El botín de guerra del Obispado de León

La República salvó 17.000 obras de arte. Algunas permanecieron en España y otras fueron evacuadas al extranjero. El profesor Arturo Colorado les ha seguido la pista. El franquismo solo devolvió la mitad a sus legítimos propietarios, mientras que el resto fueron desviadas a particulares e instituciones como el Obispado de León.

Portada (fragmento) del libro “Arte, botín de guerra” de Arturo Colorado Castellary

Verónica Viñas, Diario de León, 20 de febrero de 2021

En la España arrasada tras la Guerra Civil quedaba un tesoro por repartir. Un botín formado por 17.000 obras de arte, puestas a salvo por la República, algunas de ellas refugiadas en Ginebra. El franquismo lo tuvo fácil, porque prácticamente todas estaban inventariadas. Sin embargo, 8.710 obras fueron repartidas en depósito: 3.761 fueron a parar a 35 museos, 2.330 se distribuyeron entre organismos oficiales, como ministerios, ayuntamientos y ejército, otras 2.040 se entregaron a la Iglesia y 579 a particulares.

La devolución fue discrecional; y, por supuesto, los bienes de los republicanos fueron «confiscados y distribuidos a capricho». A Arturo Colorado Castellary, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, le ha costado cinco años de investigación desentrañar la política franquista de restitución de este ingente patrimonio. La consecuencia es el libro Arte, botín de guerra. Expolio y diáspora en la posguerra franquista (Editorial Cátedra) gracias a dos proyectos de I+D que le han permitido realizar una auténtica labor detectivesca. Los resultados son sorprendentes.

‘Dos vírgenes con niño y ángeles’, entregada al Obispado.

El autor expone que «resulta difícilmente comprensible» que en estos años de penurias y reconstrucción se entregaran en depósito a la Iglesia en León 13 obras de arte, cuando no había sufrido ningún daño durante la guerra. El Palacio Episcopal de León —así consta en la documentación oficial— recibió en 1941 ocho pinturas en respuesta a la solicitud del obispo, que había pedido obras «para decorar el salón del trono». Se trata de pinturas de los siglos XVI al XVIII, «de origen desconocido, por haber sido incautadas por la CNT en Madrid».

Según Colorado Castellary, destacan «dos cobres de escuela flamenca y la pintura titulada Dos vírgenes con niño y ángeles, anónimo del siglo XVIII». También de procedencia desconocida es una Inmaculada, un óleo anónimo de principios del siglo XVIII que se encontraba en el número 11 de la madrileña calle Verónica y que, en lugar de ser devuelva a su propietario, acabó en León. Lo único que se sabe del número 11 de la calle Verónica es que allí se encontraba la Sociedad de San Vicente de Paúl y, durante la guerra, la Escuela de Alerta. Al Obispado de León le entregaron además otras cinco pinturas, todas anónimas del siglo XVII y de origen desconocido.

León jugó otro papel en el reparto de este suculento botín de guerra. Desaparecida tras la guerra la Junta del Tesoro Artístico (JTA) republicana, sus funciones las asume el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (Sdpan), que funcionaba en siete demarcaciones. La primera zona, con capital en León, abarcaba Galicia, Asturias y Zamora. Al frente, como comisario, estaba el arquitecto Luis Menéndez Pidal, restaurador de San Isidoro; y, en 1940, le sucede Manuel Cárdenas, autor de decenas de edificios de la capital leonesa. Desde León se distribuyeron 322 obras a los museos de La Coruña, Pontevedra y Oviedo.

El anticuario Raimundo Ruiz, uno de los personajes que se enriqueció en la posguerra vendiendo decenas de obras de arte de iglesias y monasterios leoneses, también entró en el reparto del botín de guerra. El gobierno de Franco le entregó 97 piezas «de especial significación», incluyendo una extraordinaria pintura medieval de San Jorge con el dragón. El libro explica que el Gobierno de Franco «cerró los ojos» ante la venta masiva en la posguerra de bienes patrimonio de la Iglesia. «Arzobispos, obispos, abades y abadesas y hasta los párrocos de las iglesias más humildes dispusieron a su antojo de los bienes artísticos que estaban bajo su custodia y responsabilidad, sin que nadie pusiera coto a semejante sangría».

La falsa marquesa

Si no fuera por la rigurosidad del texto, el relato de lo acontecido con los 17.000 bienes podría parecer absolutamente novelesco. Colorado Castellary ha descubierto casos insólitos, como el de la marquesa de Arnuossa —título inexistente—, que prometía «por su honor» ser la dueña de decenas de obras y acabó recibiendo 23 pinturas, de artistas como Murillo o Goya. Por el libro desfilan otros personajes singulares, como Javier Gómez Acebo, encargado de suministrar bienes a las residencias de Franco —el castillo de Viñuelas y El Pardo—. Otro capítulo ‘insólito’ es la avalancha de piezas de orfebrería que los nazis enviaron a España: 62 toneladas de objetos religiosos saqueados en Polonia. «El objetivo de los alemanes era paliar con este regalo los daños sufridos por las iglesias españolas durante la Guerra Civil»». Las piezas se repartieron por todo el país, pero el autor desconoce cuáles pudieron llegar a León.

Castellary, autor también de otros dos libros sobre el exilio del arte y la gestión franquista del patrimonio durante la II Guerra Mundial, ha creado una web EL PATRIMONIO ARTÍSTICO DURANTE LA GUERRA CIVIL Y LA POSGUERRA con toda la documentación de Arte, botín de guerra.

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