Miguel Santiago: «La Iglesia española sigue siendo el cuarto poder de este Estado»

Entrevista al autor de ‘Los obispos de la mezquita de Córdoba’

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Jesús Bastante, Religión Digital, 26 de diciembre de 2022

«Una cosa es que el Cabildo-Catedral lleve la liturgia, y otra que lo lleve todo; el tema turístico, el tema cultural, el tema, incluso, económico». El estudioso Miguel Santiago acaba de publicar  ‘Los obispos de La Mezquita de Córdoba’ (Tirant lo Blanch), un ensayo en el que repasa el pasado, el presente y el futuro de este monumento, y las dificultades por las que ha atravesado gracias, o a pesar, del peso de la Iglesia.

«Nosotros seguimos luchando, como ciudadanía, para que ese futuro sea lo mejor para el monumento. Y lo mejor para un momento no quiere decir que deje de existir la catedral dentro de la Mezquita; no se está hablando de eso. Pero la Mezquita es mucho más que catedral; la mezquita representa uno de los monumentos europeos más importantes y ya no solamente de Europa, sino del mundo», nos explica.

Estamos con Miguel Santiago, buenos días. ¿Qué tal estás?

Buenos días. Encantado de estar con vosotros.

Venimos de escuchar un vibrante debate sobre las inmatriculaciones de la Iglesia, algo que tiene mucho que ver con el libro que presentaste ayer, en este mismo foro: ‘Los obispos de La Mezquita de Córdoba’. Obispos y Mezquita. Inmatriculaciones… No sé a qué te quieres referir cuando hablas de los obispos de la Mezquita.

Bueno, en realidad es una figura literaria; un oxímoron en el que se contrastan hechos muy distintos. ¿Qué tiene que ver el obispo con la Mezquita y tiene qué ver la Mezquita con los obispos? Aparentemente, nada. Sin embargo, en el caso de Córdoba tiene que ver mucho, porque desde que Fernando III conquista la ciudad en el siglo XIII, los que han hecho uso de la Mezquita han sido los obispos, porque se convirtió en catedral una vez que se conquista Córdoba por el rey castellano.

Por lo tanto, los obispos son los grandes protagonistas del edificio desde el siglo XIII. Y yo tuve la idea, un poco un poco picarona, de hacer esa contraposición; la mezquita la podemos considerar como una gran señora en la historia; su gran memoria, el arte, la cultura… A fin de cuentas, es por lo que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984.

Y después están ellos; ella y ellos. Y dentro de ellos ha habido de todo. Es una historia, como defenderían nuestras mujeres que están en la lucha por el feminismo, en la que no se puede decir que todos han sido unos machistas empedernidos que han ido en contra de ella, ni mucho menos. Hay diferentes etapas, diferentes viajes. Porque el libro, en realidad, es un viaje por toda esta historia.

Hay viajes en los que, por ejemplo, del XIII al siglo XV, la mezquita prácticamente no se toca. La dinastía de los Trastámaras no toca la mezquita; era para ellos la joya de la corona. Fernando III, Alfonso X el Sabio…, incluso hasta a la reina Isabel la Católica, con todo los católica que era, no le hacía mucha gracia cuando el obispo Íñigo Manrique, al final del siglo XV, le plantea construir la primera catedral. Porque la Mezquita tiene dos catedrales, y a la que me refiero es a la actual capilla de Villaviciosa. La reina Isabel, al final, lo concede porque solo se desmonta un poquito de lo que es la entrada a la ampliación de Hakam II, y repercute muy levemente en lo que es el monumento.

Pero a partir del siglo XVI, hay una fiebre total constructiva. Quizás, contaminada por la política vaticana de los papas con la construcción de las grandes basílicas.

-La reforma de Trento y la lucha contra los poderes del Imperio.

Como decimos, a partir del siglo XVI, hay una fiebre total o de construcción y se construye ya la segunda gran catedral, que es la que está ubicada justamente en el corazón de la Mezquita y para eso se destruye. Hubo una polémica increíble y que se desarrolla en el libro. Se parecia claramente cómo el pueblo de Córdoba es gran el defensor de su monumento a lo largo de los siglos. Y siempre, además, en la encabeza se han situado los alcaldes o los corregidores. El corregidor Luis de la Cerda se puso con su pueblo porque no quería que se tocase una sola piedra de la Mezquita; de la memoria de todo lo que era. Esos antepasados, esa arquitectura, su gente desde de sus bisabuelos, sus tatarabuelos…, toda su ascendencia respetará ese gran monumento porque significaba, y sigue significando el código genético de la ciudad. Córdoba no se entiende sin la Mezquita y la mezquita no se entiende sin Córdoba.

Con la construcción de la segunda catedral, la Mezquita llega al siglo XVIII y no la reconoce ni su madre: se construyen dos catedrales y 50 capillas que rodean todo lo que es el perímetro de la mezquita. Incluso se desmontan todas las techumbres, que son unos atauriques impresionantes y se sustituyen por por cúpulas de de yesería. Además, se llega al punto de que se pintan en blanco las dovelas de los arcos. O sea, los colores característicos que todo el mundo conoce de la Mezquita, blanco y rojo, acaban blanqueados.

Si tú hubieras llegado a ver la Mezquita a finales del XVII, hubieras dicho ¿pero esto qué es? Era completamente el tapar, el ningunear el monumento andalusí en pro de lo que ellos entendían que tenía que ser una catedral cristiana. Como no la pudieron derribar por la presión del propio Estado y por la presión del propio pueblo, la enmascaran.

Después, llega otra etapa de otros hombres, de otros obispos que tratan con cariño a ella, a la Mezquita. Es la etapa de los obispos ilustrados y van a hacer justo lo contrario de lo que habían hecho el obispo anteriores.

La parte más esencial y más impresionante de la mezquita, que es el ‘mihrab’, anteriormente había sido tapada con un retablo. Era la capilla de San Pedro, y el mismo nicho del mihrab servía para sacristía de esa capilla. Habían tapado con yesería los techos gallonados del más puro arte califal, el máximo del arte que se puede conseguir en la época arábigo musulmana.

Estos nuevos obispos desmontan todo eso. Desmontan las yeserías. Empiezan a recuperar el mihrab, empiezan a recuperar la parte de la capilla de Villaviciosa, que es una parte de acceso a la ampliación de Hakam II, preciosa. Hay una mentalidad de pleno siglo XXI, esa visión de recuperar lo andaluz.

Mezquita de Córdoba
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Los últimos obispos no han sido así.

Claro. Y llegamos al siglo XX. En este siglo ha habido obispos, también, muy curiosos. Por ejemplo, ayer lo nombraron, el obispo Sinarda, que estuvo en Córdoba en los años 70 y que aporta a la Mezquita algo muy interesante, y es que recupera para los musulmanes el culto. Hay dos congresos islamocristianos que se recogen en el libro, uno en el año 74, todavía en plena dictadura, y en el año 77. Son congresos en los que hay un encuentro entre los hermanos musulmanes y los hermanos cristianos, y en ese encuentro, el obispo de Córdoba permite que (desde el siglo XIII) los musulmanes vuelvan a rezar el viernes delante del mihrab. Igual que, después, los musulmanes acompañan a las naves de la catedral para estar en misa con los católicos el domingo. Es, justamente, el espíritu del Vaticano II, el espíritu de lo que hoy adolecemos mucho, de Evangelio.

Ha habido también luces, como te acabo de decir, pero lo que ha sido muy significativo es que, sobre todo con la llegada del desarrollo de la democracia, los últimos obispos, que tampoco me extraña porque proceden de la escuela más rigorista, por decirlo finamente; del punto de vista de una línea más ultra que maman de Rouco y de todos estos cardenales últimos del wojtylismo, con las últimas hornadas de los obispos que han llevado esa ideología. Ideología para todo lo que hablaban porque, en los medios, ya sabemos.

Sí, hasta para la terminología.

Para todo. Fíjate que a la Mezquita de Córdoba empezaron a intentar quitarle el nombre de ‘mezquita’. La inmatricularon en el 2006, empezaron a cambiarle toda su historia andalusí; hicieron un relato completamente diferente. E incluso, el actual obispo, Demetrio Fernández, le llegó a quitar hasta el nombre de mezquita en el año 2010. Por la lucha ciudadana, en este caso nuevamente del pueblo a través de la Plataforma Mezquita-Catedral, conseguimos, en el 2016, que se recuperase el nombre de mezquita.

-Y por encima y del nombre de catedral.

Efectivamente, y por encima del nombre de catedral.

En 1984 se declara todo el entorno de la Mezquita Patrimonio de la Humanidad, y entonces el Ayuntamiento decide poner el nombre de Mezquita-Catedral porque en esa declaración como Patrimonio, solamente aparece el nombre de Mezquita.

Demetrio Fernández, con Toño Casado
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¿Qué futuro le espera la Mezquita-Catedral, dentro y fuera de la Iglesia?

Una pregunta muy interesante. Nosotros seguimos luchando, como ciudadanía, para que ese futuro sea lo mejor para el monumento. Y lo mejor para un momento no quiere decir que deje de existir la catedral dentro de la Mezquita; no se está hablando de eso. Pero la Mezquita es mucho más que catedral; la mezquita representa uno de los monumentos europeos más importantes y ya no solamente de Europa, sino del mundo en su conjunto. Por lo tanto, está muy por encima de lo que es la propia liturgia de la Catedral: el tema cultural, el tema turístico, el tema del mantenimiento, el tema de lo que es un plan director que la propia UNESCO exige para que se mantenga en las mismas condiciones.

¿Corre riesgo, el estar en el listado del Patrimonio, o eso no se plantea?

Bueno, se ha tocado. Federico Mayor Zaragoza, uno de los responsables de UNESCO cuando se declara Mezquita, lo dijo; que todas las acciones que estaba haciendo el Cabildo y el obispado de Córdoba, estaban perjudicando a la memoria del monumento, a su historia y que, por consiguiente, eso puede poner en risgo, de alguna manera, la declaración del monumento como Patrimonio.

Es tan potente, desde el punto de vista del arte y de la cultura y de la historia

Lo que pasa es que en el tema inmaterial no se toca. El tema inmaterial, de lo que es la historia, la memoria, lo que es resaltar un arte por encima del otro; no se puede resaltar en la Mezquita el arte cristiano por encima del arte andalusí. Es que es impensable y, sin embargo, estos tres últimos obispos, sobre todo, lo han intentado desarrollar. Por lo tanto, estamos intentando luchar por eso. Conseguimos cambiar el nombre. Ahora, estamos en contacto, precisamente, con el Ministerio de Cultura, con la Conserjería de Cultura de la Junta, con ICOMOS y con la UNESCO para que la Mezquita tenga los usos debidos del monumento, y no estar al arbitrio de lo que el señor obispo de turno decida, o lo que el Cabildo Catedral decida. 

De la posiblidad de un patronato en el que estén formando parte las administraciones y también, entiendo, que la Iglesia como gestora. Porque entiendo que el dinero aquí no es lo fundamental; no estamos hablando, ni siquiera, de gestionar los beneficios que pueda dar la Mezquita, que también podría ser.

Claro. Fíjate que cuando nosotros construimos la plataforma, hace ya diez años, y lanzamos el manifiesto, el primer punto era lo del nombre. Ya lo hemos conseguido. Y otro punto importante era lo que tú acabas de plantear, constituir un patronato; que haya una administración compartida en la que, evidentemente, tienen que estar las administraciones públicas y tiene que estar el Cabildo-catedral, en cuanto a que lleva la liturgia del templo.

Ahora bien, una cosa es que el Cabildo-Catedral lleve la liturgia, y otra que lo lleve todo; el tema turístico, el tema cultural, el tema, incluso, económico.

Hace ya diez años que planteamos que hubiera un patronato, una fundación, o la figura que decidan, pero que sí realmente haya una gestión mixta, una gestión compartida entre lo público y lo privado, por las características que tiene el monumento.

¿Por qué cuesta tanto en España este debate? Hemos visto en la mesa redonda que en otros países, incluso en Portugal que es un país laiscista como puede ser Francia, que es el otro ejemplo que planteaban, están más que superadas estas cosas. En España, sin embargo, todo lo que tiene que ver con la iglesia siempre es un tema de conflicto. Hay muy pocos momentos en los que conseguimos que la religión o lo relacionado con la Iglesia católica sea algo constructivo.

Creo, aunque no soy historiador (fíjate; que un biólogo como yo se haya atrevido a escribir un libro de historia como este, además intentando documentarlo al máximo), que el Estado, lo que es la España, como se le denomina, está constituido sobre la base de la religión católica. Los Reyes Católicos unifican las diferentes Españas, los diferentes reinos, bajo el eje central de la fe católica. Incluso, ponen un instrumento muy potente, como es la Inquisición, que dura hasta el siglo XIX. Los franceses, cuando llegan a España, la quitan, y el «maravilloso» Fernando VII la vuelve a poner. Hasta que Isabel II vuelve a quitarla.

Después, en el siglo XIX, cuando aparece el tema de las identidades nacionalistas con mucha fuerza en Europa, España sigue. Menéndez Pelayo, que es un gran ardid de todo eso, recoge toda la tradición nacional-católica. Entonces, es un Estado que se rinde totalmente al poder de la Iglesia Católica. Un Estado, además, que pone a la Iglesia Católica encima de la educación. La pone en todo. Este problema de educación que tenemos ahora viene desde el siglo XIX y, por si fuera poco, llegamos al siglo XX y cuando una república, por fin, iba a ser un Estado moderno, abierto, libre para competir con los mejores estados que podría tener Europa, llega otro golpe, el de Franco en el 36, y volvemos a lo mismo.

Entonces, tenemos ahí un ADN nacional-católico, un ver a la Iglesia como un poder en el que, como que decía don Quijote, «con la iglesia hemos topado». Ya Cervantes olía perfectamente lo que estamos hablando. Y eso se ha mantenido hasta hasta el pleno siglo XXI hasta el Gobierno en el que estamos. Un Gobierno, en definitiva, el mejor gobierno de los posibles, de izquierdas, que no se atreve.

En el acuerdo de Gobierno planteaban la denuncia de los acuerdos Iglesa-estado. Lo tenían en los programas electorales de cada partido, por separado. Pero no…

Y siempre con excusas para el tema del laicismo y el tema de la inmatriculación. Bien; ha habido un momento difícil con el tema de la Covid, con el tema de actuar, y es verdad. El Gobierno ha tenido una etapa muy difícil que hay que reconocer. Cualquier gobierno no lo hubiera hecho. Yo valoro la actuación de este Gobierno dentro de sus posibilidades, evidentemente, pero no te puedes estar excusando continuamente para meterle mano a uno de los problemas pendientes, que es el que tú me acabas de plantear de hasta cuándo vamos a estar así con el tema de la Iglesia.

¿Qué pasa con la jerarquía católica? diría yo, porque me gusta diferenciar entre Iglesia y jerarquía católica. ¿Cuándo vamos a terminar con este desaguisado? «Cuándo va a dejar la jerarquía católica de ser un poder fáctico dentro del Estado?, como dice Juan José Tamayo.

La Iglesia es un poder transversal para el poder Ejecutivo, Legislativo y, bueno, del Judicial para qué vamos a hablar… En realidad, sigue siendo el cuarto poder de este Estado y, a veces, adelantan al tercer poder, al segundo y hasta al primero. Y siempre bendecidos con la figura real, que ese es otro tema. Ya sabemos; altar y trono van de la mano.

Ya nos creó, según has dicho tú, Isabel la Católica; los Reyes Católicos, que eran reyes y eran católicos.

En la historia del libro se va viendo que casi todos los obispos, o son sobrinos o son hijos o son parientes de los Reyes. A fin de cuentas, ¿a qué diócesis mandaban a su favoritos? A las más pagadas. A las más ricas. Córdoba entraba dentro de las siete u ocho diócesis más ricas de España. Por lo tanto, es una historia en el que se vincula consanguínea la monarquía con la iglesia.

Si consiguiéramos una república moderna y se terminase con la monarquía, yo pienso que conseguiríamos un Estado verdaderamente laico, federal. Un estado mucho más moderno y sin la retranca que tenemos con todos estos poderes fácticos.

-Da la sensación de que es imposible, con tantas cosas que hacer.

Miguel, un auténtico placer.

‘Los obispos de la Mezquita de Córdoba. Nueva perspectiva histórica del monumento andalusí. El pueblo, su verdadero dueño’, editado en Tirant Humanidades, con prólogo de Juan José Tamayo.

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