperanza en los últimos meses. El objetivo no es otro que dar luz a las víctimas de abuso sexual infantil a cargo de religiosos y, en la medida de lo posible, reparar el daño causado. Por un lado, el Gobierno ha impulsado una investigación, canalizada a través del Defensor del Pueblo y que, hasta la fecha, ha recabado más de 400 testimonios y dado lugar a 253 expedientes. Por otro, la Iglesia católica también ha iniciado sus pesquisas a través de una suerte de auditoría interna que lleva a cabo el bufete de abogados Cremades & Calvo Sotelo. Fuera como fuese, lo único cierto es que el registro más fiable hoy en día continúa siendo el elaborado por el diario El País, que apunta a más de 450 clérigos y seglares como autores de la violencia sexual en centros educativos, parroquias y otros lugares de culto. El de Teresa Conde Santos, víctima de abuso sexual, según cuenta, a manos de Domingo Ciorda Azcona, un religioso de la orden de los Trinitarios de Salamanca, es solo uno más en la lista.

En primer lugar, me gustaría que nos contases tu caso, tu historia. ¿Cuándo y cómo sufres abusos sexuales?

A principios de los años 80, mi familia y yo vivíamos en Salamanca, muy cerca de la iglesia de los Trinitarios. Todas las noches, después de cenar, dábamos un paseo por la zona. La ruta era siempre la misma, por los alrededores de la iglesia, de modo que siempre coincidíamos con los religiosos. El contacto fue creciendo hasta que mis padres hicieron amistad con el que a la postre sería mi abusador. En menos de nada, este señor estaba comiendo y cenando en mi casa. La relación era muy estrecha. Entonces decidieron apuntarme a un curso de mecanografía en la parroquia de San Juan de Mata. Aprovechando que era el director, Ciorda convenció a mis padres para que le ayudase en la secretaría, donde terminaron por ocurrir la mayoría de los abusos. Te lo puedes imaginar, todo tipo de burradas y barbaridades… La situación se prolongó durante más de dos años. Fue horrible.

La primera vez, aunque no recuerdo con motivo de qué, el abusador me pasó a recoger en coche. Lo que sí recuerdo era el modelo, un Seat 600 de color amarillo con matrícula de Bilbao. El tío, con mucho cachondeo y retintín, lo llamaba “El Mercedes”. También recuerdo que fue una noche de noviembre. Me llevó a un descampado, me tumbó en el coche y abusó de mí. Pasó de todo: me besó, me tocó por todo el cuerpo… La sensación de agobio era horrible. Yo tenía solo 14 años. Él 45. Hay que tener en cuenta que no hablamos de los 14 años de ahora, sino los de la época. En mi casa jamás se había hablado nada de sexo. Era algo completamente ajeno a mí. La educación del ordeno y mando te impedía preguntar, hablar, contar nada. Además, era una niña muy callada. Sin ninguna capacidad de comunicación. Por eso creo que me eligió. Los pederastas escogen a sus víctimas a sabiendas que no van a decir nada.

Me sentía completamente amenazada. Sentía pánico de que cualquier cosa pudiese pasar en cualquier momento. Aún hoy siento miedo. La sensación de vulnerabilidad e indefensión permanente era horrible. Tenía la certeza de que si se lo contaba a mi madre me mataría. Era el director del colegio. Para mis padres, era lo más. ¿Quién se podría imaginar que iba a comportarse de una manera tan atroz? Contaban con esa baza. También son especialistas en controlarte, en trasladarte toda la responsabilidad de lo que está pasando. Me decía que mi madre no podía saber lo que estaba ocurriendo porque dejaría de quererme. Es por ello que, además de a mí misma, también he llegado a culpabilizar a mis padres. En aquel momento, en el inicio de la adolescencia, me sentía totalmente desprotegida. La situación era tan brutal que este señor me hacía lo que quería en la secretaria del colegio y a las dos horas estaba cenando con mi familia. En mi propia casa. Es una situación muy jodida, sobre todo para una niña de 14 años.

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«Me hacía lo que quería y a las dos horas estaba cenando con mi familia»

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Por otro lado, estoy convencida de que los abusos fueron mucho más allá de lo que soy capaz de recordar. Es algo en lo que coinciden todos los terapeutas que he tenido. Nuestra cabeza trata de protegernos. Seguramente he tenido experiencias más jodidas aún y que todavía me condicionan, pero no las recuerdo.

Se trata de un cóctel de sentimientos y emociones entre el miedo, la vergüenza, la indefensión…

Sí, es una mezcla de todo eso, pero en aquel momento era solo una sensación horrible de incapacidad total. De no entender nada. Una confusión brutal junto a unas tremendas ganas de morirme. No tenía ni la más remota idea de lo que pasaba. Ni en mi propio cuerpo ni en el suyo. Es una situación que no comprendes, que no sabes cómo llevar, pero que tienes que soportar como sea. Es atroz. Como si te metieran en una jaula y no entiendes por qué. Con el paso de los años vas ordenando emociones y sentimientos, vas entendiendo las cosas, pero entonces no era capaz de comprender nada. No entendía nada de lo que estaba pasando. Ni siquiera sabía lo que era la excitación sexual.

¿Tienes constancia de más casos en el mismo contexto?

Cuando empezaron los abusos, no, pero he conocido a otras víctimas después. Por aquel entonces estaba convencida de que solo me ocurría a mí. Que estaba sola y me lo merecía. Después supe de otra víctima del mismo abusador. Él mismo me lo contó porque creía que lo que hacía era normal. Para él era amor. Decía que nos habíamos enamorado. Aquello, desde luego, no era amor. Eran violaciones de un señor de 45 años sobre niñas indefensas. Yo no sabía ni lo que era el amor, ni el sexo, ni nada… Es así de crudo.

La vulnerabilidad de esta otra víctima que él mismo me confesó era incluso mayor que la mía porque era huérfana. Está claro, porque además es un patrón que se repite, que los abusadores de la Iglesia saben escoger muy bien a sus víctimas entre este tipo de perfiles más vulnerables. Ahora soy consciente de, al menos, otro caso más, aunque le he prometido a la víctima que no voy a decir nada. Serían, en total, tres, aunque puede haber más. Más allá de mi contexto, lo que está claro es que era un funcionamiento ordinario. Ocurría de manera sistemática. No se trata de casos aislados. No ocurría solo en un lugar. Era la norma.

Teresa Conde, de 52 años, profesora de filosofía, dice que fue violada por un sacerdote de 30 años mayor que ella, señala una fotografía suya a la edad de 15 años, en Salamanca, España, el 7 de febrero de 2019 / Fuente
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¿Hasta qué punto es importante verbalizar los abusos? ¿En qué medida ayuda contarlo?

Contarlo es imprescindible. Ponerlo en palabras es la única forma de encontrar una válvula de escape. Si tragas, tragas y tragas, un día terminarás por reventar. Por muy duro que resulte, siempre es mejor hablar que permanecer en silencio. Pero también es necesario tener apoyo. Si no lo tienes, estás jodido.

La primera vez que hablé fue en una consulta de psiquiatría. Tenía 19 años y había caído en picado. Tenía una depresión muy grave. Contarlo me ayudó mucho porque hasta aquel momento jamás había sentido que nadie me escuchase. Hasta entonces me sentía como un objeto sin posibilidad de escapar de la realidad que estaba viviendo. No podía huir. No había escapatoria. Lo único que me quedaba era soportar lo que me echasen. Era una sensación horrible. No tenía ganas de seguir viviendo. Realmente me quería morir. Mi nivel de energía era tan bajo que no tenía fuerzas ni para suicidarme. Apenas comía. Tampoco era capaz de dormir. Si no llego a recibir terapia, a sentir que alguien me consideraba un ser humano, creo que me habría suicidado en algún momento. Es algo que llegas a plantearte para quitarte de encima el sufrimiento. Puedo decir que, aunque no fue la mejor terapia que pude haber recibido, ponerlo en palabras me liberó. Verbalizarlo me salvó la vida.

Aunque he pasado por un montón de terapias, sigo conviviendo con la culpa. Es algo que jamás desaparece del todo. Ser capaz de contárselo a la gente, eso sí, te ayuda a quitarte una parte de la responsabilidad. No obstante, es importante tener en cuenta que la sociedad es muy poco comprometida, muy cobarde, y pretende echarte a ti la culpa de todo. Prefieren revictimizarte a asumir que si eso ha ocurrido es porque se ha permitido. Muchos de mis compañeros y compañeras de trabajo, por poner un ejemplo de mi círculo, niegan la existencia de la violencia de género, continúan pensando que la legislación es favorable a las mujeres… Este discurso también se reproduce en los medios de comunicación. Escucho cosas de este calibre a diario.

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«Llevo toda una vida peleando por seguir viva»

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La primera vez que lo hice público, eso sí debo reconocerlo, fue casi por obligación. Me dijeron que mi abusador regresaba a Salamanca y no lo pude soportar. Tenía ya 40 años y me negaba a huir. Fue por agotamiento. Llevaba toda una vida peleando por seguir viva.

Señalabas que las terapias recibidas no eran las adecuadas, ¿por qué? ¿Qué experiencias has vivido?

Creo que existe un gran desconocimiento. Psicólogos y psiquiatras te escuchan, te diagnostican y te ponen la etiqueta: depresión, estrés postraumático… Pero no todos los especialistas saben de lo que estás hablando realmente. Es un problema con el que nos hemos encontrado muchas víctimas. No se ponen en nuestra piel. No saben lo que hemos sufrido. Más aún en un contexto de mayor normalización como el que existía en aquellos años. Antes estaba muy normalizado que las mujeres recibieran todo tipo de malos tratos. Qué te tocaran era, para muchos hombres, casi como si te hubiera tocado la lotería. Muchos no podían entender que la experiencia vivida te causase un daño porque no sabían prácticamente nada de abusos sexuales.

¿Se vincula de alguna forma la “culpabilización social” que mencionabas antes al hecho de ser mujer?

Generalmente, cuando se habla de víctimas de abuso sexual en la Iglesia, a las mujeres no se nos tiene en cuenta. Esto se debe a que el porcentaje de víctimas que son hombres y que deciden hablar es mayor. En cualquier caso, estoy segura de que hay muchas más víctimas mujeres que han sufrido este tipo de abusos de las que finalmente afloran. Yo misma he tenido grandes dificultades para contarlo, por ejemplo, en mi trabajo. En muchos lugares, como es Salamanca, donde todavía vivo, una ciudad profundamente católica y de mayoría conservadora, se sigue pensando que la mujer tiene el deber de callar y someterse. Me han llamado auténticas barbaridades por explicar lo que me ocurrió. He tenido que aguantar comentario del tipo “algo habrá hecho para merecerlo”. Y, como además soy peleona, porque pelear es lo único que me queda, me dicen que soy una puta loca. Estoy convencida de que este tipo de comentarios no se dan en el caso de los hombres. Es un comportamiento machista propio de la sociedad en la que vivimos.

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«Las mujeres sufrimos abusos a diario y la educación es la única llave para cambiarlo»

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Hay que tener en cuenta que todavía hay quien considera que decirte barbaridades por la calle o tocarte el culo cuando tú no quieres no es un abuso. Está aún demasiado normalizado. A mí me han llegado a decir que soy muy sensible. Las mujeres lo sufrimos a diario. En este sentido, la educación tiene una importancia trascendental. Es imprescindible educar a la gente en el respeto al otro. En muchos casos, nos centramos en protegerlas a ellas en cuando lo que debemos hacer es educarlos a ellos. Todavía hoy las mujeres somos consideradas el objeto de las necesidades de los hombres. La educación es la única llave para cambiarlo.

¿Se ha evolucionado algo en los últimos años? ¿Resulta más fácil hacer públicas este tipo de situaciones en la actualidad?

Sí, sin ninguna duda. Es más fácil contarlo ahora. En eso sí que ha avanzado nuestra sociedad. En mi vida habría podido imaginar que una figura como el Defensor del Pueblo se fuese a encargar de nosotros. Me gustaría agradecer el trato tan maravilloso que me prestaron cuando me reuní con ellos. Cuando salí de la reunión me sentí liberada, menos culpable… Que a través de una simple conversación consigan desculpabilizarte en cierta medida es muy bonito. Lo hacen muy bien. Sí, definitivamente, ahora es más fácil hablar.

¿Consideras que el menor goza actualmente de un mayor grado de protección en los centros?

Como docente he podido constatar que en muchos casos los alumnos no importan absolutamente nada, tanto para los equipos directivos como para la administración. El bienestar del alumnado no es, ni mucho menos, la prioridad. Más allá del abuso sexual, que obviamente no es la norma, hacen lo posible para tapar y silenciar casos de acoso, bullying… En ocasiones, los propios profesores somos cómplices. En otros, instigadores, porque señalamos a determinados alumnos con etiquetas. Toda esta situación me genera un terrible sufrimiento. Continúan ocurriendo situaciones horribles.

Por poner un ejemplo, los últimos informes en Castilla y León apuntan a unos 90 casos de acoso escolar. No se lo creen ni ellos. En mi propio centro lo hay. Y lo ves. Y no hacen nada. Nada de nada. Incluso lo tapan y te ponen todas las trabas del mundo si lo denuncias. Inspección educativa aprieta para que estos casos no salgan del centro. He llegado a escuchar a miembros de equipos directivos desentenderse del asunto porque “ocurría de las escaleras para afuera”, cuando se trataba de nuestros alumnos. ¿Cómo puede ocurrir esto? Hablamos de personitas vulnerables, en pleno crecimiento, y cualquier podría hacer con ellos lo que quisiese. Algunos compañeros me lo dicen: “limítate a dar tus clases y ya está”. Pero no puedo. Soy incapaz porque en ellos me veo a mí misma con 14 años.

Todo esto me hace pensar que casos como el mío también se sabían, que eran públicos y notorios, pero que nadie dijo ni hizo nada. Mi situación era de absoluta indefensión y creo que ahora pasa algo parecido. Hemo mejorado algo, claro, pero aún queda un largo camino por recorrer.

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