Iglesia católica y mujer, por Alicia Alcalde

Análisis sociológico desde la época de la constitución del 78 del papel de la mujer determinado por la religión

Alicia-Alcalde

Alicia Alcalde

Cuaderno III de Formación de Europa Laica / Observatorio del Laicismo, 22 de mayo de 2021

Para entender la influencia de la Iglesia católica en la construcción social del papel de las mujeres en España tras la Constitución de 1978 debemos retroceder a la determinación de dicho papel por parte del nacionalcatolicismo. El modelo de feminidad que estableció como normativo la dictadura franquista utilizó como instrumentos a la Sección Femenina y a la Iglesia católica. Se adecuó perfectamente a los intereses de ambas y siguió el modelo establecido por la doctrina católica que se basaba en los siguientes principios:

Las mujeres son inferiores a los hombres por naturaleza. Su dignidad proviene del sometimiento al varón así como la Iglesia se somete a Jesucristo.

El modelo a seguir para todas las mujeres es la Virgen María, sumisa, obediente, anulada, que se ofrece como
gestante altruista. Su hágase en mí Tu voluntad es la expresión máxima de sometimiento y desigualdad.

El papel de las mujeres, aquél para el que deben prepararse desde niñas y al que deben entregar sus esfuerzos y desvelos, es el de ser fieles y amantes esposas y madres, ya que tal como establece el Génesis, la mujer fue creada por Dios para proporcionar compañía y ayudar al hombre.”

Estos principios del modelo de feminidad, donde convergen el franquismo y la Iglesia católica, se articularon en leyes y normas sociales de obligado cumplimiento.

El único matrimonio válido era el católico que además era, por supuesto, indisoluble.

Las mujeres estaban sometidas en todo a la autoridad marital y eran las encargadas y responsables de mantener la paz del hogar, con espíritu de sacrificio y resignación cristiana como única alternativa si el esposo resultara imposible de pacificar.

El adulterio era un delito por el que se condenaba a las mujeres casadas, nada decía de los varones casados, ya que la pena impuesta era en función del agravio que padecía el varón. Hasta 1963 el marido tenía derecho a matar a su mujer adúltera.

Por supuesto eran delito el aborto o las prácticas sexuales fuera del matrimonio, así como las consideradas contra natura, que son todas las que no tienen finalidad reproductiva”

La enseñanza, tras el breve intervalo de la II República, retornó a las manos de la Iglesia católica, con hegemonía absoluta. Estaba segregada por sexos y diferenciada para niños y niñas. Según el propio Pío XI no había ningún motivo «para que pueda o deba haber promiscuidad y mucho menos igualdad de formación para ambos sexos». El mismo papa Pío XI en su encíclica Casti Connubi escribía que la emancipación de la mujer «es corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre; es trastorno de toda la sociedad familiar, con lo cual al marido se le priva de la esposa, a los hijos de la madre y a todo el hogar doméstico del custodio que lo vigila siempre». Los roles diferenciados por sexo debían quedar marcados desde la más tierna infancia y la función de la educación resultaba fundamental.

El franquismo liberó a las mujeres del trabajo para que pudieran dedicarse a su misión esencial: cuidar de su hogar, de su esposo y de sus hijos. Solo era aceptable que trabajaran ayudando a sus maridos en las tareas del campo, o si eran solteras, como maestras o enfermeras, profesiones que parece ser no afectaban a su feminidad ya que se consideraban una prolongación de su función esencial de ayuda a los demás. Se trataba de alejarlas de las fuentes del poder económico que podría llevarlas a la independencia y al feminismo.

En los años 70, el incipiente movimiento feminista se va a revelar como una forma de dar respuesta a las necesidades de igualdad y libertad que se negaban a todos los españoles, pero de una manera especial a las mujeres por el hecho de serlo. Las reivindicaciones feministas van a requerir que las propias mujeres se organicen, en ocasiones desde dentro y otras veces desde fuera de los partidos que luchaban contra el franquismo, y que en muchos casos no eran conscientes de la discriminación estructural que sufrían sus compañeras por el hecho de ser mujeres y del machismo imperante en sus propias agrupaciones.

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Manifestación feminista en Zaragoza /Fuente foto

A principios de los 70 seguía sin ser posible el divorcio, y el adulterio continuaba siendo delito. Tampoco las mujeres podían comprar un piso y necesitaban el permiso del padre o del marido para cualquier gestión administrativa. Los anticonceptivos estaban prohibidos y abortar podía llevarte a la tumba o a la cárcel. Gays y lesbianas podían ser encarcelados por aplicación de la Ley de vagos y maleantes. Tras la muerte del dictador y la aprobación de la Constitución de 1978, la legislación española comienza a reflejar los avances en convivencia y tolerancia de la sociedad, así como un desapego creciente a la doctrina y a los dogmas de la Iglesia.

Todo ello a pesar de la oposición cerrada de los sectores más conservadores, con la jerarquía católica a la cabeza, que a través de movilizaciones, homilías y maniobras de todo tipo intentaban dificultar estos avances e influir en que la constitución y las leyes que se habían de aprobar, no se desviaran de sus intereses y de su profunda misoginia. La Ley del Divorcio, la del Aborto, la del Matrimonio Igualitario, aprobaron contando siempre con la frontal oposición de la Iglesia católica.

Las opiniones de la Conferencia Episcopal de defensa de los estereotipos de género más machistas, en contra de los avances del feminismo y las críticas feroces que el movimiento feminista les merece, son publicitadas por sus medios de comunicación, pagados con cargo a los presupuestos del estado y propagadas por el resto de medios y redes sociales, obteniendo una repercusión mediática inmensamente superior a los escasos fieles que asisten a sus homilías en los templos. Así a la sociedad española, cada vez más secularizada, se la mantiene permanentemente informada de que el aborto es un crimen execrable, la violencia machista es una consecuencia de vivir en pareja sin estar casados, el matrimonio homosexual va a acabar con la familia, la mujer debe casarse y ser sumisa y mostrarse lo más femenina posible, los argumentos para la huelga feminista chocan contra la esencia cristiana, la Educación para la Ciudadanía es un adoctrinamiento intolerable de nuestra infancia, mientras que la Religión Católica es imprescindible para su desarrollo como personas.

Todos los tibios intentos de los gobiernos más progresistas de reducir el horario de religión católica o restar financiación a los colegios privados católicos, se han dado de bruces con las airadas protestas de los obispos que han encabezado y convocado manifestaciones utilizando a las AMPAS de sus colegios privados, financiados con dinero público, para mantener su privilegio de adoctrinar a nuestras niñas y jóvenes. A través de asociaciones, sectas y organizaciones de todo tipo persiguen, atacan y denuncian a clínicas que practican abortos legalmente. Y en suma, utilizan todos los medios a su alcance para revertir los avances que en materia de derechos humanos se han conquistado a lo largo de estos años. Avances que suponen, especialmente, una enorme mejora de la situación de las mujeres en España y que claramente amenaza frontalmente los pilares de la patriarcal Iglesia católica.

En estos momentos en los que el movimiento feminista gana terreno entre las más jóvenes y se están implementando medidas para luchar contra la violencia machista y la brecha salarial y a favor de la paridad en los puestos dirigentes y políticos, es cuando nos encontramos a la jerarquía católica y al mismísimo papa Francisco denostando al feminismo y a las feministas, acusándolas de ser unas machistas con faldas y de querer propagar la que ellos denominan ideología de género, a la que llaman también ideología de la muerte y que consideran va a acabar con las familias y con la sociedad en su conjunto. La beligerancia de la Conferencia Episcopal Española les ha llevado a declarar que uno de los principales problemas de nuestra sociedad es el apoyo de los Gobiernos a las reivindicaciones del feminismo.

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Un grupo de manifestantes en la marcha de Madrid contra el aborto, 2010 / CRISTÓBAL MANUEL / Fuente foto

A ello se añade que la actual involución a la que nos quieren arrastrar los partidos políticos conservadores y de extrema derecha está inspirada por los argumentos y principios de la Iglesia católica. La misma Iglesia católica que en su día bendijo e inspiró al nacionalcatolicismo. Desde el rechazo a la asignatura de Educación para la Ciudadanía hasta cambiar la calificación de violencia machista por violencia intrafamiliar. O la estrategia de burla y humillación a las personas feministas, o el menosprecio y ridiculización de las políticas de igualdad. Ya desde el pontificado de Juan Pablo II, la Iglesia católica, consciente de que las sociedades democráticas no ven con buenos ojos el sexismo descarnado, ha decidido crear un nuevo feminismo, un feminismo cristiano, que asume derechos formales para las mujeres pero cuya única motivación es contrarrestar los avances de la lucha feminista, del para ellos, feminismo malo. El esfuerzo realizado desde la primera mitad del siglo XX por actualizar su modelo de feminidad, ha permitido a las mujeres que se implicaran en la defensa del marco cultural católico y que se expresaran y desarrollaran fuera del hogar, eso sí, siempre y cuando fuera para defender la ascendencia social de la Iglesia y que no cayeran en las garras del feminismo. Esta estrategia no puede hacernos olvidar que su concepción del papel de las mujeres sigue siendo el mismo de siempre, relegado al ámbito privado, como esposas y madres, auxiliares y ayudantes del varón, papel que no cesan de recordarnos en cartas, homilías y encíclicas.

La Iglesia católica, como todas las religiones, es muy consciente de que el feminismo es una amenaza a sus intereses y al mantenimiento de su poder. Solo un Estado laico libre de injerencias religiosas puede garantizar que podamos continuar avanzando hacia una igualdad real y efectiva, en España y en el mundo.

Alicia Alcalde es vicepresidenta de MHUEl y vocal de Europa Laica

Bibliografía

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