Monoteísmo y misoginia

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Las 10 mujeres cient%C3%ADficas m%C3%A1s importantes de la historia

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Mètode, 11 de febrero de 2021
Josep Lluís Barona, Mujeres y Ciencia. Genealogía de una exclusión (fragmento)

Monoteismo y misoginia

La inferioridad biológica y social de la mujer fue definitivamente reforzada en nuestra tradición cultural por la inferioridad espiritual. La transición del politeísmo, más o menos compatible con las filosofías naturales, hacia un «monoteísmo patriarcal» aún reforzó más la subordinación de la hembra al macho. Cristianismo, judaísmo e islam comparten las raíces de esta religiosidad profundamente misógina, parte esencial de su dogma. La antropología cristiana –reivindicada por algunos como verdadera señal de identidad occidental y europea– no solo estableció desde los primeros concilios que iluminaron la «patrística», y también con las ideas de Pablo de Tarso y Agustín de Hipona, la inferioridad espiritual de la mujer, sino que también la privaron de alma, elemento esencial de la condición humana, poniendo en cuestión su identidad espiritual y la capacidad de salvación. Tuvieron que transcurrir muchos debates teológicos que llegaron hasta los primeros siglos de la modernidad para que la mujer –siempre humana y espiritualmente inferior– recibiese por lo menos el reconocimiento de una espiritualidad humana gracias a María, la madre de Cristo. No es casual que en todas las mitologías patriarcales la mujer, llámese Eva o Pandora, estuviese estigmatizada como origen del mal, de la enfermedad, del dolor y de la muerte. La mujer curiosa e inconstante, sensible y de inteligencia escasa. La mujer culpable de romper el orden sagrado instaurado por el Dios Padre, pecadora, seductora, personificación del mal. El poder patriarcal en las sociedades clásicas se fundamentaba en una sólida concepción de la condición humana legitimada por elementos religiosos, filosóficos y biológicos que contribuyeron a dar coherencia a la inferioridad fisiológica, social y espiritual de la mujer con respecto al hombre.

Degradada a una condición de inferioridad, el contacto con la mujer siempre rebajará y pondrá en peligro la perfección del macho, sea en la dimensión espiritual, sea en la física, y por eso algunos médicos veían en la mujer un agente transmisor de enfermedades (venéreas), un riesgo, y los sacerdotes, una amenaza para la perfección espiritual, una justificación para el celibato. Las religiones monoteístas patriarcales han mirado a la mujer con miedo, como si fuera un peligro.

La presencia de la mujer como ente individual, social, intelectual y espiritual ha sido tradicionalmente ocultada tras la subordinación al dominio masculino y al orden sagrado patriarcal. Cuando la feminidad ha buscado espacios de presencia fuera del ámbito puramente doméstico, entonces se ha convertido en un factor desestabilizador y subversivo. Hipatia es un ejemplo en la antigüedad, así como Oliva Sabuco en el Renacimiento o Marie Curie en la sociedad contemporánea. Hay que añadir también el gran número de brujas, sanadoras, parteras y abortistas que fueron víctimas de jueces, médicos e inquisidores –instrumentos del poder patriarcal–, las cuales saborearon en el anonimato de la historia el gusto de la tortura y las llamas de la hoguera.

La ciencia en el orden patriarcal

Desde los inicios de las filosofías naturales configuradas en la antigüedad, la ciencia –es decir, el conocimiento de la naturaleza y sus leyes construido a partir de una racionalidad laica– ha sido un producto privativo de unas élites masculinas y aristocráticas, es decir, vinculadas a la nobleza y a la jerarquía religiosa. El conocimiento –teológico, filosófico, científico– ha sido patrimonio de los grupos poderosos, y las formas de conocimiento han sido históricamente un instrumento de dominio y perpetuación. A veces también de conflicto entre los grupos sociales dominantes. El régimen de conocimientos propio de cada sociedad, en cada época, refleja el orden intelectual y social, y los actores, las dinámicas y las prácticas científicas tan solo pueden ser comprensibles partiendo del contexto histórico y teniendo en cuenta el universo inseparable del régimen de saberes y las dinámicas sociales. En esta encrucijada de saberes y poderes históricamente no está la mujer, la gran ausente.

Si la revolución neolítica y el régimen señorial patriarcal marcaron la génesis, las raíces más hondas de la exclusión, la Ilustración rompió las dinámicas de poder de la sociedad señorial del Ancien Régime. El poder unificado era androcéntrico y patriarcal, pero la nueva filosofía política de Jefferson y Montesquieu –personalizando la ideología política de la revolución francesa y la revolución americana, resultado de procesos complejos, contradictorios y también conflictivos– inauguraron un nuevo sistema de valores que debía traducirse en la construcción de una nueva realidad social con el lento proceso de transformación de la sociedad liberal y con las luchas obreras de los siglos xix y xx. Los derechos civiles y la dignidad esencial y universal de la condición humana fueron el núcleo de cristalización de un nuevo modelo social de relaciones entre los sexos. La realización política de la universalidad de los derechos humanos fue el punto de partida de la aparición de la mujer en la esfera pública y también, poco a poco, en el mundo de la educación, la cultura y la ciencia, un territorio conquistado solo a costa de la deconstrucción del viejo universo patriarcal monopolizado por los hombres. Una conquista constantemente amenazada por el peso de la tradición, siempre en riesgo de un retroceso propiciado por las estructuras patriarcales supervivientes: las jerarquías religiosas institucionalizadas, el sistema de reproducción de roles, las tradiciones familiares y culturales… La igualdad legal y social entre los sexos representa una ganancia profundamente desigual en el mundo actual que solo la incorporación de la mujer al dominio de la ciencia y de los núcleos de poder social y político puede contribuir a consolidar.

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