Los otros restos de Franco y la educación religiosa

La educación religiosa confesional en los planes de estudio formales plantea además un problema de fondo: el reconocimiento y la aceptación de la institución escolar como un espacio de adoctrinamiento.

Curso de formación de profesores de Religión en la Diócesis de Valladolid. Foto: Ángel Cantero. CC-NC / El Diario de la Educación

Jaume Trulla, El Diario de la Educación, 2 de noviembre de 2018

Los restos de Franco están de actualidad. Serán exhumados del Valle de los Caídos, pero no se sabe todavía dónde irán a parar. La familia del dictador quiere enterrarlos en la basílica de la Almudena, lo cual no gusta nada al Gobierno socialista, pues teme, con razón, que un sitio tan céntrico de Madrid sea un lugar de muy fácil peregrinaje para los nostálgicos del franquismo. En relación a eso, hace unos días apareció en la prensa la noticia de que a finales de octubre la vicepresidenta del Gobierno español, Carmen Calvo, se reunirá en Roma con el secretario de Estado del Vaticano para tratar sobre esta patata caliente; aunque después se medio desmintió esta información en el sentido de que el motivo principal de la reunión no sería aquel, sino otros “temas pendientes” entre el Estado Español y la Santa Sede.

Es, desde luego, un problema qué hacer con el cuerpo difunto de Francisco Franco. Pero es un problema mucho mayor el de qué hacer con los otros restos del franquismo, pues algunos de ellos, a diferencia de los físicos, siguen la mar de vivos. Y es que son otros restos de Franco, por ejemplo: la monarquía (¿quién la reinstauró y puso en su frente al padre del rey actual?); el sesgo ideológico de ciertos sectores –algunos poderosos– de la judicatura, el ejército o la policía (¿hay que poner ejemplos?); la pujante ultraderecha española, y no solo la ultra sino también una parte de la derecha que ha gobernado España durante largos años del periodo democrático (¿de dónde procedían, si no, los fundadores más importantes de Alianza Popular?).

Entre estos otros restos de Franco hay uno que nos interesa en particular pues afecta directamente a nuestro sistema educativo: los Acuerdos de 1979 entre el Estado Español y el Estado Vaticano: en concreto, el Acuerdo que trata sobre “Enseñanza y Asuntos Culturales” (B.O.E., 15/12/1979). Esperemos que tales Acuerdos estén entre los “temas pendientes” que se tratarán en la reunión de la vicepresidenta española con el segundo de a bordo de la Santa Sede.

Los Acuerdos, aunque establecidos después de la muerte de Franco, constituyen una herencia clara del nacionalcatolicismo imperante durante la dictadura. Modificaron el Concordato de 1953 (establecido durante el apogeo del nacionalcatolicismo franquista, que sigue vigente, salvo en los artículos a los que se refieren los Acuerdos), pero aquello fue un ejemplo clarísimo y exitoso de estrategia gatopardiana: cambiar algo para que todo siga igual. Por decirlo con mayor exactitud: cambiar lo imprescindible para que la Iglesia Católica pudiera seguir gozando de bastantes de los privilegios obtenidos durante el franquismo.

Entre otros privilegios otorgados a la Iglesia Católica, estos Acuerdos obligan al Estado Español a que todos los planes de estudio de todos los centros de preescolar, primaria y secundaria (bachillerato y formación profesional) incluyan la enseñanza de la religión católica “en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales”; enseñanza a la que tendrán derecho todos los alumnos, aunque –¡sólo faltaría!– no tendrá carácter obligatorio para ellos. (Art. II). Los Acuerdos también establecen que sólo podrá impartir estas enseñanzas el profesorado propuesto por el “Ordinario diocesano” (Art. III); y que será también la jerarquía eclesiástica la que determine los contenidos de la formación religiosa, así como los libros de texto y material didáctico que deban utilizarse (Art. VI). Todo ello, durante estos casi cuarenta años que llevan vigentes los Acuerdos, ha conllevado una serie de problemas, injusticias y situaciones que serían inverosímiles en cualquier estado verdaderamente democrático y laico. Problemas como los que siguen (Algunas de las cuestiones que se tratan a continuación las hemos desarrollado más extensamente en un libro de próxima aparición: La moda reaccionaria en educación. Barcelona, Editorial Laertes, 2018).

El profesorado de la asignatura

Empecemos por una cuestión muy concreta, pero realmente insólita: el profesorado de la asignatura de religión católica cobra del erario público, pero es elegido por los obispos; elegido y, por tanto, también despedido. Esta potestad de la jerarquía eclesiástica ha generado una serie de conflictos que atentan a derechos fundamentales de cualquier trabajador. Por ejemplo: “Despedido un profesor de Religión por casarse con una divorciada.” (1-11-1995); “CC OO recurre a Bruselas contra el acuerdo que permite despedir sin causa a docentes de religión.” (31-12-2001); “Despedida una profesora de Vigo tras separarse” (27/10/2002); “La partida de bautismo, exigencia para acceder a un contrato del Estado” (18/2/2006); “El Constitucional avala el despido de docentes de religión por su vida privada” (23-2-2007); etc., etc. Seguramente el caso que más trajín judicial y revuelo mediático ha venido suscitando durante muchos años es el de la profesora Resurrección Galera, que fue despedida en 2001: “La docente despedida por casarse con un divorciado gana la batalla. El Superior de Justicia andaluz cierra 11 años de pleitos y condena a Educación y a la Iglesia a readmitir a la profesora. El Estado pagará cerca de 200.000 euros.” (13-1-2012). De todos modos, el tema todavía no se resolvió del todo entonces, pues no fue hasta septiembre de 2018 que esta profesora pudo volver a su empleo: “El Tribunal Supremo, según sentencia dictada en 2016, obligó a la readmisión de la profesora y declaró la nulidad de su despido “por violación de sus derechos fundamentales” (4/9/2018).3

La alternativa a la asignatura confesional de la religión

Como es bien sabido, la asignatura confesional de religión católica se imparte dentro del horario lectivo; en eso la jerarquía eclesiástica nunca ha querido ceder. Arguye que, según los Acuerdos y como veíamos antes, su asignatura debe gozar de condiciones equiparables a las demás materias fundamentales. Ello plantea el problema de qué hacen entretanto quienes no optan por la asignatura confesional. Un problema que resucita con cada nueva ley de educación y que hasta ahora no ha tenido ninguna solución ni justa, ni plausible, ni medianamente satisfactoria. Las alternativas del estilo de que quienes no se apunten a la asignatura confesional puedan irse a casa o dediquen el tiempo correspondiente a estudio asistido, no gustan a los obispos. Piensan, seguramente con razón, que este tipo de alternativas reduciría la clientela de su asignatura.

La otra posibilidad –que es la que mayormente se ha venido aplicando– es que quienes no opten por la asignatura confesional cursen otra materia “equiparable”. Los contenidos y denominaciones de esta otra materia ya ensayados, propuestos o posibles son múltiples: Ética, Cultura Religiosa, Hecho Religioso, Educación para la Ciudadanía, Valores Sociales y Cívicos, etc., etc. Pero esta posibilidad plantea también un problema relevante. Si los objetivos y los contenidos (conocimientos, competencias…) que en esta materia alternativa se pretenden desarrollar son realmente fundamentales, la pregunta es entonces: ¿por qué del aprendizaje de tales contenidos han de quedar excluidos quienes cursen la asignatura religiosa? Y si los contenidos de la asignatura alternativa no son fundamentales sino sólo complementarios o accesorios, ¿por qué entonces han de cursarlos obligatoriamente quienes no opten por la religión confesional? ¿Por qué razón, el hecho de que unos voluntariamente reciban una formación que sus familias consideran fundamental ha de obligar a los demás a cursar una materia alternativa?

En realidad, la única alternativa equiparable, justa y equitativa a la asignatura confesional de religión católica sería que todos los centros de enseñanza ofrecieran, en igualdad de condiciones, tantas diferentes asignaturas confesionales de religión como demanda hubiera de ellas según las creencias de las familias del alumnado. De modo que, en una sociedad crecientemente multireligiosa como la nuestra, no sería extraño que muchos centros tuvieran que ofrecer una amplia y variada gama de asignaturas confesionales para cubrir la demanda de las familias católicas, musulmanas, budistas, anglicanas, testigos de Jehová, hinduistas, etc., etc. Oferta que –en virtud de una verdadera equidad– debería completarse también con espacios lectivos para que los hijos de las familias que lo desearan pudieran cultivar el ateísmo o el agnosticismo. El hecho de que algunas creencias o descreencias pudieran ser en alguna escuela muy minoritarias no sería razón para excluirlas. Aunque en un grupo-clase solo hubiera una niña cuyos padres fueran practicantes de la religión x, esa niña debería tener exactamente el mismo derecho a gozar del espacio lectivo y del profesorado idóneo para cultivar su creencia que, pongamos por caso, los doce alumnos católicos de la clase.

Pero fácilmente puede verse que esta alternativa (la única verdaderamente democrática, justa y equitativa con todas las creencias y descreencias religiosas del alumnado) sería, por obvios motivos logísticos y económicos, muy difícil (por no decir imposible) de llevar a cabo. Pero además de tales dificultades operativas, esta opción sería también muy poco recomendable por razones de sensibilidad pedagógica y humana. El premio Nobel de literatura J.M. Coetzee, en sus memorias de infancia, nos presta una ilustración muy elocuente de lo indeseable de tal planteamiento: “La primera mañana en su nueva escuela, mientras el resto de la clase se dirige al salón de actos del colegio, se les pide a él y a otros tres chicos que esperen. ‘¿Cuál es tu religión?’ pregunta la profesora a cada uno de ellos. Él mira a izquierda y derecha. ¿Cuál será la respuesta correcta? ¿Entre qué religiones se puede optar? ¿Es como lo de los rusos y los norteamericanos? Le llega el turno. ‘¿Cuál es tu religión?’, le pregunta la profesora. Está sudando, no sabe qué contestar. ‘¿Eres protestante, católico o judío?’, insiste impacientándose. (…) “Dos veces a la semana se repite la operación de separar la cizaña del buen grano” (Infancia. Barcelona, Ed. Mondadori, 2004, p. 13.).

La legitimación de una forma de adoctrinamiento escolar pura y simple

Junto a los inconvenientes antedichos, la inclusión de la educación religiosa confesional en los planes de estudio formales plantea, además, un problema de fondo: el reconocimiento y la aceptación de la institución escolar como un espacio de adoctrinamiento. Supone legitimar y oficializar en la escuela un tiempo para el proselitismo religioso. O sea, para una inculcación ideológica unilateral, financiada además con fondos públicos. Una simple ojeada al actual currículum de la asignatura de Religión Católica, dictado por la jerarquía eclesiástica y oficializado por el entonces Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (BOE, 24/2/2015) muestra, sin lugar a dudas, que de lo que se trata con ella es de inculcar una doctrina religiosa determinada. Como ya explicábamos en un artículo publicado en el hermano catalán de este mismo Diario (“La asignatura confesional de religión o el adoctrinamiento católico pagado por creyentes y no creyentes”, 2015)

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Jaume Trilla es Catedrático de la Facultad de Pedagogía y miembro del grupo de Investigación en Educación Moral(GREM) de la Universidad de Barcelona

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