De los brazos incorruptos a la camiseta de Maradona

Se han pagado 8,4 millones de euros por la camiseta que llevó Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México-86. Puede parecer una exageración, pero las reliquias siempre han movido fortunas. Ahora y en la Edad Media.

El «brazo incorrupto de Santa Tecla»

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Xavier Carmaniu Mainadé, El Periódico, 12 de mayo de 2022

Al terminar el partido se la pidió y la estrella aceptó. Steve Hodge se llevó a casa uno de los objetos más simbólicos de la historia del fútbol moderno: la camiseta con la que Maradona jugó los cuartos de final del Mundial de México de 1986 contra la selección inglesa.

El astro albiceleste marcó dos goles antológicos recordados por todos los amantes de ese deporte. El primero con la mano, simulando cabecear (conocido como ‘La mano de Dios’), y el segundo después de cruzar medio campo, regateando a todos los adversarios que se le ponían delante, y que se bautizó como el gol del siglo. El resultado final fue de 2 a 1. Una victoria que iba más allá del terreno de juego para los argentinos. Cuatro años antes, el Reino Unido les había humillado en la Guerra de las Malvinas y en el Mundial, frente a todo el mundo, el fútbol devolvía la gloria al país americano.

Hodge cedió la camiseta al Museo Nacional de Fútbol que se encuentra en Manchester y allí se ha expuesto hasta ahora, que se ha sacado a subasta. La puja ha superado todas las previsiones y alguien (no se sabe quién) ha pagado 8,4 millones de euros por quedársela. Desconocemos qué destino le espera, pero si se exhibe, seguro que mucha gente querrá verla. De la misma forma que cada día riadas de gente de todas partes visitan el Museo del Barça para contemplar los objetos que se acumulan en sus vitrinas. Y entre ellos, los más fotografiados son aún los que ganó Leo Messi.

Todo ello no dejan de ser reliquias de nuestro tiempo, objetos de culto que pueden recordar lo que ocurría en la Edad Media, cuando las iglesias y las catedrales hacían lo impensable para poseer cosas de santos y mártires. Cualquier elemento podía servir, desde un fragmento de ropa hasta partes de su anatomía (y a poder ser el cuerpo entero). Cuanto más importante era el santo, más feligreses querían visitar el templo.

Aquellos peregrinos eran una jugosa fuente de ingresos y se hacía lo que conviniera para conseguir atraer cada vez más devotos. En el siglo IX, por ejemplo, el diácono Deusdona se ganaba la vida exportando restos de las catacumbas romanas fuera de Italia. Cuanto más crecía la demanda, más aumentaba la oferta y ya no se limitaba a restos vinculados a Cristo y los apóstoles, sino que también se vendían restos de obispos y otras personas de iglesia.

Era un sector tan importante que poseer unas reliquias podía ser motivo de disputas feroces. Una de las más conocidas es la protagonizada por las localidades francesas de Poitiers y Tours, que entraron en litigio para intentar quedarse con los restos de San Martín. El hombre había muerto el 8 de noviembre de 397 después de una vida consagrada a la fe de Cristo en Candes. Se dice que un grupo de hombres de Tours robó el cadáver sacándolo por la ventana de la estancia donde se velaba el féretro, lo cargaron en una barcaza y navegando por el Loira le llevaron a su ciudad, donde fue enterrado el día 11. Y ahí sigue, ahora protegido con una inmensa basílica.

Tampoco hay que ir tan lejos para encontrar ese tipo de historias. En Tarragona, sede del arzobispado, también se removió cielo y tierra para conseguir una reliquia que estuviera a la altura de su importancia jerárquica. La oportunidad llegó a principios del siglo XIV, cuando en Antioquia (entonces parte del reino de Armenia) se localizó el brazo incorrupto de Santa Tecla. Dos siglos antes, en 1117, Ramon Berenguer III y el arzobispo Oleguer la habían proclamado patrona de la ciudad para agradecerle que hubiera escuchado sus plegarias durante las batallas contra los musulmanes en la conquista del campo tarraconense. Desde entonces hubo mucha devoción por la santa y, evidentemente, no podía dejarse escapar la ocasión de tener una parte su cuerpo. No escatimaron esfuerzos y el rey Jaume II mandó una comitiva de mercaderes de la Corona de Aragón para negociar con el rey de Armenia para comprar el brazo. Los documentos de las gestiones se conservan en el Archivo Diocesano y se sabe que la operación costó el equivalente a un trono de oro, 200 caballos andalusíes y 400 quesos mallorquines. No sabemos si al cambio actual alcanzaría los 8,4 millones de euros, pero por la época aquello también era auténtica fortuna

Sueño premonitorio

Una de las formas de localizar reliquias era gracias a una aparición divina o un sueño premonitorio, que daba pistas de donde estaba el cuerpo de algún cristiano martirizado. Recuperados los restos, se mostraban en un templo y empezaban los milagros, cosa que atraía a los fieles de los alrededores. Este método de encontrar nuevas reliquias se llamaba ‘inventio’.

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