‘Gatopardismo’ eclesial: Tarancón y el apoyo de la Iglesia a la Transición (I)

“Desde ya antes de la muerte del dictador, la Iglesia concibió un Proyecto, que implicaba un verdadero proceso, para pasar de la dictadura a una monarquía parlamentaria y designó al hombre para llevarlo a cabo en la persona del cardenal Tarancón”

Tarancón y Juan Carlos I

Tarancón y Juan Carlos I

Gregorio Delgado del Río catedrático, Religión Digital, 20 de agosto de 2020

Nos cuenta César Vidal (1) que “la Iglesia católica tuvo un papel esencial -quizás el más relevante- para que todo cambiara de tal manera que todo, empezando por sus privilegios, quedara igual”. Vamos, que se rindió homenaje, una vez más, a Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

1. Todo cambiaría

Aunque muchos han alabado la misión, encomendada por Roma al cardenal Tarancón, entiendo que comprendía dimensiones susceptibles de valoración negativa. Cierto que. junto con el entonces Príncipe y futuro Rey, tuvo un protagonismo fundamental y que, al menos en apariencia, llevó el barco a buen puerto. Pero, desde una perspectiva eclesial, se trató de una estrategia hipócrita y contradictoria (Mt 6, 2-8), condenada por Jesús (‘ya recibieron su recompensa’), pues se buscaba ser “alabados de los hombres” y salvaguardar los propios y privilegiados intereses. ¡Contra testimonio y contrasentido manifiestos!

Estas conductas no casan con el espíritu evangélico. Espíritu que se espera que la Iglesia (sus más altos y significados líderes) testimonie. Se traducen, a la larga, en formas diversas de abandono de la propia institución, que las protagoniza. Cuando tantos, obispos y teólogos, responsabilizan de la situación actual del cristianismo en la sociedad española al laicismo y otras muchas vigencias fruto del espíritu de la secularización (modernidad), podrían preguntarse (reflexionar en serio) qué influencia pudo tener en el abandonismo de muchos los contra testimonios recibidos, como es el caso de la conservación de los privilegios disfrutados desde 1953, por gracia de la dictadura a la que apoyaron, hasta el momento presente. A partir de esta reflexión, es más que probable que ahora no volverían a intentar su mantenimiento. Al servicio, en la medida de lo posible, de su logro efectivo, se vienen dejando por el camino importantes girones de la tan coreada misión profética.

La Iglesia católica sabía lo que quería y sabía también el camino a seguir para conseguirlo. Por eso, no dejó absolutamente nada al albur de la improvisación. Desde ya antes de la muerte del dictador, concibió un Proyecto, que implicaba un verdadero proceso, para pasar de la dictadura a una monarquía parlamentaria y designó al hombre para llevarlo a cabo en la persona del cardenal Tarancón. La gran experiencia histórica de la Iglesia recomendaba que la mejor manera de controlar un proceso de cambio y conseguir los objetivos deseados (en este caso, conservar los privilegios que venía disfrutando) era convertirse en protagonista y verdadera artífice del mismo. Función que se puso en marcha a partir del nombramiento de monseñor Tarancón, como arzobispo de Madrid y, posteriormente, cardenal y presidente de la Conferencia episcopal española.

“El apoyo de la Iglesia católica al proceso político (tránsito a una monarquía parlamentaria) era estimado como fundamental y, sin duda, se estaba dispuesto a pagarlo”

Sin embargo, todo el Proyecto estuvo en claro riesgo por el enfrentamiento personal de Pablo VI con el dictador. Una vez reconducida la situación creada, se reanudó el Proyecto original, tendente a que, a la muerte del dictador, se activase el paso político planificado, esto es, transitar de la dictadura a la monarquía parlamentaria (régimen democrático). En este proceso (la llamada Transición), la conservación por parte de la Iglesia católica de los privilegios que venía disfrutando, otorgados por la dictadura, se convirtió, por cierto, en moneda de cambio con las fuerzas políticas. En efecto, se garantizaba el apoyo total al cambio, siempre y cuando la Iglesia conservase sus privilegios.

El cardenal Tarancón, en efecto, fiel a la misión encomendada por Pablo VI, llevaba tiempo, incluso antes de la muerte de Franco, reuniéndose con hombres significados de la oposición, tanto del PSOE como del PCE (2). Las citas tenían lugar en el chalé, propiedad de la Compañía del Salvador (religiosas titulares del colegio próximo), en la Cuesta de las Perdices, en Madrid. Por allí pasaron Felipe González, Luís Gómez Llorente, Javier Solana, Gregorio Peces-Barba, el padre José María Martín Patino, S.J.., mano izquierda del cardenal Tarancón, Santiago Carrillo, Alfonso Carlos Comín, Manuel Azcarate y otros nombres de la nueva clase política, como Agustín Rodríguez Sahagún (3). Toda la clase política estuvo interesada en verificar el Proyecto político que se ofrecía y, sobre todo, en comprobar directamente lo que pensaba el representante de la Santa Sede, cardenal Tarancón.

a. Una ‘estrategia conjunta’

Estos discretos encuentros facilitaron enormemente la labor a la hora de ir trazando los límites de la Transición. Pero, sobre todo, facilitaron el conocimiento mutuo en lo personal y en lo político. Felipe González tenía un especial interés en verificar, cara a cara, el modo de pensar (cuáles eran sus planes de futuro) del representante oficial de la Santa Sede, cardenal Tarancón. Creo que los encuentros cumplieron un papel facilitador del Proyecto diseñado y aumentaron la confianza y el respeto entre los interlocutores de distintas tendencias políticas. Se inició un camino (método) que, por desgracia, no tuvo la deseada y beneficiosa continuidad en el tiempo.

El cardenal Tarancón, en efecto, fiel a la misión encomendada por Pablo VI, llevaba tiempo, incluso antes de la muerte de Franco, reuniéndose con hombres significados de la oposición, tanto del PSOE como del PCE (2). Las citas tenían lugar en el chalé, propiedad de la Compañía del Salvador (religiosas titulares del colegio próximo), en la Cuesta de las Perdices, en Madrid. Por allí pasaron Felipe González, Luís Gómez Llorente, Javier Solana, Gregorio Peces-Barba, el padre José María Martín Patino, S.J.., mano izquierda del cardenal Tarancón, Santiago Carrillo, Alfonso Carlos Comín, Manuel Azcarate y otros nombres de la nueva clase política, como Agustín Rodríguez Sahagún (3). Toda la clase política estuvo interesada en verificar el Proyecto político que se ofrecía y, sobre todo, en comprobar directamente lo que pensaba el representante de la Santa Sede, cardenal Tarancón.

Por otra parte, el hecho de que el cardenal Tarancón tuviese un diseño propio (un verdadero plan) facilitó el que pudiese “insertarlo en los balbuceos tácticos de las demás fuerzas” (4). El ofrecimiento del apoyo total de la Iglesia católica al proceso era muy importante. En aquellos momentos, algunas fuerzas políticas apenas tenían otra existencia más allá del papel y, en consecuencia, no podían, por sí mismas, soñar con cambiar la realidad política de España (5). Lo cierto es que se aceptó el diseño trazado y propuesto por el cardenal Tarancón.

En todo este nuevo marco de escucha mutua, no puede ignorarse que el referido Proyecto político de la Iglesia católica estuvo precedido por diferentes encuentros con el Príncipe y futuro Rey. Sin duda, existió entre ellos un acuerdo o pacto en virtud del cual “el futuro rey debería evitar el apoyo de la extrema derecha y él, por su parte, le daría el de la iglesia católica” (6). Hubo, en definitiva, una ‘estrategia conjunta’ (Santa Olalla), que volvió a aparecer en la homilía del cardenal en la misa de coronación de Juan Carlos y en el posterior almuerzo (3.03.1976) en forma de tutela sobre el entonces Príncipe y futuro Rey.

b. La sustitución del concordato de 1953

Efectivamente, el Proyecto diseñado, propuesto y aceptado debía cumplirse. En la primera reunión, el 26 de enero de 1976 (a los dos meses de la llegada de Juan Carlos al trono), de los representantes del Estado y de la Iglesia, “Tarancón fue muy claro en cuanto a las exigencias de la Iglesia católica, no precisamente espirituales, porque incluían, en primer lugar, la subida de las percepciones económicas recibidas por el clero, su inclusión en el régimen de la Seguridad Social, la conclusión de las críticas frente a ciertas homilías, el reconocimiento legal de la Conferencia episcopal y la renuncia del rey al privilegio de presentación” (7).

El Gobierno, presidido por Carlos Arias Navarro (sus representantes fueron Areilza, Garrigues, Marcelino Oreja y Eduardo de Zulueta), ha dejado escrito César Vidal (8), “aceptó inmediatamente el aumento de la nómina del clero, prometió incluirá los sacerdotes en la Seguridad Social y adelantó que el rey renunciaría al privilegio de presentación a cambio de que la Iglesia hiciera lo mismo con el de fuero eclesiástico”.

Como se advertirá, esta respuesta tan inmediata y rápida del Gobierno ha de interpretarse en el sentido de que el apoyo de la Iglesia católica al proceso político (tránsito a una monarquía parlamentaria) era estimado como fundamental y, sin duda, se estaba dispuesto a pagarlo. No se expresó, en consecuencia, reserva alguna al aumento de la nómina del clero ni en su inclusión en la Seguridad Social. Posición que daba satisfacción plena a los aspiraciones eclesiásticas en este aspecto. Era, a partir de este momento, cuestión de ordenación e incorporación de hecho en los respectivos ámbitos de gobierno de la nación.

Al no acabar de ponerse en marcha, no obstante la respuesta favorable del Gobierno a la petición eclesiástica, la subida de los haberes del clero, se concertó una nueva reunión (un almuerzo) del Rey Juan Carlos y del cardenal Tarancón, el 3 de marzo de 1976, que dio un verdadero impulso a todo el proceso. El representante de la Iglesia católica ejerció, una vez más, su anunciada tutela respecto del Rey y puso sobre el tapete de la mesa un hecho tópico en la Historia de España:

 “la unidad religiosa” era “la que da consistencia a la unidad política de la nación” (9). El momento crítico por el que atravesaba entonces España podía dar pie a cualquier aventura. Evitarla, sería la gran aportación de la Iglesia: apoyo total al proceso. Es más, en este contexto, el cardenal Tarancón (10) sugirió al Rey un programa de actuación, seguido en su totalidad, que “incluía el hecho de que el rey no debería entrar en las discusiones políticas, pero también la consideración de que en otras cuestiones ‘no puede ni debe ser neutral’”.

Al margen del Presidente Arias Navarro, personaje que no gozaba, por cierto, de la simpatía del cardenal Tarancón, al poco tiempo, el 12 de abril de 1976, el ministro Areilza se entrevista con Pablo VI (buena acogida) y le asegura que el Concordato de 1953 sería sustituido por una serie de Acuerdos parciales (cambio significativo)- Para obtenerlos, parece ser que el obstáculo residía en Arias Navarro (11), que tampoco contaba con la confianza del Rey, como se evidenció en el discurso de Juan Carlos al Congreso estadounidense, en su histórica visita a Estados Unidos (2-6.06.1976). A los pocos días , un 3 de julio de 1976, Adolfo Suárez sería el nuevo Presidente del Gobierno. Todo, en principio y en apariencia, cambiaba.

NOTAS Y REFERENCIAS

1. La historia secreta de la Iglesia católica en España, Ediciones B, Barcelona 2014, pág. 792.

2. Aunque esta circunstancia se pretendió mantener oculta, ya es de conocimiento generalizado. Cfr. , entre otros, Ibidem, pág. 793; Hernández, A., Crónica de la Cruz y de la Rosa (Los Socialistas y la Iglesia, hoy), Ed. Argos Vergara, Barcelona 1984, ágs.. 11-34; Andrés-Gallego, J. y Pazos, A. M., La Iglesia en la España contemporánea, /2 1936-1999, Ediciones Encuentro, Madrid 1999, pág. 214.

3. Hernández, A., Crónica … cit., ágs… 11-14.

4. Vidal, C., La historia … cit. pág. 792.

5. Ibidem, pág. 793.

6. Ibidem, pág. 794.

7. Ibidem, pág. 797. El cardenal Tarancón (Confesiones, págs.. 283 ss.) había reconocido la generosidad económica de la dictadura con la Iglesia católica.

8. Ibidem, pág. 797.

9. Confesiones, pág. 878.

10. Seguimos la versión que ha ofrecido César Vidal, Ibidem, págs.. 798-799, que remite a Confesiones, pág. 883.

11. Areilza, J.M. de, Diario de un ministro de la monarquía, Editorial Planeta, Barcelona 1977, págs. 210 y 212.

 

 

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