Hay espacios que deberían cambiar y no basta con mover los muebles de sitio. Para poder resignificar o construir de nuevo, primero hay que desacralizar algunos templos

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Jimena Marcos, El País, 11 de noviembre de 2024
En el año 2007, la Iglesia del Padre Nuestro[1]de mi barrio, la Alameda de Osuna, se puso en venta. Imagino lo difícil que debió de ser ponerle precio a lo sagrado: que si el reclinatorio es de madera buena, que si el Cristo fue un regalo, que si el altar va incluido porque no se puede mover. Finalmente, el Arzobispado decidió que la cifra sería la de 2.700.000 euros. Precio final. A Dios no se le regatea. A pesar de que el terreno fuera una cesión del Ayuntamiento, el párroco -que, como tantos otros, debió de faltar a la clase sobre el voto de pobreza- dijo que era de la Iglesia y que él lo vendía si quería porque, además, tenía que pagar otra parroquia más bonita, más grande y moderna, que había construido en el mismo barrio, pero una plaza más allá.
Desde el Arzobispado hicieron unas breves declaraciones sobre el asunto: “Se desacralizó en verano. Es un local normal”. Así, de pronto y sin amén, la casa de Dios, el templo y refugio de los cristianos del barrio, se había transformado en un local… “normal”. Una construcción de los años setenta, de ladrillo marrón y de puertas de madera, que pronto llamó la atención a constructoras, entidades y supermercados. Dicen las señoras de mi barrio que hasta El Corte Inglés le había echado el ojo.
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Posted by asturiaslaica 



















