Religión o negocio

agosto 15, 2020

¿Anticlericalismo mío? Más bien amor a unos edificios que por la voracidad recaudatoria de la Iglesia se han convertido en museos, en espacios ajenos a la religión y a la vida de las ciudades en las que se encuentran

La Catedral de León

La Catedral de León

Julio Llamazares   El País, 15 de agosto de 2020

Mucho le molestó a la Iglesia, en especial a algunos obispos, el titular de una entrevista que me hizo este periódico con ocasión de la publicación del segundo tomo de mi viaje por las catedrales españolas: “La Iglesia ha secuestrado las catedrales”. Algún deán hubo, incluso, que me acusó de anticlerical pese a mi demostrado interés por esos edificios religiosos que construyen sobre la geografía de los países cristianos su identidad junto a otros militares y civiles. Diecisiete años dedicados a la contemplación de todas las catedrales españolas y 1.200 páginas a contar después sus maravillas y secretos no fueron suficientes para algunos a la hora de calibrar mi pasión por ellas

Mi declaración se refería a un fenómeno que es el de la tendencia de los cabildos catedralicios a cerrar las puertas de las catedrales para poder cobrar por su acceso con la excusa de su mantenimiento; un fenómeno que yo había visto nacer y desarrollarse a lo largo de los años en los que las recorrí: cuando comencé mi viaje, apenas media docena de ellas cobraban por visitarlas y hoy prácticamente lo hacen ya todas. Convertidas en museos, las catedrales han perdido así su verdadero sentido, que es el de ser lugares de culto, además de reunión y asilo. Hoy sólo entran en ellas los turistas y los contrayentes e invitados a las bodas que las utilizan como decorados, pagando por ello una cantidad, cómo no. Lee el resto de esta entrada »


Inmatriculada corrupción

agosto 15, 2020

No podíamos imaginar que precisamente ahora la Iglesia perpetrara el mayor expolio de la historia de España, señala el autor

Rescatamos un artículo que Antonio Manuel publicaba en La Marea en abril de 2015 y que, desgraciadamente, podría haberse escrito todavía hoy mismo, cinco años más tarde.

Antonio Manuel, La Marea, 15 de agosto de 2020

No merece llamarse democracia el sistema político que no democratiza su sistema económico. Que no socializa toda su riqueza mediante una fiscalidad universal y progresiva. Que ampara exenciones injustas y paraísos fiscales dentro de su propio Estado. Todos somos ciudadanos porque todos estamos sujetos al deber de declarar y tributar, pagando más quien más tenga. Ése fue el grito de los revolucionarios norteamericanos contra los colonizadores británicos: “no taxation without representation”. Y por la misma razón murió el feudalismo en Francia, arrastrando su caída a media Europa, cuando las asambleas populares votaron la abolición de los privilegios de la nobleza y el clero. Desgraciadamente, esta revolución siempre fue abortada en España por quienes nos mantienen anclados en la eterna Edad Media de su escudo: la cruz y la corona. En pleno siglo XXI, Iglesia y Estado siguen siendo dos hermanas siamesas cosidas por el bolsillo. Y a cada intento político de separación para incorporarnos a la modernidad, sobreviene una reacción visceral por puro instinto de supervivencia.

El pueblo siempre supo que esta dependencia parasitaria era culpable de sus males. Pero necesitaban de los ilustrados para elevar su voz y denunciar razonadamente lo obvio. En el Informe reservado de 1787, el conde de Floridablanca alertó del triple fraude a las arcas públicas ocasionado por los inmuebles en las “manos muertas” de la Iglesia: no pagan impuestos, privan de su aprovechamiento a quienes de verdad los necesitan, y su conservación corre de cuenta del Estado. A pesar de la estrategia moderada de Camponanes o Jovellanos respecto a los bienes eclesiásticos, el Rey rechazó sus informes y la Inquisición los condenó por diabólicos. Las sístoles y diástoles del siglo XIX trajeron dos grandes e insuficientes desamortizaciones. La vanguardista ley republicana intentó equipararnos al resto de Estados europeos, pero la Iglesia no tardó en pasear bajo palio al caudillo por la gracia de dios que le devolvió su régimen de privilegio. El Concilio Vaticano II consiguió que muchos cristianos rompieran con su jerarquía, compartiendo trinchera con las fuerzas democráticas en la transición. Lo que no podíamos imaginar, ni en la peor de nuestras pesadillas, es que precisamente ahora la Iglesia perpetrara el mayor expolio de la historia de España. Ilegítimo, inmoral, injusto, inconstitucional, antidemocrático. Y consentido. Lee el resto de esta entrada »