Años de sotanas

febrero 13, 2022

Introducir en una mente infantil la idea de la eternidad y del infierno es una perversión que ahora nos parece imperdonable, pero que antes formaba parte de la educación cotidiana

MADRID, ESPAÑA – MAYO DE 1959: Interior del recién inaugurado Instituto Juan de la Cierva en el barrio madrileño de Acacias. En la imagen: Un religioso bendice las aulas del instituto / Archivo Europa Press

Antonio Muñoz Molina, El País, 13 de febrero de 2022

Quien no conoció aquellos tiempos no puede imaginar el poder que los curas ejercían sobre las vidas de casi todo el mundo, mayor cuanto más indefensas estaban las personas sometidas a ellos. Los abusos sexuales eran la consecuencia extrema de un permanente abuso político y social, una atmósfera irrespirable de tiranía eclesiástica. Cuando yo era niño se nos enseñaba que si veíamos a un cura por la calle había que acercarse respetuosamente a él y besarle la mano. Las sotanas de los curas eran tan omnipresentes en los actos oficiales como las camisas azules, los uniformes militares, los correajes y los tricornios de la Guardia Civil. Desde que teníamos seis años debíamos asistir a la catequesis obligatoria, que nos preparaba para la Primera Comunión. A los siete años ya se nos adoctrinaba sobre el pecado, el remordimiento, la culpa, el castigo sin fin de los condenados al infierno.

En las paredes de algunas iglesias había cuadros ennegrecidos en los que se veía a los réprobos ardiendo entre las llamas. Un recurso clásico del padre catequista era encender una cerilla o una vela y pedirte que acercaras un dedo a ella: lo apartabas, claro, al instante, y él afablemente se recreaba en comparar ese dolor tan breve, que sin embargo no habías podido soportar, y la duración eterna y literal que tendría si por tus pecados te condenabas para siempre.

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El horror de los internados religiosos: “Si se metía en tu cama y llorabas, te daba una paliza. Era mejor que hiciera lo que quisiera”

febrero 7, 2022

El informe de EL PAÍS con 251 casos de pederastia contiene 49 en seminarios, orfanatos y colegios, algunos de propiedad pública. Las víctimas también narran violencia brutal: “Una monja me quemó las manos y las piernas con una plancha”

Internos del orfanato de San Cayetano, en León, con dos de los frailes acusados de abusos, José Francisco Dobón, a la izquierda, y Julio Martínez, en el centro, que era el director de la entidad, en los años sesenta.

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Paola Nagovitch, Julio Núñez, Íñigo Domínguez, El País, 7 de febrero de 2022

Cuando el abuelo de Agustín Molleda lo dejó abandonado con dos días de vida en el Hospicio Viejo de León, las monjas lo bautizaron como E-83: la “E” de niño expósito y su número de ingreso. Allí pasó seis años, una antesala de relativa paz para lo que luego sería el hospicio Ciudad Residencial Infantil San Cayetano, el orfanato leonés regido por los Terciarios Capuchinos, también llamados amigonianos. En esta institución, según cuenta, sufrió agresiones sexuales y físicas de 1955 a 1965 a manos de varios hermanos. “Los abusos ocurrieron desde un principio y hasta el día en que los religiosos se marcharon”, relata Molleda, que hoy tiene 72 años.

El hombre, que ha escrito varios libros sobre el centro, denuncia que cinco religiosos abusaron sexual y físicamente de él y de sus compañeros: los hermanos José Francisco Dobón Lorente, Salvador Merino Fernández y Ramón Ruiz Escudero, y los sacerdotes Julio Martínez González y Vicente Tercero Borrás. “Se metían en nuestras camas por las noches. En otras ocasiones, nos llevaban a cuartos para masturbarnos. Nos castigaban sin comer, sin cenar. Yo sufrí muchísimas patadas y puñetazos. ¡Todo por nada! Por cosas que hace cualquier chiquillo”, relata.

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Los horrores de los internados franquistas

junio 14, 2016
El ‘Spotlight’ español

internados

14 de junio de 2016

La publicación del libro «Los internados del miedo», exhaustivo trabajo de investigación de Monstse Armengou y Ricard Belis, ha puesto de nuevo encima de la mesa otra más de las barbaries del franquismo. Barbarie, en este caso, contra la infancia, contra hijas e hijos «del pecado», de madres solteras,  y de familias pobres, con algún familiar enfermo de tuberculosis o culpables del terrible delito de tener padres republicanos.

«Cazados» por el Estado e internados en centros del Estado o religiosos (en su mayoría), donde, en algunos casos, permanecían hasta la mayoría de edad, las palizas, las violaciones, el trabajo esclavo y las vejaciones convirtieron en una pesadilla la niñez y la adolescencia de miles de criaturas, y no sólo durante los primeros años del franquismo porque algunos de ellos duraron hasta bien entrada la democracia, en los años 80.

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