La «ruta de las ratas»: cómo el Vaticano ayudó a evacuar a los nazis de Europa

En 1945 miles de nazis huyeron con la ayuda del Vaticano a través de la llamada «ruta de las ratas», principalmente hacia Sudamérica

Berlín, recepción de Año Nuevo en la nueva Cancillería del Reich (Título original) / Autor: Desconocido , 12/01/1939. Fuente: Bundesarchiv Bild 183-H26878 CC-BY-SA 3.0 .
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Fuentes: Al Descubierto (José Mguel Gándar)/ El cajón de Grisom / DW

La «ratline» o «ruta de las ratas» fue creada por Alois Hudal, un obispo de origen austriaco y residente en Roma. En 1937 publicó un libro titulado Los fundamentos del nacionalsocialismo en el que Hudal no tenía reparos a la hora de elogiar a Adolf Hitler, lo que ya da una idea de los intereses, las ideas y las motivaciones de este personaje.

El camino de huida creado por este obispo será conocido como la “Operación Convento” o “Pasillo Vaticano”, en clara alusión a los clérigos católicos implicados en la misma. Su utilidad futura era clara: camino diseñado, organizado y puesto a disposición del régimen nazi de Adolf Hitler por los medios y altos cargos de la Santa Sede o Ciudad del Vaticano a modo de plan de evasión en caso de que la futura guerra total que se gestaba se torciera para el Tercer Reich y sus aliados. La ratline que organizó el obispo austríaco desde la sede del Vaticano fue la que permitió la fuga de varios de los prófugos de más alto perfil del nazismo, incluyendo a Eichmann, Mengele y Eduard Roschmann, el llamado «carnicero de Riga».

Por otro lado, los primeros indicios que existen en cuanto a la organización de planes de evasión de la justicia aliada fueron concebidos dos meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial. Heinrich Himmler, jerarca nazi al mando de las las Schutzstaffel (las SS, «Escuadras de protección» del partido nazi) se erigió en el precursor de la llamada Operación Aussenweg (Camino al exterior) y, para asegurarse su correcto funcionamiento, designó al capitán de la SS Carlos Fuldner como el director de orquesta del plan de huida de los criminales de guerra de la Alemania nazi.

Las tres ratlines -rutas de las rata- utilizadas para la evasión eran vías que atravesaban distintos países europeos con un solo fin: llegar hasta un puerto y allí escapar en barco.

La llamada «ruta nórdica» pasaba por Dinamarca con destino a Suecia, donde se embarcaba.

La «ruta ibérica» era coordinada por colaboradores nazis que vivían en España y utilizaba puertos como los de Galicia, presuntamente con el visto bueno del general Franco.

Pero se cree que hasta el 90% de los nazis que huyeron de Europa continental lo hicieron a través de Italia, el principal aliado de Alemania durante la guerra.

Y, aunque algunos escaparon hacia Reino Unido, Canadá, Estados Unidos, Australia y Medio Oriente, la gran mayoría huyó a Sudamérica, especialmente a Argentina.

Según un memorándum de 1947 de la embajada de Estados Unidos en Roma, la vía de escape preferida por el 90% de los nazis fue el Pasillo Vaticano, una organización controlada desde la Santa Sede por el que, a través de rutas de contrabando y pasando por los Alpes italianos hacia Merano o Bolzano, hasta el Tirol del Sur, luego a Roma y, de allí, llegaban a Génova, para, desde esta ciudad portuaria, huir hasta Sudamérica u Oriente medio pasando por distintas organizaciones religiosas de Roma o Milán o Roma, en lo que se conoció, además de la «Ruta de las Ratas» como «»Ruta de los Monasterios» u «Operación Convento», ya que solían alojarse en monasterios que se encontraban en la ruta.

Durante los primeros cinco años y, tras la Segunda Guerra Mundial, los nazis evadidos eligieron países como España, Italia, Portugal, Austria, incluso, por sorprendente que parezca, Marruecos, como zonas de paso donde tendrían garantizada cierta protección y seguridad en vistas a una posterior huida y residencia definitiva tanto en Sudamérica como en Estados Unidos, nación en la que se establecieron más criminales de guerra de lo que se suele imaginar.

Por supuesto, estos criminales viajaban siempre con identidades y documentación falsas, facilitadas por altos funcionarios y colaboradores de la Santa Sede vaticana a través de la «ruta de las ratas». Con una carta de la Iglesia Católica, sobre la identidad, el pasaporte ya es solo una formalidad que se consigue a través del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), que emitió unos 120.000 documentos hasta 1951. Así contaron con esta ayuda personajes de la talla de Josef Mengele, Helmut Gregor, Klaus Barbie o Adolf Eichmann (de nombre falso Ricardo Klement) que fue detenido por fuerzas del Mossad israelí, juzgado y ejecutado en la horca en 1962.

Documento de identidad del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). El nombre verdadero de «Riccardo Klement» es Adolf Eichmann.
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Para esta y otras cuestiones, el propio Heinrich Himmler envió a Roma al capitán Carlos Fuldner con la intención de entrevistarse con el padre Kranoslav Draganovic, el director por entonces del seminario croata de San Girolamo, en Roma, situado en el número 132 de la Vía Tomacelli de la ciudad eterna.

En el transcurso de la citada entrevista, Fuldner se aseguró la plena colaboración de parte de la curia romana a la hora de dar cobertura y aportar la logística necesaria para la evasión de miles de nazis acusados de los peores crímenes, los de lesa humanidad.

El padre Draganovic se encargó de tranquilizar al enviado de Heinrich Himmler, garantizándole que estaban preparados para proporcionar asistencia y refugio a las altas jerarquías nazis que así lo solicitaran  y que, incluso, contaban con la protección del Vaticano a través del subsecretario de Estado, monseñor Giovanni Battista Montini, el mismo que años más tarde llegará a ser el Papa Pablo VI.

“La guerra de los Aliados contra Alemania no fue una Cruzada, sino una rivalidad entre complejos económicos en el cual habían luchado para conseguir la victoria. Este negocio…. usó lemas como democracia, raza, libertad religiosa y cristiandad como anzuelo para las masas. Por todas estas razones después de 1945 me sentía obligado a dedicar todo mi trabajo de caridad principalmente a antiguos Nacional-Socialistas y Fascistas, especialmente a los así llamados Criminales de Guerra”. Alois Hudal

La PCA, la huida nazi y la oposición de Pío XI

Fue en la capital de España donde Carlos Fuldner inició el contacto con otro de los importantes colaboradores del llamado Pasillo Vaticano: el obispo argentino monseñor Antonio Caggiano. Este se destacaba por ser un furibundo anticomunista, siendo acompañado siempre por un sacerdote de la orden franciscana, Stefan Guisan.

Desde 1944, Guisan comenzó a colaborar activamente con la institución de San Girolamo a las órdenes de Kranoslav Draganovic y, paralelamente, trabajando en beneficio de la sede de la Pontificia Comisión para la asistencia (PCA)La PCA era el organismo a través del cual se facilitaban salvoconductos y la documentación falsa para los fugitivos nazis, esenciales para la «ruta de las ratas». En este organismo trabajaban unos treinta sacerdotes pertenecientes a diferentes órdenes eclesiales, aunque en su mayoría, paradójicamente, eran de procedencia franciscana.

El proceso era tan simple en algunas cuestiones, como complejo en otras muchas, y consistía fundamentalmente en falsificar los sellos de algunas organizaciones internacionales como la Cruz Roja. En primer lugar, se ocultaba a los evadidos en un lugar seguro, después se les facilitaba la oportuna documentación falsa y, por último, se les entregaba una lista de los contactos para cada una de las etapas a seguir durante la huida.

Algunos de los investigadores e historiadores más versados en la materia, basándose en documentos recientemente aparecidos, dan por hecho que el padre Draganovic no fue el máximo responsable del señalado como Pasillo Vaticano. En concreto, se trataría de un documento de los servicios secretos norteamericanos donde se explicita que el verdadero líder de la Operación Convento o Pasillo Vaticano fue el ultraconservador cardenal Eugene Tisserant.

El caso del cardenal Tisserant resulta, cuando menos, muy curioso. En 1943, el Vaticano, temiendo una inminente invasión por parte de los nazis, dio la orden tajante de destruir muchos de sus documentos más comprometedores. Eugene Tisserant, sin embargo, se ocupó y preocupó por conservar los suyos a buen recaudo.

Entre los documentos apartados, se encontraban algunos que contenían información muy delicada, como los que tenían que ver con los vínculos entre la Santa Sede y el gobierno de la Alemania nazi. Es muy interesante el detalle de que jamás se le permitió la posibilidad de regresar a Francia, su país de origen, ni residir en ningún otro lugar que no fuera Roma.

Pío XI / Fuente imagen
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El 14 de marzo de 1937, Pío XI, el Papa inmediatamente anterior a Pío XII, tras mucho meditarlo y como resultado de una intensa preparación, llamó la atención de toda la cristiandad al atreverse a redactar la encíclica “Mit Brennender Sorge”, que resultó ser una muy seria llamada de atención acerca del régimen establecido por el Tercer Reich y, por ende, los peligros de la ideología nazi, el racismo y el creciente antisemitismo que ya planeaba sobre toda Europa. En su encíclica Pío XI advertía a los fieles alemanes sobre el neopaganismo que el régimen nazi estaba imponiendo y exhorta a combatirlo mediante el poder de la fe.

Pio XI nunca había sido una persona con demasiada buena salud, habiendo sufrido varios incidentes de índole cardíaca el año anterior. A pesar de ello y, con la intención de recabar su opinión, convocó a todos los obispos italianos a una reunión extraordinaria en Roma.

Llevaba unos días acatarrado y con malestar general, por lo que su médico personal le recomendó la toma de una serie de fármacos atenuantes. Aún bajo supervisión médica, su muerte se produjo de forma inesperada justo antes de celebrar tan importante reunión episcopal y sin llegar a ver la publicación de la encíclica en cuestión. Las pruebas de que pudiera tratarse de un asesinato, hoy por hoy son inexistentes.

Pío XII y la ruta de las ratas

Mientras tanto, la vida eclesial sigue su curso y el 2 de marzo de 1939 se celebra el cónclave en el que es elegido Papa Pacelli, y que en honor a su antecesor elegirá el nombre de Pío XII.

Antes de ser coronado, escribe ante notario una carta de renuncia en previsión de que pudiera ser apresado por los nazis, algo que, por otra parte, siempre le obsesionó.

Desde los primeros meses de su pontificado, comenzará dando manifiestas muestras de su posicionamiento anticomunista. En concreto, siempre a través de la vía diplomática, intentará concertar un gran pacto contra la Unión Soviética (URSS), atrayendo a Gran Bretaña hacia un hipotética alianza con una Alemania sin Hitler. El premier británico Winston Churchill no debía estar demasiado convencido de un pacto de tales características por lo que nunca llegó a contestar a las misivas papales.

Otra de las actitudes que levantaron sospechas en lo que se refiere a Pío XII es que jamás utilizará en sus discursos o documentos las palabras judío  o “nazi”. Sin embargo, existen múltiples evidencias de que en aquellos momentos llegaban al Vaticano informes detallados sobre las persecuciones y el exterminio al que estaban siendo sometidas ciertas minorías étnicas, como los judíos o los gitanos, por toda Europa.

Ante la insistencia para que Pío XII formulara por fin una condena contundente de la Alemania nazi, este se justificó arguyendo que una condena del nazismo sólo serviría para provocar que el número de crímenes cometidos por estos aumentara considerablemente. De todo esto se podría entender su connivencia con la «ruta de las ratas».

«Por lo tanto, en Berlín se sabe que el cardenal que acaba de ser elegido Papa es muy amigo de Alemania. Se recuerda sin duda que el ex nuncio en Múnich y Berlín fue el iniciador de el concordato entre la Santa Sede y el III Reich y que, cuando se tensaron las relaciones entre la Iglesia y el régimen nacionalsocialista, la actitud del secretario de Estado fue siempre, según los despachos del embajador Bergen, mucho más flexible que la de Pío XI»

El cardenal Pacelli (sentado en el centro) en la firma del Reichskonkordat el 20 de julio de 1933 en Roma. De izquierda a derecha: el prelado alemán Ludwig Kaas, el vice-canciller alemán Franz von Papen, el secretaro de Asuntos esclesiásticos Giuseppe Pizzardo, Alfredo Ottaviani y el ministro del Reich, Rudolf Buttmann / Autor: Desconocido, 20/07/1933. Fuente: Bundesarchiv Bild 183-R24391 CC-BY-SA 3.0
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El camino de la historia

Podemos determinar, a modo de conclusión, que han existido evidencias suficientes del colaboracionismo de la Santa Sede con el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial y, una vez finalizada esta, en lo que tiene que ver con la asistencia para la evasión de miles de nazis a través de la «ruta de las ratas».

Es cierto, igualmente, que las realidades históricas y de las diferentes instituciones y organizaciones que concursan y participan de la historia son más complejas de lo que parecen a simple vista y sería erróneo establecer afirmaciones demasiado categóricas.

Es posible que no haya una sola Iglesia, sino varias Iglesias con muy distintas sensibilidades. Es posible también que, del mismo modo, aparezcan en la vida cotidiana personas de muy variado pelaje, personalidad e ideología, cuestiones, todas ellas que llaman nuestra atención para no bajar la guardia y conformarse con simplificar los problemas que atañen a la Humanidad.

La vida es un complejo entramado y en ella se dan múltiples variantes que se han de tener en cuenta.

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Algunos de los cargos del régimen nazi que consiguieron escapar a través de la «ruta de las ratas»:

Josef Schwammberger, comandante de SS en diferentes campos de internamiento en el sur de Polonia.

Eduard Roschmann, apodado “El carnicero de Riga”, responsable de dar la orden de ejecutar a 24.000 judíos en el bosque de Rumbula.

Walter Rauff, coronel de las SS y principal responsable de las llamadas “cámaras de gas móviles “.

Erich Rajakowitsch, el cerebro de las deportaciones efectuadas en Holanda.

Hans Hefelmann, de profesión médico e ideador de la muerte de miles de niños con deficiencia mental.

Albert Ganzenmüller, subsecretario de Estado del Ministerio de Transportes del Reich y uno de los culpables de las deportaciones en Alemania.

Gérard Bohne, gaseó a 62000 personas con minusvalías en el programa Aktion T4.

Kurt Christmann, jefe del conocido escuadrón de la muerte de la SS Einsatzgruppen D.

Ante Pavelic, el que fuera líder de los Ustacha y dictador de la Croacia colaboracionista con los nazis.

Otto Wachter, gobernador del Distrito de Cracovia y señalado como el causante de la muerte de miles de personas en las cámaras de gas de dicha región.

Josef Mengele, el ángel de la muerte en el campo de Auschwitz.

Franz Stangl, comandante de los centros de reclusión y exterminio de Treblinka y Sobibor.

Gustav Wagner, sargento de la SS y subcomandante de Sobibor.

Alois Brunner, organizador de las deportaciones que se organizaron desde Francia y Eslovaquia a los campos de exterminio de toda Europa.

Adolf Eichmann, uno de los máximos responsables de la conocida como Solución Final.

Erich Priebke, capitán de la SS durante la ocupación de la ciudad de Roma y el que en su día diera la orden para la ejecución de La Masacre de las Fosas Ardeatinas, en esta misma ciudad.

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