Lucio Martínez Pereda: “El hambre siempre fue un mecanismo de violencia estructural, el más potente que existe”

La Iglesia quería dejar claro que no iba a permitir que una organización laica perjudicase su tradicional monopolio de la beneficencia, un potentísimo medio de control social empleado para adoctrinar religiosamente a los trabajadores.

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Ángelo Nero, Nueva Revolución, 4 de agosto de 2022

En el prólogo de “El pan y la cruz”, Xosé Luis Méndez Ferrín dice: “en este libro se muestra con exactitud la lucha entre cierta beneficencia laicista, que no llegó a serlo, representada por el Auxilio Social, y las obras de caridad que dispensaron las organizaciones eclesiásticas”. ¿Fue realmente relevante ese conflicto entre la Falange y la Iglesia por disputarse la gestión del hambre de los pobres como instrumento de poder?

Antes de que se constituyese definitivamente el estado franquista en 1939 existieron varios conflictos entre la Iglesia y falange. Estos conflictos, pese a estar producidos por causas distintas, tenían la misma motivación: Iglesia y falange competían por ser instituciones fundamentales en ese Estado Nuevo. La dimensión externa de este conflicto fue escasa y desconocida fuera de los círculos de poder, debido a la censura y vigilancia ejercida sobre los medios. En el caso de Auxilio Social fue una competencia por el control ideológico de la institución y los beneficios derivados de su gestión. La Iglesia quería dejar claro que no iba a permitir que una organización laica perjudicase su tradicional monopolio de la beneficencia, un potentísimo medio de control social empleado para adoctrinar religiosamente a los trabajadores. Finalmente, y antes de 1939, cuando Auxilio ya se había extendido por todo el territorio nacional, logró imponerse la Iglesia y a través de una Asesoría religiosa dirigida por sacerdotes e implantada en todo el estado, consiguió poner el conjunto de prestaciones de Auxilio bajo su tutela y al servicio de la propaganda religiosa.

En la fundación del Auxilio Social tuvieron un destacado protagonismo figuras relevantes de la Falange, como Mercedes Sainz, viuda de Onésimo Redondo, y Javier Martínez de Bedoya, pero los primeros fondos para poner en marcha los comedores sociales fueron suministrados por los nazis. ¿Esto tuvo importancia en el desarrollo del proyecto y en su orientación ideológica?

Mucha importancia: Auxilio Social es una transposición a España del Auxilio de Invierno nazi. Una traslación de estructura organizativa y medios, pero también de objetivos. Recurrieron a sus mismos métodos de financiación, aprendidos en viajes realizados por jonsistas a Alemania. Los cuadros dirigentes de Auxilio fueron enviados a Alemania a recibir formación. Emplearon su misma estructura de organización, gestión y propaganda, y los mismos objetivos: convertir el alivio de la pobreza y el hambre en un mecanismo propagandístico para extender la influencia entre los trabajadores. Los jonsistas primero y la falange después, pensaron que podían repetir el modelo nazi con el mismo resultado en España, hasta que se toparon con la oposición de la Iglesia.

Detrás de la beneficencia falangista había un objetivo claro, que era el adoctrinamiento político del sector más desfavorecido del pueblo, y el control político de las masas trabajadoras que habían perdido todos sus derechos tras el golpe militar. ¿Podríamos afirmar que era pan a cambio de ideología?

Si. El hambre siempre fue un mecanismo de violencia estructural, el más potente que existe. Si a eso le añadimos un contexto de guerra civil con corolarios de muerte, asesinatos, encarcelamientos, y la población huérfana- mayormente hijos de republicanos que pasaron por los Comedores y Hogares de acogida de Auxilio- tenemos las circunstancias más favorables para que Auxilio ejerza sus funciones de potentísimo aparato de producción de sumisión y manipulación ideológica.

Sin embargo, como nos cuentas en tu libro, desde el principio, el Auxilio Social fracasó en Galicia, donde se centra tu estudio, y las recaudaciones “voluntarias” para financiarlo no tuvieron los resultados esperados. Pese a que Galicia cayó en manos de los militares sublevados a los pocos días del golpe de estado, distaba mucho de la imagen de territorio pacificado que nos vendieron. ¿No es acertada esta apreciación?

Completamente acertada. A la propaganda franquista le interesaba presentar a Galicia como un plácido territorio proveedor de materias primas y soldados para el combate, pero esa imagen idílica distó mucho de corresponderse con la realidad. Auxilio se encontró ya en 1937- pocos meses después de tener sometido todo el territorio gallego- con abundante muestras de rechazo a sus mecanismos de financiación: negativas a pagar una especie de impuesto llamado Ficha Azul, pequeños actos de sabotaje cuando se hacían las cuestaciones publica, y frecuentes insultos y agresiones al personal que se encargaba de recaudar fondos para la organización. Fueron actos de rechazo que se extendieron durante toda la guerra por las cuatro provincias.

En el régimen instaurado por los golpistas, y también contra la imagen ingenua que muchos quisieron creer, la corrupción era un mal endémico, extendida en todos los círculos de poder, entre todos los que pugnaban por favorecerse del nuevo orden, los militares los primeros. ¿Esta corrupción también estuvo presente en el Auxilio Social y en sus estructuras, y si es así, a que nivel llegó?

Especialmente en Auxilio. Llegó al máximo nivel aprovechando el grave problema de encarecimiento de alimentos producido durante los años 40. Los almacenes de Auxilio fueron frecuentemente expoliados por los cargos provinciales para vender los alimentos en el mercado negro. A esto hay que añadir que los suministradores vendían sus productos a sobreprecio y los responsables de los almacenes se quedaban con la diferencia. También resulto muy frecuente recurrir al ocultamiento del fallecimiento de algunos trabajadores asalariados, que seguían figurando como vivos para poder quedarse con su salario. La corrupción interna en la organización estaba extendida y normalizada, se consentía y silenciaba, poniendo en práctica un tácito “ hoy por ti, mañana por mi”. Solamente en muy pocas ocasiones -cuando se llegó al escándalo que ya no podía ser ocultado- se produjo algún castigo ejemplarizante para acallar posibles protestas y hacer creer que se luchaba contra la corrupción. Se cursaron consignas a los directores de periódicos para que las escasísimas detenciones -no pasaron de 4 o 5 en todo el estado- fueran suficientemente aireadas en la prensa.

La corrupción no era un “mal” del estado franquista, era constitutiva y necesaria para su propia supervivencia, creaba lazos de solidaridad obligada entre los corruptos y quienes la consentían. Esta distribución de privilegios y castigos no fue caprichosa. Obedecía a una táctica de asentamiento del poder. Franco fue un maestro en la manipulación de la codicia de sus partidarios, veía en la corrupción un instrumento de gobierno. Gestionada por la vía del clientelismo servía para sostener la estabilidad del régimen y crear las complicidades que cimentaron el orden social. El vínculo de intereses entre el poder y los corruptos fue reconocido por los propios protagonistas del régimen. Dionisio Ridruejo se quejó al dictador de varios generales. Ante las veladas acusaciones de pasividad, Franco respondió diciendo que lo mismo que en la Edad Media los reyes acostumbraban a repartir títulos entre los nobles por su ayuda en la guerra, él actuaba de la misma manera cuando cerraba los ojos ante la corrupción.

Otra de las acciones propagandísticas del Auxilio era el reparto de alimentos a las poblaciones liberadas, como ayuda a las poblaciones liberadas, en muchos pueblos y ciudades que habían sufrido severos bombardeos de la artillería fascista. ¿Qué efectos tenía el “Auxilio a Poblaciones Liberadas” sobre la población que, muchas veces, había permanecido fiel a la legalidad representada en la República y sus autoridades?

Los efectos se produjeron sobre la totalidad de la población de las localidades conquistadas, en lenguaje propagandístico se decía: “liberadas de la tiranía roja”. Auxilio tenía una Oficina Central de Propaganda: una de sus secciones con mayor potencial propagandístico fue Auxilio a Poblaciones Liberadas. La «liberación» de cada ciudad importante ocupada por las tropas se acompañaba con imponentes manifestaciones patrióticas y la entrada de los camiones de Auxilio cargados con comida. Primero se hizo en Bilbao, después en Barcelona y al final en Madrid. La sección de propaganda enviaba un consignario de frases para publicar en prensa y emitir en radio. Con estos mensajes propagandísticas, que incluyeron la proyección de películas en las salas de cine de cada ciudad “ liberada”, se instrumentó un mito sobre el hambre republicana hecho de los padecimientos sufridos por una población tiranizada por sus gobernantes y el “ Terror Rojo” La propaganda política del hambre y la dramatización de la precariedad alimentaria de la zona republicana sirvió para completar la imagen mitificada de un Franco que -a su status de victorioso Caudillo militar- sumaba la condición de «Padre Munífico» de la Patria, proveedor de alimentos que llevaban su propio: el «pan de Franco», así se llamaba en los textos propagandísticos.

Una de las cosas que me llamó la atención del libro fue que esa pretendida “Lucha contra el hambre” del Auxilio Social, no llegaba a atender a todos aquellos que lo necesitaban, si no a una parte que fue menguando con el tiempo, y que incluso las raciones que ofrecían estaban por debajo de las necesidades alimenticias de los niños. ¿Cuáles eran las causas de que pasara esto?

Cuando Auxilio dejó de cumplir su función propagandística tras la guerra, dejo de interesar. Terminada la guerra, en plena autarquía, cuando el hambre asolaba con mayor intensidad y más se necesitan los Comedores de Auxilio, la organización empezó a reducir raciones de alimentos y cerrar locales. Pero la propaganda falangista ocultaba esta realidad. La propaganda seguía refiriéndose a Auxilio como “la sonrisa de Falange”, haciendo reportajes que transmitían una imagen de luminosidad y falsa alegría que en absoluto se correspondía con lo que sucedía en el interior de los Hogares y Comedores de Auxilio.

En el último capítulo de “El pan y la cruz” se trata a fondo el factor religioso dentro del Auxilio y del control social a través de este, que se rentabilizaba con un efectivo aparato de propaganda. ¿Con el tiempo fue la iglesia católica cobrando protagonismo dentro de estos organismos creados por la Falange?

El protagonismo fue absoluto a través de la Asesoría de Cuestiones Morales y Religiosas, controlada por la Iglesia mediante más de 150 sacerdotes dedicados a ello. La iglesia ejerció, si no nominalmente si realmente, el poder dentro de Auxilio. Los informes parroquiales lo decidían todo: horarios en el interior de los hogares, asignaturas a enseñar, practicas religiosas a realizar, pautas para vigilar la moralidad de las madres, decisiones sobre retirada de tutela, etc, etc.

Ese aparato de propaganda estuvo especialmente presente en los hogares infantiles y las casas cunas. “El niño cuidado por Falange se transformó en representación adanista del nuevo estado y la nueva comunidad nacional”, afirmas. ¿Cómo funcionaban estos internados, y hasta qué punto la propaganda falangista estaba alejada de la realidad?

El sistema de hogares estaba diseñado para abarcar toda la vida de los niños: Hogares Cuna, Guarderías Infantiles, Hogares Infantiles, Hogares Escolares, Hogares de Aprendices. Hogares de Estudios Medios y Superiores. Los Hogares funcionaban regulados por el programa conocido como «colocación familiar», un tipo tutelar que no precisaba autorización previa judicial. Pero las “ entregas” llamémoslas así, estaban controladas por la Iglesia: corrían a cargo de unas juntas locales formadas por el alcalde, el inspector de sanidad, un maestro y un sacerdote.

Los asistidos en comedores y tutelados en hogares pasaban por métodos de vigilancia y medios punitivos: se imponía la obligación de acudir a misa y catequesis. Los socorridos recibían vales para ser sellados en la parroquia correspondiente. Los vales servían para comprobar si el niño cumplía con sus obligaciones religiosas y para regular como castigo la disminución de alimentos

La Jefatura y la Oficina de Información Social y el Cuerpo de Visitadoras Sociales gestionaban las solicitudes de asistimiento y hacían un seguimiento sobre la conducta religiosa, moral y política de las familias. La valoración final del socorro dependía del comportamiento moral de la familia, el cumplimiento de los preceptos religiosos y las costumbres sexuales de los padres. En los informes se especificaba si la vida de las madres viudas o solteras se ajustaba a las pautas de religiosidad católica, y contenía datos procedentes de las parroquias sobre los antecedentes morales y políticos de los solicitantes. El informe parroquial investigaba la «legitimidad de los padres, si el niño estaba bautizado y el grado de práctica religiosa de la familia»

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